Eduardo Badía Serra
Los tiempos de crisis son buenos momentos para la reflexión. Si falta lo esencial, debe sacrificarse lo accidental. Eso es lo que indica un pensamiento lógico, racional. No es posible sostener un estado de vida saturado de necesidades inducidas, secundarias, accesorias, si no se cuenta con la plena o al menos suficiente satisfacción de las necesidades naturales, aquellas recurrentes, cíclicas, vitales.
Hay que alimentarse, tanto en lo material como en lo espiritual; hay que educarse; hay que preservar la salud; hay que tener un techo bajo el cual podamos guardarnos de la intemperie, y un vestido que nos proteja de las inclemencias del tiempo. Después pueden venir otras cosas, siempre que no se alteren las primeras.
En esto de la discusión de las tarifas telefónicas, de los cargos en las tarjetas de crédito, de los impuestos a los artículos suntuarios, e incluso, de las nuevas tarifas del agua y del manejo de los desechos, es justificable, razonablemente, que se trate de proteger al consumidor de los abusos que cometen los suplidores del servicio, sean estos públicos o privados.
Algunos servicios son caros porque hay un desmedido afán de lucro en quienes los suministran. Esto es condenable. Otros lo son porque su prestación se hace mediante una gestión ineficiente y muchas veces corrupta. También esto es condenable. Todo esfuerzo por combatir ambas deficiencias debe ser aplaudido, indudablemente.
Pero hay que entrar también en la consideración de la responsabilidad que en ello también tiene el consumidor. El consumo, cuando es irresponsable, es también condenable. No es posible, en un mundo en crisis, insistir en la cultura del desperdicio que ha sido característica de algunos pueblos, sobre todo, de los llamados países desarrollados.
Estos han mal utilizado los recursos naturales, el agua, la energía, el petróleo, los minerales, etc. La cultura del desperdicio, a cuya base está el afán desmedido del consumo, el cosismo, la prevalencia del tener sobre el ser, es igualmente responsable, o más, que la cultura del lucro de las grandes empresas que usufructan los recursos para su propio provecho.
Este es, en realidad, un viejo problema, pero en la actualidad ha sido llevado al extremo. En nuestro país ya se ha entrado en él.
El Salvador es un país en el que impera el consumismo con bandera de victoria. Somos el país del cosismo. Consumimos de todo, de todo lo que aquellos a quienes les conviene, nos mandan consumir. Y por supuesto, protestamos, protestamos por el alto costo de la vida, porque se cobre por la educación y la salud, por los costos de la vivienda y el vestido. Esto no está mal cuando se trata de combatir el lucro desmedido, por supuesto.
Pero, al margen de la protesta, seguimos mal utilizando el teléfono, seguimos quemando gasolinas y diesel a más no poder, desperdiciando el agua y la electricidad, etc., etc., etc., etc., etc. ¿Quién hace algo con esto? La ratio técnica está ahogando cada vez más a la razón práctica. Es el azote de la alienación del hombre en la cosa, del mundo del consumo voraz, del predominio de lo material sobre lo espiritual. A pesar de que muchos hombres honestos, sabios, elevados, nos lo vienen diciendo siglo tras siglo, no hacemos caso de los consejos buenos y atendemos, sin más, a la propaganda y a la publicidad indetenible de los medios.
No comemos, pero hablamos por el celular; no estudiamos pero tomamos fotografías a diestra y siniestra con la camarita digital; no invertimos en mantener una buena salud pero llenamos el tanque con combustible para pasear y demostrar que tenemos un buen vehículo, más nuevo que el del vecino. Y a la hora de las horas, entonces reclamamos por mejores tarifas, por menores precios en los alimentos, por más y más baratos medicamentos, y por todo lo que necesitamos para vivir.
Epícteto el Frigio, esclavo luego en Roma, ya lo decía, según nos lo cuenta Flavio Arriano en las Diatribas.
Para Epícteto, las dificultades de la vida derivan del no prestar la debida consideración al hecho de que quien escoge la búsqueda de los bienes materiales y exteriores, deviene muy pronto en esclavo de ellos; en cambio, quien busca el dominio de su propia interioridad, alcanza siempre la tranquilidad y la libertad del ánimo. Esto lo decía Epícteto, alguien que si de algo sabía era del yugo de la esclavitud, y lo decía allá por los inicios del cristianismo, justo en el primer siglo después de Cristo.
Han pasado veinte siglos y el hombre no ha aprendido esa lección, a pesar de que nuestros maestros nos la siguen repitiendo. Justamente sólo hace algunos días, el Papa ha exhortado a liberarse de la esclavitud del dinero y de la injusticia, gérmenes de una misteriosa convivencia con el mal.
La avaricia, el afán desmedido de lucro, el deseo de tener, son groseras formas de manifestación del hombre actual. El cosismo, el consumismo, conducen a ello. Ante la crisis, el ahorro es el primer punto, el primer paso que dar.
Un uso racional y metódico de los recursos, responsable, es la principal solución. Priorizar las necesidades es en la misma forma urgente e indispensable. Hay que combatir el cosismo, hay que combatir el consumismo, hay que liberarse de la alienación del hombre en la cosa. Esto más en un país pobre como el nuestro. Bien decía Marx, el de los Manuscritos: “Demasiadas cosas útiles sólo producen demasiados hombres inútiles”. Y esto lo dijo ya hace bastantes años, también.
Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡Decídete por el cambio! ¡Anida la esperanza!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.



