La “Cuaresma” indica un periodo de cuarenta días que nos separan de la Pascua de muerte y resurrección de Jesús. En efecto, nos recuerda que la vida es un camino que hay que recorrer junto a Jesús, hasta el cumplimiento de su misión. Jesús había dicho: “Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc.9,23). La Cuaresma, es el momento de «negarse a sí mismo” y de poner en el centro a Jesús.
El primer paso: La limosna
El Evangelio de Mateo (6, 1-18) nos propone tres decisiones que podemos vivir en nuestro corazón para seguir el camino del Señor. ¿Qué tenemos que hacer? Jesús habla de limosna. Es un gesto que puede parecer pequeño y al que nuestras sociedades muchas veces desprecian.
Incluso hay quien la considera perjudicial para la sociedad y se ha llegado a decir que los pobres no deben pedir, y se considera casi un crimen o una culpa que lo hagan.
En una sociedad en la que ser débil es considerado una culpa, pedir limosna significa manifestar la necesidad y la debilidad. Pero para nosotros, los cristianos, la limosna tiene una gran importancia. Ante todo porque hace que una persona que está sentada en los márgenes del camino deje de ser extraña.
Con la limosna yo reconozco que lo que tengo no es sólo para mí. Con la limosna ayudo también al pobre que está lejos, y cuyo grito llega hasta mí. Pensemos por ejemplo en todo el sufrimiento del pueblo de Haití. No podemos vivir lejos del pobre, sin mirarle a los ojos o hablar con él, como el rico que celebraba fantásticas fiestas mientras Lázaro yacía hambriento junto a su portal.
La limosna significa ayudar de manera concreta, no evitar a los pobres, ayudarles y ser su amigo. Es la experiencia de la Comunidad: y nuestra limosna se hace servicio, significa dar una parte de nuestro tiempo, de nuestro corazón, a aquel niño, a aquel anciano. La limosna se hace palabra, amistad, ayuda. La limosna rompe el muro que me separa de los pobres. Es un gesto de amor.
Mediante la limosna los pobres se sienten amados. «Tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me acogieron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a verme» (Mt 25, 35-36). Y concluye: «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (v. 40). Al escuchar estas palabras, ¿cómo no sentirse amigos de aquellos en los que el Señor se reconoce?
Que en este tiempo de especiales dificultades económicas, cada uno sea signo de esperanza. No despreciemos la limosna, el amor por los pobres es una gran escuela de vida que nos hace más humanos.
El segundo paso:
La oración
El segundo paso es el de la oración. Dice Jesús: “Cuando oren, no sean como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en la esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad les digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allá, en lo secreto…” (Mt 6, 5).
La conversión comienza cuando oro leyendo la palabra de Dios. Dice Jesús que para orar, no hace falta que llamemos la atención de los hombres para ser admirados por ellos, es decir, no hay que convertir nuestra oración en un espectáculo en el que, al final, nosotros somos los protagonistas.
Y para orar –dice Jesús– hay que hacer silencio en la vida y dice muy concretamente: cierra la puerta de tu cuarto, es decir: haz silencio en tu corazón, haz callar los ruidos y concéntrate en la oración. En la confusión de la vida al final nos escuchamos sólo a nosotros mismos y no nos damos cuenta ni siquiera de que Dios habla a nuestra vida.
Dios habla en el silencio y no en el ruido: en este tiempo de Cuaresma hagamos callar el ruido de nuestros pensamientos enojados y dejemos hablar al Señor.
La oración es una intercesión al Padre por un mundo en dificultad. ¡Qué hermoso es recordar nombres y situaciones, hermanos lejanos y situaciones difíciles por los que materialmente no podemos hacer nada! Mientras en una mano tenemos la biblia, el libro que contiene los secretos de nuestra fe, con la otra leemos el periódico, es decir, miramos con compasión a nuestro mundo hambriento de gestos de amor, y con nuestra oración lo abrazamos. Nuestro pensamiento es para el pueblo de Haití, al que la comunidad está ayudando en este tiempo.
El tercer paso:
El ayuno
Dice Jesús: “Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan… Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro”.
El ayuno de la Cuaresma tiene que hacernos sensibles a los dolores de la gente. El ayuno nos hace pensar en todos aquellos que en el mundo sufren por las privaciones: los que no tienen de comer, los que no tienen derecho ni siquiera a lo mínimo necesario para vivir.
Pero el Evangelio dice que el ayuno no es “desfigurarse el rostro”; para Jesús significa lo contrario: perfumarse la cabeza y lavarse la cara, es decir, ponerse hermoso. El ayuno tiene una belleza que debemos redescubrir: es la belleza de no vivir para uno mismo.
Ayuno, es no vivir para uno mismo sino para los demás, y por eso todos, tenemos que ayunar de nuestro egocentrismo. El ayuno es abstenerse de todo lo que nos aleja y nos divide: la violencia, el orgullo, la prepotencia o el prejuicio. Es quitarle tiempo, gestos y pensamientos al mal para hacer que crezca el amor, el bien, la generosidad, la gratuidad que son como el perfume de nuestra vida.



