Sólo el máximo antisocial egoísmo, puede encontrar censurable el pensamiento doctrinario que promueve una sociedad ordenada que privilegia el bienestar general.
Las culturas indígenas precolombinas, fueron modelo de organización: sacerdocio, nobleza, guerreros, comerciantes, pueblo, todo estaba reglamentado; la propiedad la educación, el matrimonio, festividades y ocios, toda actividad toda relación de la comunidad y la familia estaba enmarcada en cánones cuya trasgresión era adecuadamente corregida o castigada.
Sahagún, Zurita, son algunos de los historiadores y cronistas que autorizadamente recogen esa probada conducta en las sociedades pre españolas.
Para infortunio de esas sociedades, la colonia rompió ese orden para favorecer privilegios del vencedor; se corrompíó la institucionalidad, se corrompió la convivencia armónica. Al matar a los valientes, al exterminar a la nobleza y obligar a la clandestinidad al sacerdocio, se alentaron las conductas antisociales imponiendo “el sálvese quien pueda”.
Y eso vivimos actualmente, porque el fin de la Colonia no fue el fin del egoísmo; por el contrario, los hijos y nietos de los españoles que regresaron expropiados a su país, hicieron piñata de las propiedades mal habidas y agregaron a la exclusión económica y social, la carga de continuadas guerras de las facciones que luchaban con careta de patriotismo por asegurarse mayores privilegios; y a la pobreza y la ignorancia, a la total carencia de salud pública, los herederos de la Colonia – muchos de quienes, incluso se auto llamaron padres de la patria — obligaron a la población a defender los intereses de los caudillos siempre ligada a la tenencia fraudulenta de las tierras y a dejar la carga fiscal pagada con el guaro de los pobres.
Ese es el lodo sobre el que se asienta todo el caos en que se desarrolla la vida de los salvadoreños (de los centroamericanos y resto de Latinoamericanos). Es el lodo que ha motivado la repulsa intelectual (Masferrer, Escobar Velado) o la oposición política en sus diferentes urgencias y expectativas de cambio; un cambio necesario, urgente y legítimo, continuadamente reprimido por una clase propietaria que, en dos tercios del siglo pasado, usó la mano del ejercito y los nombres “caretas” de Partidos (Pro Patria, Prud, PCN, Arena) para masacrar primero 30,000 campesinos y luego para empobrecer, encarcelar, torturar, exilar y asesinar decenas de miles de ciudadanos reclamado sus derechos. Los 80,000 de la etapa guerrillera, obligaron a la comunidad internacional a imponernos los Acuerdos de Paz, tan fraudulentamente “cumplidos” por esa derecha insaciable.
El milagro electoral de la victoria de un partido comprometido a costos de sangre, con los derechos de las mayorías, amenaza con quedar en esperanzas, pues la fuerza que está tomando en América del Sur, el concepto de que las riquezas del país deben estar al servicio de todos sus habitantes, subleva el egoísmo acostumbrado a vender esas riquezas a precio de apoyo al autoritarismo, que impide a los pueblos disfrutar de lo suyo.
Y no cesan de maniobrar el contubernio con USA; Honduras es un ejemplo de que el gorilismo está a la vuelta de la esquina, y la aparente pérdida de trincheras de la izquierda en Chile, alienta a la derecha salvadoreña a mediatizar más con los intentos de un cambio salvadoreño, que se traduzca en elementales beneficios para la población: no IVA a medicinas y canasta básica, trabajo, suficiente tributación de los que reciben más ingresos.
Desde luego se impedirá cualquier posibilidad de una agricultura en manos de quienes trabajan la tierra (¿cuánto más tardará el actual gobierno en retomar la devolución del exceso de las 245 as.?), se bloqueará el apoyo al desarrollo de la pequeña empresa.
Coincidiendo
La semana pasada Benedicto XVI ha dicho que “ prevalece la lógica de la ganancia y del propio interés … y hay que construir el futuro del auténtico desarrollo de una sociedad justa y fraterna, para una convivencia pacífica”; básicamente el mismo discurso de los adherentes en América Latina al Socialismo Siglo XXI, “los recursos al servicio de los pueblos”. Lo que ya regía en las culturas indianas, lo que el CCD desde su fundación tiene como lema: “hacia la justicia social”.
Pero son postulados que el egoísmo de la derecha no puede aceptar, pues serían el fin de un sistema de privilegios que se apoya en la desigualdad, en el fraude y la rapiña de su mano política.



