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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
Última actualización : 16/09:13 h.

Miércoles, 24 de Marzo de 2010 / 20:49 h

Un día con Monseñor Romero

Tenemos un profeta con todo y profecía sobre sí mismo: “Resucitaré en mi pueblo”. Y allí está en el pueblo, más vivo que nunca. No solo en el salvadoreño, sino en los de todo el mundo, incluso es San Romero de América, elevado a esa categoría por el pueblo, su pueblo.

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Por Néstor Martínez

Editor Trazos Culturales

 

Tenemos un profeta con todo y profecía sobre sí mismo: “Resucitaré en mi pueblo”. Y allí está en el pueblo, más vivo que nunca. No solo en el salvadoreño, sino en los de todo el mundo, incluso es San Romero de América, elevado a esa categoría por el pueblo, su pueblo.


Medito de esta manera luego de ayudar a tres costarricenses quienes llegan a la cripta, donde reposa Monseñor. “Es un sueño estar aquí”, dice uno de ellos. Maravillados ente la devoción de la gente por su Santo, observan desde diversos ángulos el mausoleo, como queriendo llevarse los recuerdos, no solo con la cámara, sino en la memoria para decir: “Yo estuve allí”.

 

Afuera cae la tarde. En la plaza, frente a catedral, la actividad es febril. Un gigantesco andamio es levantado para colocar una gigantesca pintura de Monseñor. Otros inflan globos rojos y blancos con helio, de ellos cuelgan retratos de varios caídos en la lucha del pueblo contra los déspotas que fustigaba Monseñor desde catedral.

 

Febe Elizabeth, Mélida Anaya Montes, Apolinario, Marianela García, Clara Elizabeth, Salvador Cayetano Carpio… y otros verdaderos héroes cuyos nombres no los rescata mi memoria, quienes ofrendaron su vida, como Monseñor, para que esta tarde estemos en la plaza.

 

En las gradas de la catedral ya está listo el altar para misa concelebrada, el equipo de sonido ensaya con música de protesta, de contenido social dicen otros.

 

Por supuesto, las infaltables ventas ofrecen de todo: café, panes con frijoles, carne asada, refrescos, sorbetes, artesanías, artículos religiosos, relicarios, cruces, rosarios… recuerdos… camisetas, llaveros, retratos, posters, con el retrato de Monseñor, y uno que otro retrato de su querido amigo: el padre Rutilo Grande.

 

Poco a poco cae por completo la tarde. Luego de tomar fotografías, espero caminando por los alrededores, que ya empiezan a llenarse de feligreses.

 

Reconozco y me saludan muchos amigos, unos artistas, otros lectores del Diario Co Latino, amigos que me presentan amigos o familiares.

 

Carlos Ayala, anuncia que muevan un camión que tapa el tramo de la calle frente a catedral. Ya viene la peregrinación, son miles.

 

La expectativa crece para los que estamos en la plaza al ver llegar a los primeros con farolitos forrados con papel celofán rojo, estampados con la imagen de Monseñor.

 

Me adelanto cámara en mano. Allí vienen, me uno al grupo. Traen retratos de Monseñor, otros empujan uno montado en una especie de andamio con rueditas. Otros lucen sus camisetas que tienen estampadas tres equis: el treinta aniversario del martirio de Monseñor.

 

No solo vienen salvadoreños, ni la celebración es solo de señores y señoras: vienen extranjeros, estadounidenses y europeos, muchos jóvenes, sonrientes, animosos. También llegan de otras congregaciones religiosas identificados por sus hábitos o camisetas, algunas estampadas con frases de Monseñor.

 

“Es triste tener que dejar la patria porque en la patria no hay un orden justo donde puedan encontrar trabajo”, es la frase en una de ellas que incluye la fecha en que lo dijo: 3 de septiembre de 1978.

 

“Todos los años vengo”, me dice un estadounidense presentado por un amigo, con quien conversamos sobre aquellos años de lucha y zozobra.

 

La plaza, esa de varias historias sangrientas, es ahora un mar de gente, a quienes los recibe el gigantesco retrato sonriente de Monseñor montado en el andamio frente a catedral.

No es una conmemoración de muerte, es la confirmación de que Monseñor Romero resucitó, es celebración de alegría.

 

Me uno a la gente y a la celebración de vida, desaparezco en el anonimato de la multitud, con Monseñor Romero, también reafirmado en mi corazón.

 

Comino hacia la Plaza Libertad, vuelvo la vista hacia catedral, sobre la cúpula vuela un globo blanco, del que cuelga un retrato, hacia la oscura noche.

 

Tras ansiosa espera, abordo del bus que me lleva a casa, por cierto es el último viaje, pienso, en la comodidad del asiento, que al Vaticano se le adelantó el pueblo: Monseñor ya es Santo, lo único que tendrán que hacer es reafirmar lo que ya es un hecho.

Tenemos un profeta con todo y profecía sobre sí mismo: “Resucitaré en mi pueblo”. Y allí está en el pueblo, más vivo que nunca. No solo en el salvadoreño, sino en los de todo el mundo, incluso es San Romero de América, elevado a esa categoría por el pueblo, su pueblo.

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Trazos Culturales



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