Las rebeldes manifestaciones de la conducta juvenil, fácilmente se convierten en violencia y pueden desencadenar en delito; la historia recoge el fenómeno a través de los siglos y en diferentes países.
La insistencia de castigar en lugar de prevenir, además de revelar ignorancia, pone de manifiesto la intención inmediatista de ganar simpatías políticas, abrumando con más penas a un sector social arrinconado por la dispersión familiar, las pocas oportunidades en trabajo y estudios.
En el pasado, con criterios de más juicio, en El Salvador se crearon “correccionales” (una de ellas administrada por los Padres Somascos), se instituyó la Ciudad de los Niños, todos precedidos por los Oratorios Festivos de los Salesianos.
A la violencia juvenil hay que reaccionar con sensibilidad, no vengativamente: la conducta negativa es el resultado de la frustración y la amargura de miles de niños sin padres, sin educación, sin comida, sin salud; y no es burlándose de su miseria y dándoles cárcel cruel como se resolverá el frenesí delicuencial que hemos creado, que además es fuente de lucro para minorías de adultos que son los verdaderos criminales.
A un Estado que siempre fue pobre pero que hoy está desmantelado, seguramente la amistad internacional cooperaría en programas de reinserción social y a nosotros toca corresponder con estudios y programas diseñados por gente conocedora del tema.
Los desocupados cuarteles de un Ejército — cuyo papel guerrerista está desfasado (excepto si es acción interna como en Honduras) — serían locales apropiados para internar en programas de prevención, a los miles de muchachos proclives a la delincuencia; los soldados y oficiales serían auxiliares aptos en la tarea de los educadores.
Un ejemplo indignante
Las escenas del asesinato que recientemente nos sirvió un matutino, revela un amarillismo bárbaro: reporteros y camarógrafos se deleitaron viendo acuchillar a un joven. Fueron incapaces de llamar la atención de la gente, de hacer cualquier gesto para impedir la brutalidad y estupidez de un muchacho que por trofeo de una barbarie se llevó una camisa de la víctima.
¿Y no había cerca un “vigilante”?: no hay cuadra de la ciudad que no tenga un comercio o una casa de habitación sin uno de estos armados con un arma de guerra. Ese lamentable y truculento episodio, revela el egoísmo en que vive nuestra sociedad: el muchacho fue asesinado como un espectáculo. Y un periódico se sirvió de él para vender ejemplares.



