Luis Ríos
El Barón de Coubertin dijo que el olimpismo es por excelencia la glorificación de la juventud.
Entienden eso nuestros dirigentes, cuando le dicen a sus atletas que estos «IX Juegos Centroamericanos ya no valen la pena... que guarden su esfuerzo para la próxima».
Es la glorificación de los jóvenes «por el culto del esfuerzo, por el desprecio al peligro, por el amor a la Patria, por la generosidad y el espíritu caballeresco, por el contacto con las artes y las letras, que son las bases fundamentales del olimpismo», según Cobertin.
¿Tendrán idea los funcionarios o políticos, del poderoso espíritu de vida que encierra todo un ciclo de preparación deportiva o la energía que se produce en un equipo, donde muchos corazones se aferran a un objetivo y a una misma fe? ¿Conocerán de la presencia de un poder superior en ese ambiente olímpico, que marca la existencia de los jóvenes y que los hace amar más a su familia y a su nación?
Porque muchas de estas personas que discuten leyes y aprueban eventos deportivos, alguna vez jugaron, corrieron y saltaron siendo jóvenes, pero olvidaron, lo que dice Matheu, que «las energías que da al individuo el cultivo de los músculos, le desarrollan al mismo tiempo todas las facultades y le hacen soportar mejor las privaciones y fatiga, ser más atentos y sumisos a la disciplina y en los momentos decisivos, tener más sangre fría, sentirse más viril y llegar al abnegado heorismo».
¿No son esas cualidades las que necesitan nuestros dirigentes deportivos, politicos o gubernamentales? ¿Acaso nuestra juventud no soporta mejor las privaciones y su disciplina con el deporte, tal como también lo hemos demostrado en este periódico?
Como centroamericanos, le fallaremos a nuestra juventud, si queremos seguir los pasos de los «chapines», que por ambiciones de poder, anteponen una discusión vanal sobre las «debilidades» de Melitón Sánchez y su desacreditada agrupación de ORDECA, por sobre el sueño de nuestros atletas, si los juegos son un objetivo muy cuscatleco, muy por encima de esa institución que caerá por su propia gordura.
Es como si hiciéramos caso o valiera la pena el retiro de UNCAF de estos juegos, otra «asociación» dominada por «chapines que viven del fútbol» y que también manejan el fútbol salvadoreño, cuando están tan lejos del ideal del «Fair Play», que la FIFA ha adoptado del movimiento olímpico para incluirlo en su literatura.
Este grupo que lidera Rafael Salguero, hace que en su «famosa» Copa UNCAF de 6 naciones, clasifiquen 5 equipos, para que El Salvador y su gran mercado norteamericano no se quede afuera de la Copa de Oro y satisfacer a sus jefes de CONCACAF.
Por eso se hicieron del «ojo pacho», cuando nuestro país infringió de manera bochornosa ese «Juego Limpio» tomado del movimiento olímpico, al retirarse indignamente de un partido oficial frente a Costa Rica, con el aval del técnico mexicano Carlos de Los Cobos, lo cual nos hubiera sacado de esa Copa en EE.UU. Se «hicieron los muertitos» y no quisieron terminar el partido (como lo demostró Vicente Vásquez, Pdte. de la Segunda División de Fútbol), lo cual nos hubiera provocado una grave sanción en otra Confederación menos corrupta.
¿Qué importancia tiene, por ejemplo, para nuestros jóvenes tenistas, que por cierto son muy pocos, que un organismo internacional del tenis anuncie con gran arrogancia su desconocimiento a los juegos centroamericanos? No significa absolutamente nada, si ellos seguirán jugando y soñando y les «vale un pepino» la alegría y el gozo de un par de dirigentes que festejan el descalabro de ORDECA, que como repito, será consumida por la fortaleza del espíritu olímpico.
Hablar de estas cosas quizá tampoco esté enmarcado en la nobleza del movimiento olímpico, sin embargo, debemos a veces apoyarnos en estas calamidades para hacer luz y conciencia de la situación en que hemos caído, por esa falta de valores morales y espirituales que se encierran en el olimpismo, que a la postre siempre triunfará, porque los jóvenes atletas y sus entrenadores que no competirán en esa justa deportiva centroamericana, ya ganaron la medalla del honor y la dignidad olímpica, pero más que todo, el aprecio del pueblo y la bendición de Dios.



