Biólogos de la Universidad de El Salvador, Oscar Amaya (izquierda) y Jaime Espinoza, realizan investigaciones sobre microorganismos para anticipar la posibilidad de marea roja en el golfo de Fonseca, La Unión. Foto Diario Co Latino/Melvin Rivas
Beatriz Menjívar
Redacción Diario Co Latino
El día de Oscar Amaya, Jaime Espinoza y Abel Mendoza inició temprano. Antes de las seis de la mañana el equipo está listo para el viaje de más de 200 kilómetros.
Entre el equipaje se ha cargado una hielera, una manguera, un bidón, una red fitoplantónica, una brújula y un sistema de ubicación satelital. En el mar nunca se sabe.
En sus mochilas llevan agua, comida ligera, bloqueador solar y sombrero para protegerse del inclemente sol que suele acompañar a los pescadores del Golfo de Fonseca.
Son hombres jóvenes con la ambición de averiguar algún indicio que condicione la presencia de marea roja en las costas salvadoreñas, para lograrlo deben lanzarse al mar aunque sea una vez al mes en los tres puntos de muestreo ubicados en la Bahía de Jiquilisco, el Golfo de Fonseca y Los Cóbanos.
La idea de conocer y aprender a determinar las razones que causan la marea roja le empezó a dar vueltas en la cabeza a Oscar, allá por el año 2006, y desde entonces se empeña en averiguar la calidad de los ambientes marinos a partir de diversos parámetros, para ello se avocó a las autoridades de la Universidad de El Salvador.
Y para beneficio de los salvadoreños, el proyecto se logró concretizar en el año 2007 y con él se integró Jaime como oceanógrafo, y Abel, un joven discípulo que está a punto de graduarse de biólogo con una tesis que versa sobre la calidad de la vida marina.
Oscar esta optimista con el proyecto, y afirma que este ya trascendió hasta el Organismo Internacional de Energía Atómica de la ONU, quienes interesados decidieron apoyarlos en la primera fase con un laboratorio de toxinas marinas, que ahora los mantiene ocupados en hacer un mapeo de la distribución espacial y temporal de las especies marinas, para detectar temprano las toxinas y mantener un monitoreo permanente de las especies.
Pero determinar todo esto requiere una constante investigación que los hace soñar. “En una segunda etapa planeamos una página web en la que se puedan actualizar los datos de forma regular.
La marea roja es un fenómeno que estamos monitoreando constantemente y cuanto antes se brinde la advertencia menor es el riesgo de alguna contaminación de los productos marinos que consumimos”, advierte Oscar.
De lo que Oscar habla es del sistema Catalax, un método que pone en línea la información actualizada una vez por mes, y cada persona o institución interesada la puede consultar cuando le parezca conveniente.
Mientras el investigador narra el viaje es preciso hacer una parada técnica en una gasolinera. El bidón deja de ser un espacio ocioso y es preciso cargarlo con la gasolina que servirá para navegar en la lancha que Luis Ventura, o alguno de sus parientes, les prestan cada vez que viajan a hacer el muestreo.
“Nosotros no podemos manejar efectivo, así que nos las ingeniamos con los lancheros para que nos lleven a tomar las muestras”, explica Jaime, el oceanógrafo.
Dentro del ingenio se incluye llevar su gasolina y cargar totalmente el motor de la lancha para asegurarse de no quedar varados en alta mar, y lo que sobre del líquido inflamable, es la paga del lanchero por llevarlos a cabalgar a las orillas del océano.
Ventura ha sido el enlace, es un hombre que bajo su tez morena y su cuerpo delgado esconde 53 años de experiencia con el mar. Mes a mes espera a los investigadores para llevarlos 12 millas mar adentro para que midan los parámetros físicos del mar, recojan agua y fitoplanton, y retornen a tierra.
Desde su perspectiva como pescador le parece importante conocer las condiciones de salud del mar, y por eso se ha mostrado colaborador desde el primer momento.
“La marea está algo fuerte, pero la lancha es algo grande, no creo que haya problema”, explica Ventura. A las 10:30 a.m. el mar está picado, y el viento no parece favorable, pero no hay tiempo que perder.
El primer punto a visitar es Punta Mapala, un sitio que el mapa registra como “El Faro”. Ahí Abel tira dos anclas a un aproximado de 35 metros de profundidad y recoge muestra de agua con la manguera, Oscar hace funcionar el sistema de ubicación satelital y la brújula, además de medir P.H, la conductividad, la salinidad y la temperatura; mientras Jaime mide la turbidez, el viento y otros factores físicos.
El trabajo en sincronía les permite tomar las muestras en cuarenta y cinco minutos. Pero entre cargar el equipo y llegar a Punta Mapala, ha pasado más de una hora y es necesario moverse al otro punto.
“La Boca de Chiquirín”, el segundo punto de muestreo está a cuatro millas de distancia, una media hora de distancia que hay que navegar con el viento y la corriente en contra que hace que la lancha salte, reniegue.
Pero la pericia de lanchero la hace mantenerse en su rumbo y llegar justo a mediodía. En este punto la profundidad del mar es de sólo 12 metros, sin embargo las condiciones pueden ser suficientes para que cambien y las muestras de laboratorio arrojen otros datos.
“Para dentro de dos años queremos llegar a tener la capacidad de medir la contaminación de los productos pesqueros, la calidad del agua del mar, reconocer y medir los metales pesados. Queremos tomarle el pulso al mar”, resume Jaime.
Sin embargo este plan de estudio único en el país, requiere un respaldo que el organismo de Energía Atómica ha contemplado como una segunda fase, que va desde este año hasta el 2011.
“Con esto se espera hacer un trabajo a nivel de 12 países de América Latina y el Caribe en esta área, a fin de mejorar la comprensión y entrenamiento”, dice Oscar.
La toma de muestras requiere invertir un día de trabajo de campo, pero lo investigadoras razonan en que vale la pena.
El análisis de las muestras de un viaje puede arrojar indicios de alguna marea roja, es decir, el crecimiento de micro algas, y entonces cobrará sentido la investigación.
Mientras tanto es urgente retornar a tierra, y llevar las muestras al laboratorio para su análisis, ahí Oscar, Abel y Jaime tienen incontables horas de trabajo para procesar la información que trajeron en pequeñas muestras de agua salada.



