Capítulo XVII
LA CIRCULACIÓN DE LA PLUSVALÍA
Karl H. Marx
Es evidente, sin embargo, que allí donde el mayor número de períodos de rotación se traduce en una realización más frecuente de la plusvalía dentro del año, se presentarán períodos en los que no podrá prolongarse la jornada de trabajo ni se podrán tampoco introducir mejoras de detalle, mientras por otra parte la ampliación de toda la industria en una escala proporcional, en parte en cuanto a la planta total del negocio, los edificios, por ejemplo, y en parte mediante la ampliación del fondo de trabajo, como ocurre en la agricultura, sólo es posible dentro de ciertos límites más amplios o más estrechos y requiere, además, un volumen de capital adicional que sólo puede suministrar la acumulación de la plusvalía al cabo de varios años.
Al lado de la verdadera acumulación, o sea, la transformación de la plusvalía en capital productivo (con su correspondiente reproducción en escala ampliada), discurre, pues, la acumulación de dinero, mediante la cual se va amasando una parte de la plusvalía como capital–dinero latente, llamado a funcionar como capital activo adicional tan pronto como cobra cierto volumen.
Así se plantea el problema desde el punto de vista del capitalista individual. Sin embargo, al desarrollarse la producción capitalista se desarrolla también, paralelamente, el sistema de crédito. El capital–dinero que el capitalista no puede emplear todavía en sus propios negocios es utilizado por otros, quienes le pagan los correspondientes intereses. Este capital funciona para él como capital–dinero en sentido específico, como una especie de capital distinto del capital productivo. Pero actúa como capital en manos de otros.
Es evidente que, al hacerse más frecuente la realización de la plusvalía y aumentar la escala en que se produce, aumenta también la proporción en que se lanza al mercado de dinero nuevo capital–dinero o dinero como capital, siendo reabsorbido aquí, al menos en gran parte, para ampliar la producción.
La forma más simple en que puede presentarse este capital–dinero latente adicional es la del tesoro. Este tesoro puede consistir en oro o plata adicionales, obtenidos directa o indirectamente por intercambio con los países productores de metales preciosos.
Es el único modo como puede aumentar en términos absolutos el tesoro en dinero dentro de un país. Pero cabe también –y es lo que ocurre en la mayoría de los casos– que este tesoro se halle formado simplemente por el dinero sustraído a la circulación anterior y que reviste la forma de tesoro en manos de algunos capitalistas.
Y cabe asimismo que este capital–dinero latente consista exclusivamente en signos de valor –por el momento, prescindimos aquí del dinero fiduciario– o en meros derechos de los capitalistas contra terceros (títulos jurídicos) garantizados mediante documentos legales.
En todos estos casos, cualquiera que sea la modalidad que presente este capital–dinero adicional, sólo representa, en cuanto capital en ciernes, simples títulos jurídicos adicionales y mantenidos en reserva de los capitalistas sobre la futura producción anual adicional de la sociedad.
“La masa de la riqueza realmente acumulada, considerada en cuanto a su volumen... es, pues, absolutamente insignificante si se la compara con las fuerzas productivas de la sociedad a la que pertenece, cualquiera que sea su grado de civilización, o aunque sólo se la compare con el consumo real de esta misma sociedad durante unos pocos años; tan insignificante, que la atención fundamental de los legisladores y de los economistas hubo de dirigirse a las fuerzas productivas y a su futuro libre desarrollo, y no, como hasta entonces, a la mera riqueza acumulada que salta a la vista.
La inmensa mayoría de la que se llama riqueza acumulada es puramente nominal y no se halla formada por objetos materiales, barcos, casas, géneros de algodón, mejoras en la tierra, etc., sino por simples títulos jurídicos, por el derecho a participar en las fuerzas productivas anuales futuras de la sociedad, títulos creados y perpetuados por expedientes o instituciones de un estado de inseguridad...
El empleo de tales artículos (acumulaciones de objetos materiales o de riquezas real) como simple medio de que sus poseedores se valen para apropiarse la riqueza que crearán las fuerzas productivas futuras de la sociedad, se lo han ido sustrayendo gradualmente las leyes naturales de la distribución sin la acción de la violencia; apoyado por el trabajo cooperativo (co-operative labour), se les sustraería en unos cuantos años» (William Thompson, Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, Londres, 1850, p. 453. La primera edición de esta obra vio la luz en 1824).
«Se tiene poco en cuenta, y la mayoría de la gente ni siquiera lo sospecha, cuán extraordinariamente pequeña, lo mismo en cuanto a la masa que en cuanto a la fuerza de acción, es la proporción existente entre las acumulaciones efectivas de la sociedad y las fuerzas humanas productivas, e incluso entre aquéllas y el consumo ordinario de una sola generación de hombres en el espacio de pocos años. La razón de esto salta a la vista, pero el efecto es bastante perjudicial. La riqueza que se consume anualmente desaparece al usarse; sólo permanece de manifiesto durante un instante y produce impresión solamente mientras se la disfruta o se la consume.
En cambio, la parte de la riqueza que se va consumiendo lentamente, los muebles, las máquinas, los edificios, permanecen ante nuestra vista desde la infancia hasta la vejez, como monumentos perdurables del esfuerzo humano.
La posesión de esta parte fija, permanente de la riqueza pública, que se va consumiendo poco a poco –de la tierra y de las materias primas contenidas en ella, de las herramientas con que se trabaja, de los edificios que albergan al hombre durante su trabajo–, permite a los propietarios de estos objetos dominar en provecho propio las fuerzas anuales de producción de todos los obreros verdaderamente productivos de la sociedad, por insignificantes que aquellos objetos puedan ser, comparados con los productos constantemente reiterados de este trabajo.
La población de la Gran Bretaña e Irlanda es de 20 millones; el consumo medio de cada individuo, hombres, mujeres y niños, oscila probablemente alrededor de 20 libras esterlinas, lo que hace en conjunto una riqueza de unos 400 millones de libras esterlinas, que es el producto del trabajo consumido anualmente.
El importe total del capital acumulado de estos países no excede, según el censo, de 1,200 millones, o sea, el triple del producto anual del trabajo. Si se dividiese por partes iguales, los habitantes tocarían a 120 libras esterlinas por cabeza. Aquí, nos interesa más la proporción que los resultados absolutos más o menos exactos de este cálculo. Los intereses de este capital en su conjunto bastarían para mantener a la población total, en su nivel actual de vida, durante dos meses del año aproximadamente y el capital global acumulado (si se encontrasen compradores para él) la sustentaría sin trabajar durante tres años enteros.
Al final de los cuales, encontrándose sin casas, sin vestido y sin alimento, los habitantes de estos países tendrían que echarse a morir de hambre o convertirse en esclavos de quienes los estuvieran sustentando durante todo este tiempo.
La proporción que existe entre tres años y el tiempo normal de la vida de una generación sana, digamos 40 años, es la que guardan la magnitud y la importancia de la riqueza real, el capital acumulado aun del país más rico, con su fuerza productiva, con las fuerzas productivas de una sola generación de hombres; no con lo que podrían producir bajo normas racionales de seguridad igual y sobre todo en un régimen de trabajo cooperativo, sino con lo que realmente y en términos absolutos producen bajo las normas evasivas, defectuosas y decepcionantes, de la inseguridad ...
Y para conservar y perpetuar en su estado actual esta masa aparentemente gigantesca del capital existente o mejor dicho, el mando y el monopolio que permite ejercer sobre los productos del trabajo anual, se pretende eternizar toda esa maquinaria espantosa, el vicio, el crimen y los sufrimientos de la inseguridad. Nada puede acumularse sin satisfacer ante todo las verdaderas necesidades y el gran torrente de las inclinaciones humanas fluye hacia el goce; de aquí el volumen relativamente insignificante de la riqueza real de la sociedad en cada momento dado.
Es un ciclo eterno de producción y consumo. En esta masa inmensa de producción y consumo anuales puede desaparecer, sin apenas notarse, la acumulación real; y sin embargo, la atención recae, no sobre aquella masa de fuerza productiva, sino sobre esta mínima acumulación. Pero ella se halla acaparada por unos cuantos y se ha convertido en el instrumento de apropiación de los productos anuales constantemente reiterados del trabajo de la gran masa. De aquí la importancia decisiva que el tal instrumento tiene para estos pocos...
Una tercera parte aproximadamente del producto anual de la nación te es arrebatada hoy a los productores, bajo el nombre de cargas públicas, para ser consumido improductivamente por quienes no entregan a cambio de ello equivalente alguno, es decir, ningún equivalente que tenga carácter de tal para los productores ...
La vista de la multitud se fija, asombrada, en las masas acumuladas, sobre todo cuando aparecen concentradas en manos de unos cuantos. Pero las masas producidas anualmente ruedan y pasan como las olas eternas e innumerables de una corriente poderosa y se pierden en el océano olvidado del consumo.
Y sin embargo, este consumo eterno condiciona, no sólo todo los goces, sino la misma existencia de todo el género humano. Sobre la cantidad y la distribución de este producto anual debieran recaer sobre todo nuestras reflexiones. La verdadera acumulación tiene una importancia absolutamente secundaria, que además se debe casi exclusivamente a la influencia que ejerce en la distribución del producto anual...
Aquí (en la obra de Thompson), «la verdadera acumulación y distribución se consideran siempre con referencia a la fuerza productiva y en función de ella. Los demás sistemas proceden casi todos a la inversa: consideran la fuerza productiva con referencia a la acumulación y en función de ella y con vistas a la perpetuación del sistema de distribución existente. Comparados con la conservación de este sistema de distribución imperante, no se reputan dignos ni siquiera de una mirada la miseria o el bienestar continuamente reiterados de todo el género humano.
Se da el nombre de seguridad a la perpetuación de lo que es obra de la violencia, del fraude y del azar, y para conservar esta mentida seguridad se sacrifican implacablemente todas las fuerzas productivas del género humano” (obra cit., pp. 440–443).
En la reproducción, si prescindimos de las perturbaciones que entorpecen incluso la reproducción en una escala dada, sólo pueden presentarse dos casos normales:
La reproducción en escala simple, y la capitalización de la plusvalía, a acumulación.



