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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
Última actualización : 9/10:27 h.

Jueves, 04 de Febrero de 2010 / 09:28 h

ABRIENDO LAS PUERTAS AL DESASTRE

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    Lo que sucede en Haití es un espejo para El Salvador: la precariedad como resultado de la depredación de la naturaleza, de la explotación irracional de recursos para beneficio de intereses extranjeros y minorías extranjerizantes. Sabido; Haití es víctima de una agricultura de saqueo. Exterminada su población indígena y en constantes rebeliones de los africanos que llevaron esclavizados los franceses, su independencia (1804) fue el inicio de innumerables gobiernos autoritarios que se sucedían unos a otros encaramados en golpes de fuerza. Cuando los EE.UU. sustituyeron a España, Francia, e Inglaterra en la explotación del continente, los gobiernos que imponían en la isla fueron más estables a condición del sometimiento que facilitó explotar depredatoriamente el país.
    
Consecuencias
    Desde entonces el país lo han venido talando y contaminando, y su paisaje ha sido desolado y en el continente, sólo El Salvador está menos desforestado que aquel país. Allá como aquí, su población ha sido excluida de las ganancias de su pobre actividad económica; analfabeta y sin salud, hacinada en una o dos ciudades y, en consecuencia viviendo en condiciones precarias. Son condiciones solamente más extremas de lo que nosotros ya empezamos a sufrir.

    El reciente sismo en Haití ha sido de igual intensidad que los de 1957 y de 1985 en México, donde la inestabilidad de los suelos causaron enormes daños pero que fueron prontamente  solventados y se han construido parques  donde se derrumbaron edificios; y fueron de igual o mayor intensidad los de 1963 y 86 aquí en San Salvador, que tampoco causaron  el desastre haitiano. En Haití se ve como los daños del sismo se convierten en desastre máximo, por la fragilidad económica a que se ha sometido a una población por la criminal explotación de recursos, por minorías que ponen a las mayorías marginadas, indefensas ante lluvias, vientos o temblores.

Lo nuestro
    Los recientes deslizamientos en las faldas del Chinchontepeq o el crimen de los soterrados en el edificio Darío en 1986, son daños humanos; allá las talas de los grandes propietarios, en el edificio, porque sus dueños (acaudaladas y honorables familias) maquillaron (con el permiso de los gobiernos militares y PCN) el colapso estructural que sufrió en el temblor del 63. Son dos ejemplos de lo que aquí sucederá, conforme el egoísmo extranjerizante agobie más y más a la naturaleza y a la población. Desertificaron y envenenaron esteros y manglares con sus algodonales desde San Diego hasta la Unión, secaron las fuentes del Acelhuate, cerraron los mantos acuíferos en El Espino, (donde los Alcaldes de San Salvador y Antiguo quieren seguir talando para hacer un parque, en lugar de reforestar educando con ello a miles de escolares y toda la población); talan las faldas del San Jacinto, del Volcán y la Cordillera en las que han construido urbanizaciones que más temprano que tarde se verán soterradas por deslizamientos. Como ya sucedió en Montebello y en Santa Tecla.

Lo que viene
    Haití es un espejo de lo  que aquí sucederá si no entramos  a un verdadero cambio: el fin de los privilegios a un 0.03 % de la población encajada sobre la precariedad a que someten al 99 % restante. La tala, las urbanizaciones sobre la cota establecida en 1974, el arrinconamiento de los más pobres a las orillas de las quebradas, son las condiciones para un desastre haitiano. 

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