La derecha salvadoreña manipula la lealtad de sus servidores nombrando funcionarios ineptos. Desde siempre, infiltraron el servicio exterior enviando como Embajadores (y también su personal) militares o civiles, incómodos al régimen; así se explica la conducta del Cnel. Ochoa, que desconociendo los usos diplomáticos se aferra a una misión que dejó de serla al tomar posesión el nuevo gobierno.
Siendo el cargo de Embajador una representación, quienes lo ejercen deben renunciar inmediatamente que finaliza el periodo del gobierno representado. No solamente es de una elemental lógica, sino una expresión de dignidad, puesto que facilita las relaciones entre dos Estados y al mismo tiempo evita la incómoda situación de un despido. Una renuncia inmediata es la regla; y cuando el nuevo gobierno opta por confiarle su propia representación, sea en el mismo país o en otro, es un reconocimiento que califica al Embajador y le hace bienvenido en el país al que va. Es cuestión de dignidades, que en el servicio exterior es requisito fundamental; aferrarse al cargo, y aún tener el atrevimiento de aceptar la manipulada condecoración de un gobierno desconocido por la comunidad internacional, es una conducta que ridiculiza a una institución de “caballeros cadetes”.
Y el gobierno?
Parece que la intención de no crear más tensiones con la derecha, le lleva a absurdos y exageraciones, ¿es razonable que no se le haya pedido el cargo al representante de un gobierno al que siempre se ha cuestionado duramente?... Peor aún, como puede mantenerse un Embajador ante un gobierno al que desconoce la comunidad internacional, incluido El Salvador?... No son cosas que deban tratarse en público, porque nos califica como rústicos; pero la insistencia de quien incluso ha sido señalado por su administración en CEL, obliga el comentario.



