Sección Tercera
LA REPRODUCCIÓN Y CIRCULACIÓN DEL CAPITAL SOCIAL EN CONJUNTO
Capítulo XVIII
Karl H. Marx
En el libro I hemos analizado el proceso capitalista de producción, tanto de por sí como en cuanto proceso de reproducción: la producción de plusvalía y la producción del propio capital.
Los cambios de forma y de materia que el capital experimenta dentro de la órbita de la circulación se daban por supuestos, sin detenerse a estudiarlos. Se daba por supuesto, por tanto, primero, que el capitalista vende el producto por su valor y, segundo, que encuentra a su disposición los medios materiales de producción necesarios para comenzar de nuevo el proceso o proseguirlo ininterrumpidamente. El único acto de la órbita de la circulación en que necesitábamos detenernos allí era la compra y la venta de la fuerza de trabajo, como condición fundamental de la producción capitalista.
En la sección primera de este libro II, hemos examinado las diversas formas que el capital adopta en su ciclo y las distintas formas del ciclo mismo. Al tiempo invertido en el trabajo, que examinamos en el libro I, hay que agregar ahora el tiempo invertido en la circulación.
En la sección segunda, hemos analizado el ciclo en su forma periódica; es decir, en su rotación.
Expusimos, de una parte, cómo las diversas partes integrantes del capital (capital fijo y capital circulante) recorren el ciclo de las formas en distintos períodos y de distintas maneras. Y, de otra parte, investigamos las circunstancias que determinan la diversa duración del período de trabajo y del período de circulación.
Al hacerlo, vimos cómo la duración del ciclo y la relación entre las distintas partes que lo integran influyen sobre la extensión del mismo proceso de producción y sobre la cuota anual de la plusvalía.
En efecto, si en la sección primera se examinaron, principalmente, las formas sucesivas que el capital adopta y abandona sucesivamente en su ciclo, en la sección segunda vimos cómo, dentro de este flujo y sucesión de formas, un capital de una magnitud dada se divide al mismo tiempo, aunque en volumen variable, en las diversas formas de capital productivo, capital–dinero y capital–mercancías, de tal modo, que estas formas no sólo se suceden unas a otras, sino que las diversas partes del valor capital global aparecen y funcionan simultáneamente y de un modo constante bajo estas distintas modalidades.
El capital–dinero, concretamente, se presentaba bajo una forma peculiar que no se nos había revelado en el libro I.
Y descubrimos determinadas leyes con arreglo a las cuales las partes integrantes de un capital dado, partes de magnitud distinta, necesitan ser desembolsadas, y renovada constantemente la rotación, según las condiciones de forma de capital–dinero, para mantener constantemente en funciones un capital productivo de determinada magnitud.
Pero, tanto en la sección primera como en la segunda, se trataba siempre de un capital individual, de la dinámica de una parte sustantivada del capital social.
Sin embargo, los ciclos de los capitales individuales se entrelazan unos con otros, se presuponen y se condicionan mutuamente, y este entrelazamiento es precisamente el que forma la dinámica del capital social en su conjunto.
Del mismo modo que en la circulación simple de mercancías, la metamorfosis global de una mercancía constituía el eslabón de la serie de metamorfosis del mundo de las mercancías en su totalidad, aquí la metamorfosis del capital individual es un eslabón en la cadena de metamorfosis del capital social.
Pero, mientras que la circulación simple de mercancías no incluía necesariamente, en modo alguno, la circulación del capital –ya que puede también desarrollarse a base de un tipo de producción no capitalista–, el ciclo del capital social en conjunto abarca asimismo, como queda dicho, la circulación de mercancías que discurre al margen del capital individual; es decir, la circulación de aquellas mercancías que no constituyen capital.
Nos toca ahora estudiar el proceso de circulación (forma, en su conjunto, del proceso de reproducción) de los capitales individuales, considerados como partes integrantes del capital global de la sociedad y, por tanto, el proceso de circulación de este capital social en conjunto.
II. Papel del capital–dinero
(Aunque lo que sigue, a saber: el capital–dinero considerado como parte integrante del capital social en conjunto, debería exponerse más adelante, dentro de esta sección, queremos entrar a investigarlo inmediatamente.)
Estudiando la rotación del capital individual, hemos visto que el capital–dinero se presentaba en dos aspectos.
En el primero, constituye la forma en que todo capital individual aparece en escena para iniciar su proceso como capital. Es la forma bajo la que actúa como primus motor, poniendo en marcha todo el proceso.
En el segundo, con arreglo a la diversa duración del período de rotación y la diversa proporción en que se combinan sus partes integrantes –período de trabajo y período de circulación–, la parte integrante del valor–capital desembolsado que tiene que invertirse y renovarse constantemente en forma de dinero varía en proporción al capital productivo que pone en movimiento; es decir, en proporción a la escala continua de producción.
Pero, cualquiera que esta proporción sea, la parte del valor–capital en acción que puede funcionar constantemente como capital productivo se halla en todo caso limitada por la parte del valor–capital desembolsado que tiene necesariamente que existir de continuo junto al capital productivo, en forma de dinero. Al decir esto, nos referimos solamente a la rotación normal; es decir, a un promedio abstracto. Y prescindimos también, aquí, del capital–dinero adicional utilizado para contrarrestar las interrupciones de la circulación.
Sobre el primer punto. La producción de mercancías presupone su circulación y ésta, a su vez, la representación de la mercancía como dinero, la circulación de dinero; el desdoblamiento de la mercancía en mercancía y dinero es una ley de representación del producto como mercancía.
Del mismo modo, la producción capitalista de mercancías presupone –ya se considere en su aspecto social o en su aspecto individual– el capital en forma de dinero o capital–dinero como primus motor de todo negocio nuevo que comienza y como motor constante.
El capital circulante en especial presupone como motor la aparición constantemente repetida y en cortos plazos del capital–dinero. Todo el valor–capital desembolsado, es decir, todos los elementos del capital consistentes en mercancías, la fuerza de trabajo, los medios de trabajo y las materias de producción, han de comprarse, constantemente y sin interrupción, con dinero.
Y lo que decimos del capital individual es también aplicable al capital social, que no es sino la suma de muchos capitales individuales. Sin embargo, como ya dijimos en el libro I, de aquí no se deduce, ni mucho menos, que el campo de acción del capital, la escala de la producción, dependa en términos absolutos, ni siquiera sobre bases capitalistas, del volumen del capital–dinero en funciones.
Al capital se incorporan elementos de producción cuya extensión es, dentro de ciertos límites, independiente de la magnitud del capital–dinero desembolsado. Con la misma retribución, la fuerza de trabajo puede ser explotada más extensiva o intensivamente. Y si esta mayor explotación aumenta el capital–dinero (es decir, eleva el salario), no lo aumentará, ni mucho menos, proporcionalmente, es decir, pro tanto.
Las materias naturales explotadas productivamente –que no constituyen ningún elemento de valor del capital–, la tierra, el mar, los minerales, los bosques, etc., pueden explotarse en mayor proporción, intensiva o extensivamente, haciendo que el mismo número de obreros trabaje más, sin aumentar por ello el desembolso de capital–dinero.
De este modo, sin necesidad de un desembolso adicional de capital–dinero, aumentan los elementos reales del capital productivo. En los casos en que este desembolso adicional es necesario para la adquisición de nuevas materias auxiliares, el capital–dinero en que se desembolsa el valor–capital no aumentará, ni mucho menos, proporcionalmente, es decir, pro tanto, en relación con el aumento de la eficacia del capital productivo.
Los mismos medios de trabajo y, por tanto, el mismo capital fijo pueden emplearse con mayor eficacia, ya sea prolongando el tiempo diario durante el cual se usan o dándoles un empleo más intensivo, sin necesidad de una inversión adicional de dinero en concepto de capital fijo. En estos casos, la rotación del capital fijo se operará más rápidamente y se movilizarán también con mayor rapidez los elementos de su reproducción.
Aun prescindiendo de las materias naturales, puede ocurrir que se incorporen también al proceso de producción, como agentes, con mayor o menor eficacia, fuerzas naturales que no cuesten nada. El grado de eficacia de estos agentes dependerá de los métodos y progresos de la ciencia, que no suponen ningún desembolso para el capitalista.
Otro tanto acontece con la combinación social de la fuerza de trabajo en el proceso de producción y con la pericia acumulada de los obreros individuales. Carey llega en sus cálculos a la conclusión de que el terrateniente no recibe nunca bastante, porque no se le paga todo el capital y todo el trabajo invertido en la tierra desde tiempo inmemorial para infundirle su actual capacidad de producción. (De la capacidad de producción que se le arrebata no se habla, naturalmente.) Según esto, habría que pagar a cada obrero teniendo en cuenta el trabajo empleado por el género humano en su totalidad para hacer de un salvaje un mecánico moderno.
Más lógico sería decir lo contrario, a saber: que, si se calculase todo el trabajo no retribuido, pero convertido en dinero por terratenientes y capitalistas, metido en la tierra, habría razones para pensar que el capital invertido en ella ha sido saldado ya con creces y con intereses usuarios y que, por tanto, la propiedad de la tierra se halla ya redimida desde hace mucho tiempo, espléndidamente, por la sociedad.
Es cierto que la potenciación de las fuerzas productivas del trabajo, cuando no supone una inversión adicional de valores de capital, sólo acrecienta primordialmente la masa del producto, no su valor, Pero crea, al mismo tiempo, nueva materia de capital, y con ella la base para incrementar la acumulación de éste.



