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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Viernes, 12 de Marzo de 2010 / 08:44 h

Ventana de política criminal (parte II)

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Atilio Ramírez Amaya hijo
Introducción al manual de derecho penal 2

II
En el examen del control social que culmina con la cárcel, creemos que el sistema escolar es el primer segmento del aparato de selección y marginación en la sociedad, que con la discriminación entre alumnos buenos y alumnos malos, genera cierto distanciamiento social al que hay que agregar, como mecanismo del sistema, la generación del carácter simbólico del castigo.

Este carácter produce la transferencia del mal y de la culpa a una minoría estigmatizada y actúa como factor de integración de la mayoría, remunerando a los no estigmatizados y convalidando sus modelos de comportamiento: los presos de Mariona y Zacatecoluca son los malos; y los que estamos afuera somos los buenos.

Con la criminalización primaria las atarrayas del sistema penal se lanzan sobre sujetos vulnerables (ladronzuelos, prostitutas, borrachos, locos ambulantes con cara de nada, muchachos pobres -sobre todo si están tatuados y pertenecen a maras-), no sobre los señores de cuello blanco (Seguro Social Majano-Cristiani-López Beltrán, Banco de Fomento Agropecuario, Arrocera San Francisco, Diputados y Ministros de Estado, asesores del Ejecutivo, caso del abono donado por los japoneses,  Ingeniero Perla con el caso de ANDA; etc.).

Si uno se pone a pensar que lo determinantemente grave para que los legisladores creen nuevos delitos y aumenten penas en el hurto, robo y estafa, es el daño social producido (dinero desaparecido), y ojeamos las estadísticas, veremos que sólo el caso del Ingeniero Perla, y gerentes del ANDA, sobrepasa a todo lo hurtado, robado o estafado por los presos de Mariona durante un periodo de diez años.

Luego, la criminalización secundaria acentúa la selectividad del sistema penal. Con los prejuicios y estereotipos, los tribunales y la cárcel terminan de moldear al delincuente: hemos llegado al cretinismo legislativo de crear delitos sin conducta, tentativas culposas temerarias; y peligrosidad delictual por el tatuaje y el modo de vida.

Al llegar a esto, es obligado pensar ¿Y los jueces? Algunos (por cierto muy pocos) se han convertido en compañeros de viaje de diputados, periodistas y funcionarios del ejecutivo. Otros (por cierto la mayoría no represiva), le temen al Consejo de la judicatura y a la Corte Suprema de Justicia. Y unos pocos, por haber resuelto inteligentemente contra la rutina, aguantan con firmeza golpes de algunos Secretarios de Estado, periodiqueros  y diputados ignorantes.

Recientemente hemos presenciado el atropello sobre dos jueces del Tribunal Sexto de Sentencia, realizado por algunos magistrados del supremo tribunal de justicia.

Los jueces, sin ser políticos, son funcionales al sistema político, ahora en lo judicial enquistado en el Consejo de la judicatura (aunque sus miembros lo ignoren). Se olvida que los jueces, por naturaleza de la función, constituyen en realidad el verdadero órgano de administración de justicia. Los tribunales superiores (también formalmente órgano judicial) son los políticos (y a veces –gracias a Dios de vez en cuando- administran justicia).

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