Uno de los dibujos que dejan los migrantes que se hospedan en Tecún Umán. Foto Diario Co Latino/Zoraya Urbina
Zoraya Urbina
Redacción Diario Co Latino
“¿No que íbamos a ser muy felices, mamá?”, preguntó llorando Josué (nombre ficticio), mientras su madre lo abrazaba e intentaba taparle los ojos, para que no viera cómo un desalmado le arrebataba la inocencia a una niña de 12 años, que es la tía del pequeño.
Heidi, su esposo, sus dos hijos y sus dos hermanas menores partieron una mañana de ciudad Guatemala, su tierra natal. En sus pocas maletas, llevaban el sueño de tener un trabajo en los Estados Unidos, que les permitiera salir de la pobreza que los cercaba y no los dejaba avanzar.
Muchas veces, la idea de irse les rondaba en la cabeza. Pero el temor al camino desconocido, a las historias de crímenes y violaciones, que relataban los que ya se habían aventurado y regresado, los detenía.
Pero cuando el hambre aprieta y hay “bocas que mantener”, el miedo se vuelve invisible y se toman decisiones que en otras circunstancias ni se considerarían. Heidi se armó de valor, le cortó el pelo a su hermana menor, la vistió como niño, con la esperanza de que si los asaltaban la niña no fuera una tentación para ningún maleante.
Luego de algunos días de camino, entraron a México por la frontera de Talismán, junto a un grupo de guatemaltecos que tenían el mismo destino. Pasaron esos días escondiéndose, para no ser vistos por la Policía; comiendo mal, pagando hasta 10 veces más por transportarse en las “Combis” (microbuses de transporte urbano). Al abandonar Tapachula para dirigirse a Arriaga, en el Estado de Chiapas, comenzó su pesadilla.
Hombres fuertemente armados interceptaron el grupo y comenzaron a robarles. Sin bastarles eso, obligaron a hombres, mujeres, niños y niñas a desvestirse. Hicieron lo que quisieron y, al partir, dejaron marcas tan grandes, que quizás nunca sanen. Marcas que muchos migrantes comparten, sin diferenciar país, raza o género.
En busca de mejorar
Según Cancillería, alrededor de 500 salvadoreños y salvadoreñas cruzan a diario la frontera con destino a Estados Unidos. Esta fuente asevera que, actualmente, radican en el exterior “una población cercana a los 2.5 millones de salvadoreños”, distribuidos en diferentes partes del mundo.
Uno de cada cuatro salvadoreños vive en el exterior. De estos, por lo menos un 94% reside en Estados Unidos. Es decir, un promedio de 2.3 millones, con una mayor concentración en el Estado de California, en donde radican, aproximadamente, 1.3 millones de salvadoreños.
Algunas organizaciones sociales estiman que, de todas las nacionalidades, hay un mayor flujo de migrantes de El Salvador y de Honduras; incluso desde el Golpe de Estado en ese país, aumentó la inmigración hondureña, afirman. Pese a los riesgos a los que se exponen, la inmigración, lejos de disminuir, aumenta; y en el camino los viajeros son víctimas de atropellos, robos, estafas y asesinatos.
El pan de cada día
La historia de Heidi es sólo una de tantas historias que a diario viven los migrantes que se atreven a salir de su patria, con el deseo de alcanzar lo que más parece un cliché: “el sueño americano”.
Las nacionalidades no hacen la diferencia: salvadoreños, guatemaltecos, hondureños, peruanos, nicaragüenses son sometidos a historias de horror por otros seres humanos, que han olvidado que los migrantes son sus iguales, sin importar dónde hayan nacido.
Hugo, un salvadoreño de 20 años, quien hasta hace poco trabajaba en una empresa fabricante de “Boquitas” (tapas, canapés, pasapalos), decidió viajar porque hubo recorte de personal en la fábrica y, aunque puso todo su empeño, los currículos (hojas de vida) que fue a dejar a distintas empresas, no lograron conseguirle un nuevo empleo.
“Allá no hallé trabajo. Ayúdeme usted, publique esto”, pide, con la esperanza de encontrar una respuesta. Tiene miedo de seguir viajando. Se quedó sin dinero porque, según cuenta, los motoristas del transporte público los han “sangrado”.
Al saber que son inmigrantes, algunos se aprovechan y “hacen su agosto a costillas de los indocumentados”.
Albergues: oasis en el desierto
En su camino, la mayoría de los migrantes se quedan sin dinero, ya sea porque los asaltan o porque los estafan. Sin conocer a nadie, encontrar un lugar que los acoja es como buscar un vaso con agua en medio del desierto.
Dentro de estos sitios, está “La casa del Migrante”, en Tecún Umán, Guatemala. Esta fue fundada en la década de los 90, por los misioneros Escalabrinianos. Desde entonces, reciben a diario a todo el que toque la puerta para pedir ayuda.
En la casa encuentran techo y comida por tres días, mientras descansan y pueden decidir si continuar el trayecto o regresar a su hogar Así lo describe el director del lugar, el padre Ademar Barili. El religioso sabe que con su labor perjudica a todos los que hacen de la inmigración un negocio: los llamados coyotes, los que se dedican a la trata de personas, por mencionar algunos.
Barili, consciente de que su vida, y la de todos los que colaboran en el lugar, está en peligro, explica que no cuentan con ayuda del gobierno guatemalteco. Subsisten con donaciones de instituciones o de personas comprometidas con los derechos humanos de los migrantes.
Los que colaboran en la casa son personas que donan su tiempo por un lapso de seis meses o de un año, su única paga: la satisfacción de ayudar.
En las paredes del hogar hay carteles donde se informa a los huéspedes de cuáles son sus derechos y de los peligros a los que se exponen al viajar.
“No te dejes engañar”, “No des número de teléfono de familiares a desconocidos”, “¡OJO!, puedes ser víctima de encierro o secuestro”, “Cuidado con los que te ofrecen protección, es un engaño”, son algunos de los mensajes que pueden leerse.
Pero los migrantes también tienen mucho que decir.
Algunos de los que pasan por el lugar, plasman sus frustraciones, sus añoranzas, sus sueños o sus pesadillas en dibujos que hacen en páginas de papel bond, que dejan como testigos de su paso por la casa. “100% guanaco”, “Dios es amor”, son algunas de las oraciones que dejan escritas; cruces, corazones y lágrimas son las imágenes que recogen el sentir de sus creadores.
“La Casa del Migrante” funciona también en Ciudad Guatemala; en México, Tapachula; en el Albergue Belén; en Tijuana y en Nuevo Laredo.
Barili afirma que en los últimos tres años, el flujo de salvadoreños, que viajan hacia Estados Unidos como inmigrantes, ha incrementado del 16 al 35 por ciento, datos que confirman fuentes de Cancillería.



