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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Viernes, 26 de Febrero de 2010 / 08:26 h

El Capital (parte CCXXI)

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Capítulo XVII
LA CIRCULACIÓN DE LA PLUSVALÍA

Karl H. Marx

Respuesta a la segunda versión: si dependiese de los productores capitalistas el subir a su antojo los precios de sus mercancías, podrían hacerlo y lo harían, indudablemente, sin necesidad de subir los salarios. Los salarios no subirían nunca al bajar los precios de las mercancías. La clase capitalista no se opondría jamás a los sindicatos, puesto que podría hacer siempre y en cualesquier circunstancias lo que en la actualidad hace de hecho excepcionalmente en determinadas circunstancias especiales, en circunstancias locales, por decirlo así, a saber: aprovecharse de cualquier alza de los salarios para aumentar en una proporción mucho mayor los precios de las mercancías, es decir, para obtener mayores ganancias.

La afirmación de que los capitalistas pueden aumentar los precios de los artículos de lujo porque disminuye la demanda de esta clase de mercancías (al disminuir la demanda de los capitalistas, cuyos medios de compra para estos fines han quedado reducidos), representaría una originalísima aplicación de la ley de la oferta y la demanda.

A menos que se opere un desplazamiento de los compradores de estos artículos viniendo los obreros a llenar los vacíos que dejan los capitalistas –y en la medida en que este desplazamiento se produce, la demanda de los obreros no influye en el alza de precios de los artículos de primera necesidad, pues la parte del aumento de salarios que los obreros destinan a comprar artículos de lujo no pueden emplearla al mismo tiempo en adquirir artículos de primera necesidad–, los precios de los artículos de lujo descienden por la razón contraria, por la disminución de la demanda.

Esto hace que una parte del capital se retire de su producción hasta que su oferta se reduzca en la medida que corresponde a su distinto papel en el proceso social de producción. Al reducirse la producción, estos artículos recobran, siempre y cuando que su valor permanezca intacto, sus precios normales.

Mientras dure esta contracción o este proceso de compensación, afluirá constantemente, si los precios de los medios de subsistencia suben, a la producción de éstos la misma masa de capital que se retira de la otra rama de producción, hasta el momento en que el mercado se sature. Al llegar ese momento, se restablecerá el equilibrio y el final de todo este proceso será que el capital de la sociedad, incluido por tanto el capital–dinero, se distribuirá en diferente proporción entre la producción de artículos de primera necesidad y la de artículos de lujo.

Toda esta objeción se reduce a un tiro de alarma de los capitalistas y de sus sicofantes en el terreno de la economía. Los hechos que sirven de pretexto para este tiro de alarma son de tres clases:

1) Es una ley general de la circulación del dinero que, al aumentar la suma de precios de las mercancías circulantes –lo mismo sí este aumento de la suma de precios se refiere a la misma masa de mercancías o a una masa mayor–, siempre y cuando que las demás circunstancias no varíen, aumenta la masa. Los salarios suben (aun cuando raras veces y sólo por excepción proporcionalmente) cuando suben los precios de los artículos de primera necesidad. Su subida es consecuencia y no causa de la subida de los precios de las mercancías.

2) Una subida parcial o local de los salarios –es decir, una subida que sólo afecta a determinadas ramas concretas de producción– puede traducirse en un alza local de precios de los productos de estas ramas. Pero incluso esto depende de una serie de circunstancias. Por ejemplo, de que no se hagan descender en proporciones normales los salarios y de que, por tanto, la cuota de ganancia no sea anormalmente alta, de que el mercado para estas mercancías no se restrinja a consecuencia de la subida de precios (de que, por consiguiente, la subida de precios no haga necesaria una contracción previa de la demanda), etcétera.

3) Una subida general de los salarios hace que suban los precios de las mercancías producidas por las ramas industriales en las que predomina el capital variable y que bajen, en cambio, los de aquellas en que predomina el capital constante o el capital fijo.

Al estudiar la circulación simple de mercancías (libro I, cap. III, 2 [pp. 69–79]) vimos que, aun cuando dentro de la circulación de cada cantidad determinada de mercancías su forma–dinero tiende siempre a disminuir, el dinero que en la metamorfosis de una mercancía tiende necesariamente a desaparecer de manos de uno, ocupa su puesto en manos de otro, lo que quiere decir que el cambio o la reposición no sólo versan siempre sobre mercancías, sino que este cambio o esta reposición se efectúan siempre por medio de dinero o acompañados por él.

“Al sustituirse una mercancía por otra, queda siempre adherida a una tercera mano la mercancía–dinero La circulación suda constantemente dinero” (libro I, [ pp, 77 s.] Este mismo hecho se expresa, a base de la producción capitalista de mercancías, en la circunstancia de que una parte del capital existe constantemente en forma de capital–dinero y de que una parte de plusvalía se halla también constantemente bajo forma de dinero en manos de su poseedor.

Prescindiendo de esto, el ciclo del dinero –es decir, el reflujo del dinero a su punto de partida– es, considerado como momento de la rotación del capital, un fenómeno completamente distinto e incluso contrapuesto a la circulación del dinero, que expresa su constante alejamiento del punto de partida a través de una serie de manos (libro I, [pp, 79 s.]). Sin embargo, la rotación acelerada implica eo ipso (21) una circulación acelerada.

En primer lugar, por lo que se refiere al capital variable, si, por ejemplo, un capital–dinero de 500 libras esterlinas describe en forma de capital variable diez rotaciones al año, es evidente que esta parte alícuota de la masa de dinero circulante hace circular diez veces su suma de valor = 5,000 libras esterlinas. Circula diez veces al año entre capitalistas y obreros.

El obrero es pagado y paga diez veces al año con la misma parte alícuota de la masa de dinero circulante. Si, con la misma escala de producción, este capital variable sólo describiese una rotación al año, la masa de 5,000 libras esterlinas circularía una sola vez.

Supongamos, además, que la parte constante del capital circulante sea = 1,000 libras esterlinas. Sí el capital describe diez rotaciones, el capitalista venderá diez veces al año su mercancía, en la que va incluida también, como es lógico, la parte circulante constante de su valor. La misma parte alícuota de la masa de dinero circulante ( = 1,000 libras esterlinas) pasa diez veces al año de manos de sus poseedores a manos del capitalista. Son diez desplazamientos de este dinero de unas manos a otras.

En segundo lugar, el capitalista comprará medios de producción diez veces al año, lo que supone otras diez circulaciones del dinero de unas manos a otras. Con 1,000 libras esterlinas en dinero el capitalista industrial vende mercancías por valor de 10,000 y compra otras por la misma cantidad. Y si la circulación de las 1,000 libras se repitiese veinte veces, haría circular un stock de mercancías por valor de 20,000 libras.

Finalmente, al acelerarse la rotación circula también con mayor rapidez la parte del dinero que realiza la plusvalía.

En cambio, una circulación más rápida del dinero no implica, a la inversa, necesariamente, una rotación más acelerada del capital y, por tanto, una rotación más rápida del dinero; es decir, no implica forzosamente un acortamiento y una renovación más rápida del proceso de reproducción.

La circulación del dinero se acelera siempre que se efectúa con la misma masa de dinero una masa mayor de transacciones. Este fenómeno puede darse también con los mismos períodos de reproducción del capital, por efecto de ciertos cambios efectuados en la técnica de circulación del dinero. Además, puede aumentar la masa de las transacciones en que circula dinero sin expresar una circulación real de mercancías (con las llamadas operaciones diferenciales en bolsa, etc.). Por otra parte, puede ocurrir que desaparezca por completo la circulación de dinero.

Por ejemplo, cuando el agricultor sea el mismo terrateniente no se efectuará la circulación de dinero que en otro caso medía entre el terrateniente y el arrendatario; cuando el capitalista industrial sea el mismo propietario del capital, no habrá lugar para la acostumbrada circulación entre el capitalista y el financiero que le abre crédito.

Aquí no es necesario que entremos a examinar a fondo lo que se refiere a la formación originaria de un tesoro de dinero en un país y a su apropiación por unos cuantos.

El régimen capitalista de producción –que tiene como base el trabajo asalariado y, por tanto, el pago de los obreros en dinero y, en general, la transformación de las prestaciones naturales en prestaciones pecuniarias– sólo puede desarrollarse en gran escala y a fondo en aquellos países en que exista una masa de dinero suficiente para la circulación y el atesoramiento (fondos de reserva, etc.) condicionado por ella.

Esta premisa es histórica, aunque no debe interpretarse la cosa como sí primero se formase una masa suficiente de dinero y luego se desarrollase la producción capitalista. Esta se desarrolla, en realidad, a la par con el desarrollo de sus condiciones, y una de ellas es la afluencia de metales preciosos en cantidad suficiente.

He aquí por qué, a partir del siglo XVI, la afluencia cada vez mayor de metales preciosos constituye un momento esencial en la historia del desarrollo de la producción capitalista. Pero si nos fijamos en la afluencia ulterior de material monetario, ya a base del régimen capitalista de producción, vemos que, por una parte, se lanza a la circulación plusvalía en forma de productos sin que exista el dinero necesario para su realización monetaria, y que, por otra parte, se hace lo mismo con la plusvalía en forma de oro, sin que previamente se transforme el producto en dinero.

Las mercancías adicionales que necesitan convertirse en dinero se encuentran con la suma de dinero necesaria para ella ya que, por lo demás, no el cambio, sino la producción, se encarga de lanzar a la circulación el oro (y la plata) que necesitan convertirse, a su vez, en mercancías.

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