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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Miércoles, 10 de Marzo de 2010 / 08:43 h

¿Qué pasa en la Universidad? (1)

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René Martínez Pineda
(Coordinador General del M-PROUES)*

Sin lugar a dudas, el pensamiento crítico, los principios revolucionarios y la disciplina de lucha y estudio, me los forjé –junto con tantos más que no vivieron para contarlo- como dirigente estudiantil universitario en los años 80s, en combinación con una vida secreta dedicada a tareas político-militares, lo que dividió mi vida en varios mundos que, sin conexión pública, conformaban un solo universo en lo privado: el académico, el laboral, el familiar, el juvenil y el insurgente. En esos duros años, tuvimos que aprender, sin dejar de estudiar, a: evadir la persecución policial diaria; derrotar el dolor de la cárcel clandestina; domar el miedo, usando como camuflaje: los libros; el “poema de amor” de Roque; y el amor a muerte por el pueblo, que dejó de ser una consigna abstracta usada para lucro personal.

En esos años en los que el enemigo de clase estaba bien definido (la dictadura militar y la burguesía) nos cubríamos el rostro sólo en la acción militar -nunca en la gremial, que exige legitimidad- porque esa era la forma de evitar ser capturados y desaparecidos por los cuerpos de seguridad, y porque estábamos convencidos de que lo gremial no debía ser una acción encapuchada, pues buscábamos construir una sociedad en la que no fuese necesario hacerlo. Sé que el anterior es, para las nuevas generaciones estudiantiles, un discurso nostálgico y hueco, debido a que la desmemoria lo gobierna todo, sin embargo, estoy obligado a decirlo.

Recuerdo que en esos años-sangre, el ejército y la policía eran quienes –con odio cierto- se “tomaban” la universidad, en un esfuerzo zoológico por degradar su calidad académica, continuar su despojo y, sobre todo, evitar que la juventud estudiosa y disciplinada accediera a un nivel superior de conciencia, al que se llega sólo con esfuerzo y desvelos, que son, tanto la base para construir otra sociedad, como el mejor pago que se le puede dar a los padres, quienes restando granos de frijoles de sus platos, nos mantuvieron en la escuela. En esos años, los estudiantes éramos quienes impedíamos y repudiábamos las tomas de la universidad (usadas para justificar su intervención) una de las cuales hizo famoso al CAPUES.

Al respecto, en una asamblea general de estudiantes del año 1985, concluimos que sólo existían tres causas por las cuales sería aceptable que la comunidad universitaria se tomara la universidad (o sea nuestra casa): para impedir –con sangre de por medio- que el ejército metiera sus manos en ella; para evitar su privatización; y para impedir que se continuara con la represión en contra del pueblo organizado.

Ayer como hoy -más allá de esas causas- tomarse la universidad es un absurdo irresponsable, reaccionario y oportunista, debido a que, por una parte, afecta a miles de familias pobres; por otra, a que pone en peligro su exiguo patrimonio, tan deteriorado por la guerra y los gobiernos de derecha, lo que es similar, por sus efectos, a los robos que los ladrones pobres hacen en las escuelas públicas, igualmente pobres; y, por otra más, porque es un escupitajo a su historia y a la de sus muchos mártires, que no sólo fueron buenos estudiantes, sino también combatientes corajudos por la justicia social.

En este momento, las tomas de la universidad pública –unida al oportunismo e ineptitud de muchas de sus autoridades que, con ellas, lograron acceder a sus puestos- parecen ser una especie de conspiración para impedir que renazca su calidad académica, que es la mejor excusa para exigir un aumento significativo en su presupuesto, de tal forma que permita, en el corto plazo, ampliar sus cupos, sin hundirla ni bajar los criterios de exigencia de ingreso.

Aunque puede resultar pueril la comparación, no está de más hacerla desde lo estratégico: cuando en una lancha se suben más náufragos de los que puede salvar, ésta terminará por hundirse, irremediablemente, sin salvar a nadie.

Se puede abordar la situación de la universidad a partir de la exposición de algunas tesis. La primera es que: en el caso de lo público y de las utopías libertarias, los derechos se conquistan cumpliendo los deberes, porque esa es la forma de construir la justicia social y la responsabilidad.

En los años 80,s, nuestro deber fue mantener abierta la universidad en medio de la guerra; impedir que muriera; darle la normalidad básica en un ambiente de represión masiva; continuar con la graduación de profesionales capaces con conciencia crítica, y con la formación política de luchadores sociales con principios.

Lo lamentable es que, hoy, son algunos de sus estudiantes quienes la cierran, cuando es su deber luchar por elevar la calidad académica, de tal forma que gane el prestigio requerido para exigir combativamente, con méritos propios, un refuerzo presupuestario que vaya ampliando de forma racional sus ingresos y patrimonio.

Es evidente que hoy, más que en los años de guerra, el movimiento estudiantil universitario está urgido por construir, honestamente, su teoría política y experiencia revolucionaria, pues, de lo contrario, caerá en la dulce anarquía del río revuelto y el oportunismo sin doctrina, de la mano de un lote de profesores y agentes extraños caracterizados por carecer de atestados que den fe de su compromiso social, valor y lucha por la libertad.

De lo que se trata es de organizar –para decirlo en palabras de Lenin- “a toda persona honesta, estudiosa y enérgica” en su esfuerzo por hacer de la sociedad un lugar solidario donde vivir, pues el socialismo tiene como lema “a cada quien según su esfuerzo”.

La segunda tesis es que: la conciencia revolucionaria es reflejo del contexto y de la memoria histórica, lo cual requiere una lectura adecuada del mismo.

El descenso caótico del actuar de algunas organizaciones estudiantiles, gestado por la confusión respecto a la concepción de lo que significa ser revolucionario (llevado a un nivel vulgar-mecánico cuando existe un divorcio entre realidad y métodos de lucha) niega todo lo que se hizo anteriormente, lo que se refleja en la crisis organizativa y discursiva de un sector estudiantil (que es minoría, pero que es el protagónico) pues, mientras se plantea la urgencia de más aulas para albergar más estudiantes, hay por lo menos unas quince de ellas que son usadas como locales, en algunos de los cuales se aprecia la principal degradación de la sociedad burguesa que tanto se ataca (la anomia), desvirtuando la capacidad de liderazgo que, estoy seguro, algunos de sus agremiados tienen, y que sería la base para construir un movimiento estudiantil con perfil histórico y consecuente.

*renemartezpi@yahoo.com

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