Héctor Ismael Sermeño
Especial para Trazos Culturales
Algunos actores y directores teatrales salvadoreños están desarrollando trabajos de dramaturgos, ante la ausencia de profesionales especializados en esa rama de la literatura.
Todavía no podemos afirmar que harán carrera en la dramaturgia, sobre todo por la ausencia de una firme tradición estética salvadoreña en esa área. Antes, fuera de Alvaro Menén Desleal, no se puede hablar de un autor nacional de trascendencia artística que pusiera su obra en varios otros idiomas y en muchos escenarios del mundo como sí lo hizo él. Solo la envidia y la incultura no lo admiten.
Aunque desde finales del siglo XIX se habla de autores teatrales salvadoreños; unos fueron médicos (José Llerena), otros ingenieros (T.P. Mechín), muchos aficionados, poca trayectoria y obra intrascendente. Actualmente, seguimos más o menos en las mismas condiciones, por lo que continúa siendo difícil hablar de una teatro escrito (y montado) en gran escala, llevado a cabo por nacionales. La mediocridad, el plagio y los intentos no valen.
“Los rieles”, del actor y director Enrique Valencia, se convierte en un teatro salvadoreño
experimental con cierta visión, se nota que quiere salir de los moldes tradicionales en el teatro local, pero que corre algunos riesgos, aunque consigue un resultado de muy buen nivel.
Con elementos del teatro del absurdo, con la posible incoherencia y automatismo espiritual del teatro expresionista, pero más del teatro de la concientización sesentero, popular en autores latinoamericanos de ese momento y del actual, Valencia construye un texto sobre la guerra y el dolor, más del dolor que de otra cosa; de la esperanza, el remordimiento y el deseo de un mejor futuro. El dolor es profundo, por la tortura, el desarraigo, la soledad y, es evidente, por el impacto de la muerte de quienes nos quisieron y a quienes quisimos. El dolor per se.
No deja de sorprenderme lo bien estructurado del montaje a la par del texto; no sabía de las cualidades autorales del director, pero es una sorpresa agradable; si bien no deja de haber alguna pretensión, es mayor la sana ambición de alguien que quiere y consigue hacer algo positivo y bueno en y para el escenario. Los personajes no toman partido ideológico, la historia reseñada, tampoco. Es una manera de ver y representar la historia reciente; es su angustioso dolor, la impotencia del que padece la guerra y del que participa como opuesto (soldados y no soldados).
Pese a lo anterior, debo señalar un exceso de parlamentos y lo extenso de algunos unipersonales; en algún momento le resta dramatismo y la tragedia corre el riesgo de volverse melodrama.
Una estupenda selección musical ayuda mucho al montaje, lamentablemente la iluminación le resta a varias escenas, posiblemente se deba a que las luces fueron diseñadas para un escenario más grande.
El elenco es uno de los mejores de la generación teatral actual. Se ven muy bien integrados y muy profesionales; sobresale entre buenos actores y buenas actrices, un excelente Omar Renderos, quien crea personaje y lo baña con su magnífica dicción y presencia escénica. Esto hace elevar más la categoría de la obra a la que ayuda también el buen movimiento en el escenario.
Enrique Valencia, he de decirlo, puede llegar a convertirse en un dramaturgo de gran calidad. Por ahora le ayuda el que no se llena de soberbia, ni se cree que está inventando el teatro, solo lucha por hacerlo bien. Espero que no pierda estas cualidades, el talento se demuestra en el escenario, no auto promoviéndose en redes sociales y auto denominándose escritor.



