En ocasión del jubileo del año 2,000; el papa Juan Pablo II quiso “ayudarnos para que nos diéramos cuenta de lo amplio y profundo que ha sido en el siglo XX la experiencia de martirio entre los cristianos”. Él, que en su misma Polonia experimentó la persecución del comunismo y del nazismo, la barbarie de la guerra, con profunda convicción decía: «A finales del segundo milenio, la Iglesia se ha convertido de nuevo en la Iglesia de mártires».
Es así como en Roma se creó el archivo de la Comisión de los Nuevos Mártires, con el propósito de recopilar y conservar la memoria a través de documentos, cartas, e informes de testigos acerca de todos los cristianos que en el mundo dieron su vida por la fe en el siglo XX. Son víctimas del comunismo en la URSS, del nazismo, del fascismo y de otras situaciones. Su único delito fue “haber creído en la Resurrección de Jesús”.
Era suficiente que renunciaran a la fe para salvar su vida; pero no lo hicieron. A costa de tener que morir, no traicionaron su fe. No es la historia de héroes. Es la historia de hombres y mujeres que han resistido al mal con la fuerza de la fe. No es la historia de los que se defienden a codazos, con la fuerza de las “espadas”, sino de los que aprenden a vivir desarmados de orgullo y violencia, de los que optaron por ser pacíficos, y vivieron la dicha de haber aprendido de Jesús a perdonar.
Los cristianos sabemos que estamos llamados a dar la vida por el Evangelio y por los demás, y a ser testigos de la fe; pero no todos estamos llamados a derramar nuestra sangre. El martirio es una realidad del cristianismo que desde sus inicios la afrontó. Pero en el último siglo, el número de creyentes asesinados ha sido mucho más alto. Algunas historias son conocidas, como la de Monseñor Romero, asesinado mientras celebraba la Eucaristía.
Se trata de un martirio en masa. Muchas historias son desconocidas. Hoy proponemos una historia. El conocimiento del drama afrontado por los “testigos de la fe”, nos llena de fuerza, al mismo tiempo nos llena de orgullo; pero no se trata de aquel orgullo que lleva a pensarse mejor o superior a los demás, sino de aquel orgullo bueno que hace sentirse feliz por pertenecer a una Iglesia que sabe amar hasta dar la vida por el Evangelio, por los demás, especialmente por los pobres.
Martirio y unidad.
La división que hay entre cristianos nos llena de pena. Es un escándalo. Se hacen muchos esfuerzos para reconstruir la unidad de la familia de los discípulos del Señor.
La unidad tan difícil de alcanzar entre los cristianos, se volvió realidad en los lugares de sufrimiento. Podríamos decir que el dolor y la persecución fue una escuela de unidad; la oración común y le hecho de compartir el mismo sufrimiento unió a los cristianos. Durante la segunda guerra mundial, en una cárcel de Rumania –relata el padre Roman Braga- «Había un bautista que llevaba una biblia escondida en la hombrera de su abrigo.
Tener un símbolo religioso era castigado con la muerte. Logramos arrancar las páginas según los libros que contenía, y cada uno de nosotros tenía el deber de aprendérselo de memoria rápidamente, de manera que, si se deterioraba el libro, o descubrían a uno de nosotros con un símbolo religioso, la palabra de Dios no dejaba de proclamarse en la cárcel. Dentro de la prisión había cristianos católicos, luteranos, ortodoxos y de otras confesiones cristianas. Todos oraban juntos».
El icono de los Nuevos Mártires (Basílica de san Bartolomé, Roma).
El icono que vemos, quiere ser la manera de conservar la memoria de los testigos de la fe del siglo XX. Es un icono ecuménico, pues no se recuerda sólo a cristianos católicos, sino también a los pertenecientes a otras confesiones cristianas que también han derramado su sangre por el Evangelio.
En lo alto del icono, está Cristo en el trono, circundado por ángeles y por una muchedumbre de testigos de la fe, vestidos de blanco, que llevan unas palmas en las manos: es la imagen del libro del Apocalipsis, en el que se lee: “Después, miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos. [...] Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: “¿Quiénes son y de dónde han venido? Yo le respondí: “Tú lo sabrás”. Me respondió: “esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavados sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero.” (Ap. 7, 9. 12-14).
“A través de la grande tribulación”: estas son las palabras que se encuentran en el centro del icono. Más abajo se mira un campo de concentración, con el alambre de púas, que se trasforma en catedral: es la experiencia de muchos testigos de la fe. Cristianos católicos, evangélicos, ortodoxos, que se han encontrado en los campos de trabajo forzados de los nazis, de los soviéticos, y en el sufrimiento común por el Evangelio, y juntos elevaron su oración al Señor; aprendieron a amarse y a sostenerse mutuamente. En esta catedral está el Evangelio abierto, con las palabras de Jesús que se leen en el Evangelio según san Juan “todos sean uno” (Jn 17,21a), el crucifijo, y el cirio pascual, símbolo de la resurrección de Jesús. La luz de la fe no fue apagada por el sufrimiento y por el mal.



