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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Lunes, 08 de Febrero de 2010 / 09:08 h

El primer día de clases

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Dagoberto Gutiérrez

El día se despierta lentamente y la noche se retira  sin hacer ruido, como si supiera que regresará dentro de poco,  los árboles del bosque  parecen danzar abrazados por el viento mientras una hilera de cotuzas, cinco para ser exactos,  avanzan, con los nervios de punta,  hacia una exuberante mata de bambú.

La Universidad Luterana inicia este día las clases de un nuevo ciclo y todo esta listo, como la novia a la espera del novio, para la boda más armoniosa, entre la juventud y el conocimiento, entre el docente y el alumno, entre la pizarra que espera y el yeso que la besa.

Y entre la voz del maestro y la mirada risueña del estudiante; todas la aulas tienen sus puertas abiertas, y las ventanas mirando al bosque verde esperan que la brisa mañanera las roce levemente como sin querer, una bandada de guaras , aparecen como viniendo de La Puerta del Diablo, se posan en lo mas altos de los palos de mamey  y construyen un coro de risas, de voces y caricias, alzan vuelo, y se van así como llegaron, sin previo aviso y sin rumbo aparente.

La Universidad se colorea, del amarillo, del verde, del rojo y el azul, y de todo el plumaje extendido en el cielo.

Lentamente el parqueo se llena de vehículos,  y los primeros buses con estudiantes del Bajo Lempa, empiezan a parquearse en la arboleda al frente de la universidad, mientras la risa, el saludo y las miradas encontradas invaden los corredores.

Rosita,  de unos 60 años , muy menuda, muy delgada y muy fuerte, destapa su canasto de mercancías, y así, en el redondel del primer árbol de níspero, se empiezan a formar los primeros grupos de compradores. Bajando el graderío que conduce a la plaza de actos, están las primeras mesitas de cemento, hasta donde llegan  los bejucos vegetales que caen de las ramas, y allí, mientras toman café, se forman los primeros corrillos de estudiantes, mientras una pareja de audaces, sin duda viejos conocidos, se internan en el bosque mas allá de la mata de mano de león y mas cerca del bambú oxigenante.

Las ardillas miran todo, desde sus azoteas, y sin dejar de mover sus colas nerviosas, suben y bajan de  sus arboles conocidos.

En una de las aulas , los alumnos empiezan a manejar el arte de las computadoras y tocan con cuidado las teclas maquinales; en otras aulas, el profesor se pasea ante las filas de estudiantes, mientras explica las razones de Hegel para adorar al Estado; en otra, la pizarra se llena de números, para mostrar , las razones del Producto Interno Bruto, y en otra, el profesor dibuja la composición geológica de la tierra y los efectos devastadores del cambio climático con su diferencia con la variabilidad del clima.  En una de las aulas de la segunda planta, la profesora explica, Biblia en mano, las razones teológicas del perdón cristiano  “El Dios Cristiano, dice, no es ingenuo, te perdona pero te exige corrección”.

Otros estudiantes, muchachos y muchachas, siguen buscando el aula que les corresponde, y van y vienen, de las aulas, a la pizarra que contiene todo el cuadro de las clases, algunos se queman con el café caliente, y otros piden perdón por un pisotón no intencional, solo para descubrir en la supuesta ofendida, las pestañas mas colochas que el ofensor había visto jamás.

Se forma una fila serpenteante, que llega hasta la oficina de administración académica, y mas de algún niño o niña que acompañan a sus madres, rompen a llorar abrumados por la tensión del primer día, sus madres intentan imponer la calma, para oír bien, el estado de sus notas de exámenes, esta cola es para saber las calificaciones que les posibilitan las siguientes materias de su pensum.

Vestidos de todos los colores y todos los estilos, cuerpos delgados y robustos, miradas reposadas o llenas de audacia, cabezas rapadas o llenas de colochos, más mujeres que hombres, hacen estallar la universidad, de la risa, la pregunta el interés y el afán por el conocimiento.

La Rosita, la vendedora mas antigua, viaja todos los días desde Zacatecoluca, y vende las frutas de  estación, los jocotes de corona, los mangos tiernos, sazones o maduros, las anonas en agosto, y los dulces artesanales que siempre tienen clientes asegurados, ella espera pacientemente, como si tuviera todas las horas del tiempo en su pupila, que lleguen los compradores.

En las afueras de la universidad ya están apostados a estas horas de la mañana, los primeros vendedores de paletas y de sorbetes y se van agregando, lenta y sin parar, otros vendedores, de baratijas, de relojes atómicos, vendedores de diarios y de revistas religiosas; un puesto improvisado de comida improvisada y vendedores improvisados parece estarse levantando en el bosquecillo de enfrente, al otro lado de la calle, ya apareció la primera mesa y la primera banca, un bote de regular tamaño de plástico y lleno de salsa, ha aparecido como por arte de magia encima de la mesa, como si allí fueran ha aparecer toda clase de pupusas.

Alumnos y alumnas siguen llenando las aulas, y al mismo tiempo las pizarras se llenan de números y de letras, y por un instante toda la universidad se hace una sola palabra y una sola oración mientras las cotuzas regresan apresuradamente a su bosque, a sus cuevas silenciosas como si también recibieran clases ese día, las ardillas danzantes bajan de sus arboles para investigar el bullicioso silencio, están seguras de que algo pasa y que tiene que ver con ellas, no sabrán nunca que la universidad enseña a sus alumnos los misterios de la realidad, la belleza de la vida y el compro-miso que tenemos con ella.

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