Rafael Mendoza el Viejo
El viernes cuatro de junio, a eso de las siete y pico de la noche, en un restaurante conocido, puso en mis manos su “Antología esencial”. Un dólar. Veintiocho páginas fotocopiadas en blanco y negro. Veintiocho poemas de amor al ideal de amada (¿quién será esa Sulamita?), a la bondad, a la opción por el “camino estrecho” –el difícil, a una nueva vida. Una publicación con olor a tinta, humo de buses, sudor de caminante y la indeclinable voluntad de no volver a tropezar con… la piedra, la principal “piedra de tropiezo”. Los que tengan oídos que entiendan. Los que ya se han “crack-eado” que aprendan.
Por mis manos y mis ojos han pasado muchos poemarios de autores que empezaron a tantear el fuego de la poesía y nunca lograron atezar un buen verso. En la mayoría flotaba el fantasma del amor, el pasional, el de carne, más maltratado que salvado en esos intentos. El último libro realmente hermoso que leí, en cuanto a la creatividad con que su autor trata la idea fija de lo erótico, fue “Palabras de Mujer” de Ricardo Castrorrivas; y el más consistente en el manejo del mismo tema, pero recamado este por testimonios personales de un compromiso social rico en experiencias, ha sido “Con tanto Amor en la Memoria” de Marisol Briones. El de Ricardo tiene la particularidad de haber trasmutado el escritor su personalidad por el de la mujer que le inspiró o lo sintió en íntimos embates y excesos; y la cualidad de ser eso escrito con mucho ingenio y economía. El de Briones, la virtud de no cantar precisamente acerca de quien sostuvo en sus brazos y ansias sino sobre su propio sentir de amada y de amante ocupada, además, en asuntos de su militancia, viajes, sueños y retornos a los recuerdos más sencillos.
Después de los dos libros precitados y antes de la “Antología Esencial”, poemario del cual me ocupo ahora, leí “Bello Amigo Atardece” de Ricardo Lindo (¿Cómo no leerlo si Ricardo es un notable escritor?). Es también una antología y con verdadero corpus de libro. Consta de siete secciones (¿cabalísticas? Ricardo tiene sangre judía), la última de las cuales presta título a la obra y aborda asimismo el tema erótico, con la inclinación homosexual que ya distingue a Ricardo. Confieso que los poemas de esa sección me causaron cierta decepción porque el autor recurre a la poesía para plantear argumentos contra quienes condenan la homosexualidad. Defender esa condición, le privó de cantar con toda libertad a su amado, el bello amigo al que dedica la parte más fresca del libro.
La “Antología Esencial” de Edgard Alfaro Chaverri es un folletín sencillo como todos los demás poemarios que él vende en las calles, pero el contenido se merece una edición de lujo. Para muestra: “No niego que a veces –entre mis manos-/ caes como un libro al que el viento / le arrancó algunas hojas…”). Tienen sus poemas el eco eterno del Cantar de los Cantares, la resuelta lucidez de quien ha estado al otro lado de la cordura, la sencillez dorada que flota en los Epigramas de Ernesto cardenal, de quien Chaverri ha cumplido, sin darse cuenta, lo que el nicaragüense clásico se propuso al decidirse a escribir: “He tratado de escribir principalmente una poesía que se entienda” . Propósito ese que muchos supimos adoptar para el desarrollo de nuestra producción.
Tres aspectos alcanzo a distinguir en los poemas de este brevísimo canto de un enamorado (de su musa y, ya del Dios que él ha descubierto) y quizás hasta cuatro. Veamos: excelente y limpia redacción, genuina humildad personal que se refleja en imágenes y giros de lenguaje, rescate mesurado de expresiones y costumbres de su entorno popular y cotidiano; y, claro, notable creatividad. Todo eso puede condensarse en esta otra muestra: “51 años de soñar mi casa en un árbol / de jugar peregrina con la vida / y no-te-enojes con la vida…”
Pero todo libro tiene algo malo; y en el caso de este, de Chaverri, es grave: que sea tan breve, que no contenga más versos de esos que le hacen a uno olvidarse de la triste y cruda realidad que le hacen vivir los que viven bien y los que les permiten a estos que lo hagan a costa del sufrimiento ajeno. Sin embargo, cuando ustedes encuentren a Edgard con su mazo de folletines de color variopinto ofreciéndolos a dólar cada uno por centros comerciales y restaurantes, no olviden que se los está ofreciendo un poeta que resucitó del vicio, de la abyección, y que ahora es Hijo de la Luz, salvado por su fe, por su propia voluntad, por el cariño de sus hermanos de religión, pero quizás más por la poesía, la auténtica, la fuerza que le hace vivir y amar. Si pagamos un dólar por una película pirateada que solo veremos una vez, pirateémonos un dólar del bolsillo por cada libro de Chaverri que bien podemos comprar, pues estoy seguro de que los leeremos muchas veces.
6 de junio de 2010.



