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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Martes, 09 de Marzo de 2010 / 09:39 h

Opinando sin política (576)

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Eduardo Badía Serra

Hay que pensar un poco en el mundo, y al centro de la reflexión, situar al hombre, a la persona humana, este ser especial que es el único que tiene conciencia del estado en que se encuentra ese mundo. El mundo es una verdadera caja de sorpresas. Estamos ante el mundo del desarrollo. Yo recuerdo que a los países antes se les clasificaba en países desarrollados y países subdesarrollados. Allí estaban, anclados, unos y otros. Ahora, mientras los primeros mantienen su estado, a los segundos se les llama ya países en desarrollo.

El primer concepto era claro; el segundo ya no lo es tanto, es un transitorio hacia algo que se considera probable, es un mero estado de temporalidad que tiende a evolucionar hacia otro mejor. Es la semántica del engaño, de la cual acostumbran abusar los organismos internacionales para ocultar realidades claras y precisas producto de los modelos por ellos propuestos.

El concepto del desarrollo ha ido siempre de la mano del manejo de algunos elementos macroeconómicos clásicos y típicos: Un buen pib per cápita, un alto valor del ingreso personal, el uso de altos niveles de tecnología, una alta tasa de consumo de bienes, la suntuosidad, etc.

Ser desarrollado significa tener un buen vehículo, una buena hipoteca en la casa de habitación, celulares, buenas cámaras, ganar bastante, gastar bastante, pertenecer a un club social, ser parte de un país con un alto nivel tecnológico, ser vanidoso.

Y la medición del índice de desarrollo es siempre de naturaleza promedial: El pib promedio nacional, el índice promedio per cápita, el ingreso promedio per cápita, etc. Esta forma de evaluar no corrige las distorsiones producto de la inequidad y de la exclusión, de tal manera que, en  promedio, si Pedro tiene cien y Juan no tiene nada, cada uno tiene cincuenta.

Es el clásico problema de las medidas de tendencia central, tan utilizadas por los macroeconomistas, el de ser fuertemente afectadas por los valores extremos. Si Juan sigue sin tener nada pero Pedro no tiene cien sino mil, entonces, por el milagro macroeconómico, Juan, que en realidad sigue sin tener nada, ya tiene, no sólo cincuenta sino quinientos.

Este concepto del desarrollo no valora a la persona en lo espiritual; es una valoración materialista, economicista, mecanicista. No valora el índice de felicidad de la persona, ni su nivel de satisfacción personal. No valora cuanto ama y cuanto es amado. No valora si es solidario o si es egoísta.  No valora su desarrollo social, ni el goce de la vida. Es un concepto idólatra, que hace del consumo un ídolo, del tener el único objeto en la vida.

Por eso agotaba Heidegger su reclamo por el ser, por la vuelta al ser. Así está el mundo, polarizado entre los países desarrollados, esto es, los que lo tienen todo sin ser nada, y los países en desarrollo, eufémico término en el que se sitúan los que no tienen nada o tienen muy poco y les va quedando poco también del ser algo.

El Salvador, desde que yo me acuerdo, se encuentra entre estos últimos, aunque ahora se le llama un país de renta media alta, término este muy chivirico, pero más difícil de entender que el puntaje de la calificación de la prueba Ecap que se les hace a los aspirantes a obtener el título de Maestros en el país.

Pablo VI, según nos recuerda el Papa Benedicto en su encíclica Caritas in Veritate, tenía una visión articulada del desarrollo, término que para él significaba haber vencido el hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo. Ello contenía, además de lo económico, la evolución hacia sociedades solidarias, la consolidación de regímenes democráticos, la seguridad de la paz y la libertad en las personas. 

Y Benedicto se pregunta ahora hasta qué punto se han cumplido las expectativas de Pablo VI, manifestando claramente su preocupación de que el concepto actual de desarrollo, ese que he puesto en el comienzo de la columna, no haya podido satisfacer las necesidades del otro, este de Pablo VI que él nos recuerda.

El desarrollo económico mismo ha estado, y lo está aún, aquejado por ´desviaciones y problemas dramáticos´, que la crisis actual ha puesto todavía más de manifiesto, señala tajantemente el Papa; y volviendo a la Populorum Progressio, agrega:  La riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades. En los países ricos, nuevas categorías sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas.

En las zonas más pobres, algunos grupos gozan de un tipo de subdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones de miseria deshumanizadora. Se sigue produciendo el ´escándalo de las disparidades hirientes´. No basta, pues, dice el Papa Benedicto, progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico, sino se necesita hacerlo auténtica e integralmente.

Así está el mundo, esa realidad en la que hay necesariamente que pensar, y con él, el hombre, ese constructo psico-físico zubiriano en el que la psique sólo es psique-de este cuerpo, y el cuerpo sólo es cuerpo-de esta psique. Es el famoso constructo del ´de´. El hombre es el único animal capaz de optar. Bueno, pues, hay que optar: Acumulemos y seamos infelices, o compartamos y seamos felices. Esa es la alternativa.  

Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡Decídete por el cambio! ¡Anida la esperanza!
¿De política? ¡Nooooooooooooooooooooooooo oooooooooooooooooooooooooooooooooooooo-ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo-ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo-oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo-oooooooooooooooooooooooooooooooooooo-oooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.

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