Capítulo XX
REPRODUCCIÓN SIMPLE CONT.
2. El producto anual reproducido bajo la forma de medios de consumo, el capital variable v desembolsado en forma de dinero, sólo es realizable por quienes lo reciben, por los obreros, siempre y cuando que se trate de obreros productores de artículos de lujo, en aquella parte de los medios de vida necesarios que representa prima facie la plusvalía de los productores capitalistas de los mismos; por tanto el v invertido en la producción de lujo es igual a la parte de p equivalente a su volumen de valor y producida en forma de medios de vida necesarios, razón por la cual tiene que ser necesariamente menor que toda esta p –es decir, que (IIa) p– y sólo la realización de aquel v en esta parte de p hace que refluya a los productores capitalistas de artículos de lujo, en forma de dinero, el capital variable por ellos desembolsado.
Es un fenómeno completamente análogo a la realización de I (v + p) en IIc; con la diferencia de que en el segundo caso (IIb) v se realiza en una parte de (IIa) p igual a él en cuanto al volumen de su valor. Estas proporciones dan la pauta cuantitativa en toda división del producto global del año, siempre y cuando que este producto entre realmente en el proceso de la reproducción realizada anualmente por medio de la circulación. I (v + p) sólo puede realizarse en IIc, del mismo modo que IIc, en su función de parte integrante del capital productivo, sólo es renovable mediante esta realización, (IIb) v sólo es realizable en una parte de (IIa) p, y (IIb) v sólo puede influir así bajo su forma de capital–dinero.
Y huelga decir que lo que decimos sólo rige en la medida en que todo esto sea realmente un resultado del mismo proceso de reproducción, siempre y cuando que, por ejemplo, los capitalistas de IIb no obtengan el capital–dinero necesario para v en concepto de préstamo de otros.
En cambio, las inversiones de las distintas partes del producto anual sólo pueden presentarse cuantitativamente en las mismas proporciones expuestas más arriba cuando la escala y las proporciones del valor de la producción se mantengan estacionarias y estas proporciones rígidas no se alteren por obra del comercio exterior.
Si se dijese, al modo de Adam Smith, que I (v + p) se reduce a IIc, y IIc a su vez, a I (v + p) o, como él suele decir con mayor frecuencia y de un modo aun más absurdo, que I (v + p) constituyen partes integrantes del precio (o del valor, pues él dice value in exchange) (28) de IIc y éste, a su vez, toda la parte integrante del valor I (v + p), se podría y debería decir también que (IIb) v se reduce a (IIa) p o (IIa) p a (IIb) v, o que (IIb) v constituye una parte integrante de la plusvalía IIa, y viceversa, que la plusvalía se reduce de este modo a salario o capital variable y que el capital variable constituye una “parte integrante” de la plusvalía. Este absurdo aparece sostenido, en efecto, por A. Smith en el sentido de que según él el salario se halla determinado por el valor de los medios de vida necesarios y los valores de estas mercancías, a su vez, por el valor del salario (capital variable) y de la plusvalía en ellos contenidos.
Tan absorbido se halla por las fracciones en que puede desdoblarse, a base del régimen capitalista, el producto de valor de una jornada de trabajo –a saber, en v + p–, que pierde de vista ante esto que en el régimen de simple intercambio de mercancías es de todo punto indiferente que los equivalentes existentes bajo una forma natural diversa representen trabajo pagado o no retribuido, ya que su producción cuesta la misma cantidad de trabajo tanto en uno como en otro caso; y pierde de vista asimismo que es también indiferente el que la mercancía de A sea un medio de producción y la de B un medio de consumo, el que, después de su venta, una mercancía esté destinada a funcionar como parte del capital y la otra, en cambio, a entrar en el fondo de consumo y a ser absorbida como renta, según Adam Smith.
El uso que el comprador individual haga de su mercancía no tiene absolutamente nada que ver con el cambio de mercancías, no tiene nada que ver con la órbita de la circulación ni afecta al valor de la mercancía. Y el problema no cambia en modo alguno porque, al analizar la circulación del producto global de la sociedad durante el año, haya de ser tenido en cuenta el uso concreto a que las mercancías se destinan, el factor consumo de las distintas partes integrantes de aquel producto.
En el cambio más arriba comprobado de (IIb) v por una parte equivalente en valor de (IIa) p y en los otros cambios efectuados entre (IIa) p y (IIb) p no se parte en modo alguno del supuesto de que, ya se trate de los distintos capitalistas de IIa y IIb o de sus respectivas colectividades, su plusvalía se divide necesariamente en la misma proporción entre artículos de consumo necesario y artículos de lujo.
Puede ocurrir que el uno invierta más en esta clase de consumo y el otro invierta más en aquélla. Sobre la base de la reproducción simple, se parte solamente del supuesto de que se realiza en el fondo de consumo una suma de valor equivalente a toda la plusvalía. Se trazan, pues, los límites.
Dentro de cada sector, puede ocurrir que uno invierta más en a y que el otro gaste más en b; pero estas diferencias pueden compensarse mutuamente, de modo que las clases capitalistas a y b, tomadas en conjunto, participen en la misma proporción en ambos. Pero las proporciones de valor –la parte proporcional que a cada una le corresponde en el valor total del producto II respecto a las dos clases de productores a y b–, y, por tanto, una determinada proporción cuantitativa entre las ramas de producción que suministran aquellos productos, son proporciones necesariamente dadas en cada caso concreto.
Lo único hipotético es la proporción que figura como ejemplo; si el ejemplo se cambia, esto no altera para nada los términos cualitativos del problema; cambiarán solamente los términos cuantitativos. En cambio, si por cualesquiera circunstancias se operase un cambio real en cuanto a la magnitud proporcional de a y b, cambiarían también, a tono con ello, las condiciones de la reproducción simple.
Del hecho de que (IIb) v se realiza en una parte equivalente de (IIa) p se sigue que en la proporción en que aumenta la parte de artículos de lujo del producto anual, en que, por tanto, una parte alícuota creciente de la fuerza de trabajo es absorbida por la producción de lujo, en la misma proporción, la reversión del capital variable desembolsado en (IIb) v a capital–dinero que vuelve a funcionar como forma–dinero del capital variable, y con ello la existencia y reproducción de la parte de la clase obrera ocupada en IIb –su demanda de medios de vida necesarios–, se hallan condicionadas por el despilfarro de la clase capitalista, por la inversión de una parte considerable de su plusvalía en artículos de lujo.
Toda crisis restringe momentáneamente el consumo de artículos de lujo; amortigua, entorpece la reversión de (IIb) v a capital–dinero, sólo deja que se desarrolle parcialmente y lanza así al arroyo a una parte de los obreros productores de artículos de lujo, con lo cual paraliza también y merma el mercado de artículos de primera necesidad.
Esto, prescindiendo de los obreros improductivos licenciados simultáneamente y que reciben a cambio de sus servicios una parte de los gastos de lujo de los capitalistas (obreros que son, a su vez, por sí mismos y en la parte correspondiente, artículos de lujo), y que participan también considerablemente en el consumo de medios de vida necesarios, etc.
Lo contrario de lo que ocurre en los períodos de prosperidad y sobre todo en las épocas en que florece la especulación, en las que, ya por otras razones, baja el valor relativo del dinero, expresado en mercancías (sin que, por lo demás, se opere una verdadera revolución de precios), en que, por tanto, aumenta el precio de las mercancías, independientemente de su propio valor.
En estas épocas, no aumenta solamente el consumo de medios de vida necesarios; la clase obrera (a la que ahora se incorpora activamente todo su ejército de reserva) participa también momentáneamente en el consumo de artículos de lujo normalmente inasequible a ella y además en la clase de los artículos de consumo necesarios, que en otras condiciones sólo son “necesarios” por regla general para la clase capitalista, lo que a su vez provoca un alza de los precios.
Es una pura perogrullada decir que las crisis surgen de la falta de consumo solvente o de consumidores capaces de pagar. El sistema capitalista no conoce ninguna clase de consumo que no sea solvente, si se exceptúan los pobres de misericordia y los “granujas”. El hecho de que las mercancías queden invendibles quiere decir sencillamente que no se encuentran compradores o, lo que tanto vale consumidores solventes para ellas (lo mismo si las mercancías se destinan en última instancia al consumo productivo que si se destinan al consumo individual).
Y si se pretende dar a esta perogrullada una apariencia de razonamiento profundo, diciendo que la clase obrera percibe una parte demasiado pequeña de su propio producto y que este mal puede remediarse concediéndole una parte mayor, es decir, haciendo que aumenten sus salarios, cabe observar que las crisis van precedidas siempre, precisamente, de un período de subida general de los salarios, en que la clase obrera obtiene realmente una mayor participación en la parte del producto anual destinada al consumo.
En rigor, según los caballeros del santo y “sencillo” (!) sentido común, estos períodos parece que debieran, por el contrario, alejar la crisis. Esto quiero decir, pues, que la producción capitalista implica condiciones independientes de la buena o la mala voluntad de los hombres, que sólo dejan un margen momentáneo a aquella prosperidad relativa de la clase obrera, que es siempre, además, un pájaro agorero de la crisis.
Hemos visto más arriba cómo la relación proporcional entre la producción de medios de consumo necesarios y la producción de artículos de lujo condiciona la división de II (v + p) entre IIa y IIb y también, por tanto, la de IIc entre (IIa) c y (IIb) c. Afecta, pues, hasta la raíz al carácter y a las proporciones cuantitativas de la producción y es un factor determinante esencial de su conformidad en conjunto.
La reproducción simple se dirige intrínsecamente al consumo como fin, aunque la obtención de plusvalía aparezca como el motivo propulsor del capitalista individual; pero en última instancia la plusvalía –cualquiera que su magnitud proporcional sea– tiene aquí como función, exclusivamente, el consumo individual del capitalista.
En la medida en que la reproducción simple es también parte, y la parte más importante, de toda reproducción anual en escala ampliada, este móvil aparece como complemento y contraposición del móvil del enriquecimiento como tal. En realidad, la cosa parece ser más complicada porque los copartícipes (partners) en el botín –la plusvalía del capitalista– se prestan como consumidores independientes de él.



