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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Viernes, 12 de Marzo de 2010 / 08:13 h

El Capital (parte CCXXXIII)

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Capítulo XIX
ESTUDIOS ANTERIORES SOBRE EL TEMA CONT.

Karl H. Marx

III. Autores posteriores
Ricardo reproduce casi al pie de la letra la teoría de A. Smith: “Debe entenderse que siempre se consume la producción total de un país; el hecho de que sean las personas que reproducen o aquellas que no reproducen algún valor quienes consumen los productos, constituye la máxima diferencia. Cuando afirmamos que se ahorra el ingreso y se añade al capital, lo que queremos decir es que la porción del ingreso que se agrega al capital, es consumida por trabajadores improductivos” (Principios, p. 114).

En realidad, Ricardo acepta íntegramente la teoría de A. Smith sobre la descomposición del precio de la mercancía en salario y plusvalía (o capital variable y plusvalía). En lo que discute con él es: 1º en lo referente a las partes integrantes de la plusvalía: Ricardo elimina la renta del suelo como elemento necesario de ésta; 2º Descompone el precio de la mercancía en estas partes integrantes.

La magnitud de valor es, por tanto, lo primero. La suma de las partes integrantes se presupone como magnitud dada; se parte de ella, en vez de proceder a la inversa, como hace frecuentemente A. Smith, en contradicción con su propia visión profunda, estableciendo la magnitud de la mercancía post festum por adición de sus partes integrantes.
Ramsay observa, en contra de Ricardo: “Ricardo olvida que el producto no se distribuye en su totalidad entre el salario y la ganancia exclusivamente, sino que es necesario reservar también una parte para reponer el capital fijo”. (An Essay on the Distribution of Wealth, Edimburgo, 1836, p. 174.) Por capital fijo entiende este autor lo que aquí llamamos capital constante: “El capital fijo existe bajo una forma en la que, aun contribuyendo a la producción de la mercancía en elaboración, no contribuye, sin embargo, al sostenimiento del obrero” (p. 59).

A. Smith se rebelaba contra la consecuencia obligada de su descomposición del valor de la mercancía y también, por tanto, del valor del producto anual de la sociedad, en salario y plusvalía, y, por consiguiente, en simple renta: contra la consecuencia de que, en estas condiciones, todo el producto anual podría consumirse. No son nunca los pensadores originales los que sacan las consecuencias absurdas de sus teorías. Eso lo dejan para los Says y los MacCullochs.

Say no toma la cosa muy a pecho, en realidad. Lo que es para uno adelanto de capital es para el otro renta y producto neto, o lo era; la diferencia entre producto bruto y neto es puramente subjetiva, y “así, el valor global de todos los productos se distribuyen en la sociedad como renta” (Say, Traité d’Economie politique, 1817, II, p. 64). “El valor total de cada producto está formado por las ganancias de los terratenientes, de los capitalistas y de los industriosos” (el salario figura aquí comme profits des industrieux!) (26) “que han contribuido a su elaboración.

Esto hace que la renta de la sociedad sea igual al valor bruto producido y no, como opinaba la secta de los economistas” (los fisiócratas), “igual al producto neto de la tierra”.
Este descubrimiento de Say se lo apropia también, entre otros, Proudhon.

Storch, que acepta también en principio la doctrina de A. Smith, encuentra, sin embargo, que la aplicación práctica que de ella hace Say es insostenible. “Si se admite que la renta de una nación es igual a su producto bruto, es decir, que no hay que deducir de éste ningún capital” (ningún capital constante, debiera decir), “hay que admitir también que esa nación puede consumir improductivamente el valor íntegro de su producto anual sin menoscabar en lo más mínimo su renta futura ... Los productos que forman el capital” (constante) “de una nación no son consumibles” (Storch, Considérations sur la nature du revenu national, París, 1824, pp. 147 y 150).

Sin embargo, Storch se olvida de decirnos cómo puede coordinarse la existencia de este capital constante con el análisis del precio que él toma de A. Smith según el cual el valor de la mercancía sólo encierra el salario y la plusvalía, sin contener capital constante alguno. Sólo a través de Say se da cuenta de que este análisis del precio conduce a resultados absurdos, y las últimas palabras que él mismo escribe acerca de esto rezan así: “que es imposible descomponer el precio necesario en sus elementos más simples” (Storch, Cours d’Economie Politique, Petersburgo, 1815, II, p. 141).

Sismondi, que se ocupa especialmente de la relación entre capital y renta y que, en realidad, hace de su concepción especial de esta relación la differentia specifica de sus Nouveaux Principes, no escribe ni una sola palabra científica acerca de esto, no contribuye ni en un ápice al esclarecimiento del problema.

Barton, Ramsay y Cherbuliez se esfuerzan en sobreponerse a la versión de A. Smith. Pero fracasan, porque desde el primer momento plantean el problema de un modo unilateral, ya que no distinguen claramente la diferencia entre capital constante y variable de la diferencia entre capital fijo y circulante.

John Stuart Mill se limita también a reproducir, con su presunción habitual, la doctrina trasmitida por A. Smith y sus sucesores.

Resultado: la confusión de pensamiento de A. Smith sigue imperando basta la hora presente y su dogma es artículo de fe ortodoxo de la economía Política.

Capítulo XX
REPRODUCCIÓN SIMPLE

I. Planteamiento del problema
Si nos fijamos en la función anual del capital social –y, por tanto, del capital en su conjunto, de que los capitales individuales no son más que fragmentos cuyo movimiento es a la par su movimiento individual y parte integrante del movimiento del capital global– en cuanto a su resultado; es decir si nos fijamos en el producto–mercancías que la sociedad crea al cabo del año, se nos revelará cómo se desarrolla el proceso de reproducción del capital social, qué caracteres distinguen a este proceso de reproducción del proceso de reproducción de un capital individual y qué caracteres son comunes a uno y otro.

El producto anual incluye tanto las partes del producto social que reponen el capital, es decir, la reproducción social, como las partes que corresponden al fondo de consumo, que son consumidas por los obreros y los capitalistas y, por consiguiente, el consumo productivo y el consumo individual al mismo tiempo. Abarca conjuntamente la reproducción (es decir, el sostenimiento) de la clase capitalista y de la clase obrera y también, por tanto, la reproducción del carácter capitalista de todo el proceso de reproducción.

Es, evidentemente, la fórmula

                    D-... P... M'
M,-
                    d - m


la que tenemos que analizar. Y en ella desempeña necesariamente un papel el consumo, pues el punto de partida M’ = M + m, el capital–mercancía, incluye tanto el valor–capital constante y variable como la plusvalía. Su movimiento aborda, por consiguiente, tanto el consumo individual como el consumo productivo.

En los ciclos D – M... P M’ – D’ y P... M’–D’ – M... P el movimiento del capital es punto de partida y punto de término, en lo que va incluido también, naturalmente, el consumo, puesto que la mercancía, el producto, necesita venderse. Pero si partimos del supuesto de que esto se ha hecho ya, es indiferente para el movimiento del capital individual la suerte que luego corra esta mercancía. En cambio, las condiciones de la reproducción social, tratándose del movimiento M’... M’ las indica precisamente la suerte que corran todas y cada una de las partes integrantes del valor de este producto total M’. Aquí, el proceso total de reproducción incluye el proceso de consumo a que sirve de medio la circulación ni más ni menos que el proceso de reproducción del capital.

Además, dada la finalidad que aquí perseguimos, el proceso de reproducción debe enfocarse tanto desde el punto de vista de la reposición del valor como en lo tocante a la reposición material de las distintas partes integrantes de M’. Ahora ya no podemos limitarnos, como cuando se trataba de analizar el valor del producto de cada capital de por sí a partir del supuesto de que cada capitalista sólo puede convertir en dinero las partes integrantes de su capital mediante la venta de su producto–mercancías, para volver luego a transformarlo en capital productivo, invirtiendo de nuevo aquel dinero en los elementos de producción que se le ofrecen en el mercado de mercancías.

Estos elementos de producción, siempre y cuando que consistan en cosas, son parte integrante del capital social, ni más ni menos que el producto individual terminado que se cambia por ellos y al que ellos vienen a reponer. Por otro lado, el movimiento de la parte del producto social en mercancías consumida por el obrero al gastar su salario y por el capitalista al gastar su plusvalía no sólo se articula como un eslabón con el movimiento del producto global, sino que además se entrelaza con el movimiento de los capitales individuales, razón por la cual sus manifestaciones no pueden explicarse dándolas simplemente por supuestas.

El problema, tal como se plantea directamente, es éste: ¿cómo se repone a base del producto actual el valor del capital absorbido por la producción y cómo se entrelaza el movimiento de esta reposición con el consumo de la plusvalía por los capitalistas y el del salario por los obreros? Se trata, por tanto, en primer lugar, de la reproducción simple.

Además, se parte de la premisa, no sólo de que los productos se cambian con arreglo a su valor, sino también de que no se opera ninguna transformación de valor en cuanto a las partes integrantes del capital productivo. Por lo demás, en la medida en que los precios difieren de los valores, esta circunstancia no puede influir para nada en el movimiento del capital social.

Seguirán cambiándose, en conjunto, las mismas masas de productos, aunque los distintos capitalistas se hallen ahora interesados en ellas en cantidades de valor que no son ya proporcionales a sus respectivos desembolsos y a la masa de plusvalía producida por cada uno de ellos en particular. Por lo que se refiere a las transformaciones del valor, éstas no alteran en lo más mínimo las proporciones entre las partes integrantes del valor del producto anual en su conjunto, siempre y cuando que se distribuyan de un modo general y uniforme.

Y si se distribuyen de un modo parcial y no uniforme, representarán perturbaciones que, en primer lugar, sólo podrán comprenderse, como tales, siempre que se las considere como divergencias de las proporciones de valor que permanecen iguales; y, en segundo lugar, una vez establecida la ley según la cual una parte de valor del producto anual repone el capital constante y otra el capital variable, cualquier transformación que afecte al valor del capital constante o al del capital variable, no alterará para nada esta ley. Sólo alterará la magnitud relativa de las partes de valor que funcionan como capital de una u otra clase, puesto que los valores primitivos serán sustituidos por otros nuevos.

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