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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Martes, 15 de Diciembre de 2009 / 08:46 h

Opinando sin política (564)

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Eduardo Badía Serra

En la búsqueda por la respuesta ontológica al problema del ser, los griegos antiguos y eternos sostuvieron dos posiciones fundamentales: La de la inmovilidad, unidad y eternidad del universo, que concibe un ser estático y monístico, sostenida por la Escuela Eleática de la cual fue Parménides su principal representante; y la propia del solitario Eráclito de Éfeso, que pugnaba por un mundo constituido sobre la base de las contradicciones, de la pluralidad de las cosas, y de cuya lucha resultaba al fin una unidad complexiva de la razón universal, el logos.

“Del todo nace lo uno, y de lo uno nace el todo,”, decía el gran filósofo de Éfeso, famoso por su frase “phanta rei”, (“todo cambia”). Es probable que el argumento de los eleáticos sea real cuando hablamos de una dimensión universal, porque efectivamente, si bien el universo es dinámico, visto como un todo es único y eterno. Pero a escala menor, dentro de esa unidad incontrastable que es la unidad universal, lo que existe es el cambio, el cambio constante, la fuerza que dinamiza al mundo y lo hace funcionar, mediante la superación de sus contradicciones, como decía por su parte Eráclito.

Efectivamente, todo cambia, y aun en el propio contexto del ser mismo, de la persona humana, todo cambia, constantemente, inevitablemente. “Nadie se baña dos veces en el mismo río”, dicen que decía el efesino, si bien tal frase también debe atribuírsele a la cultura milenaria de los chinos orientales.

No hay que temerle, pues, al cambio. No sólo es bueno sino también necesario. En el conocimiento, por ejemplo, el cambio es lo único que puede hacerlo avanzar. El conocimiento, sin el cambio, lleva al dogma, y este, ineludiblemente, al sectarismo. Eso lo sabe, y necesariamente debe aceptarlo, cualquiera que haya estado cerca de la teoría de la ciencia. Con el quiebre metodológico que se dio a través de la revolución en la ciencia natural a comienzos del siglo XX, ya hace más de un siglo, ello quedó plenamente comprobado y aceptado.

Hans Reichembach, en 1938, con los antecedentes de Moris Schlick en 1918, de Rudolph Carnap en 1928, del Círculo de Viena en 1929, y de Karl Popper en 1934, expuso los famosos “contexto del descubrimiento” y “contexto de la justificación”, que permitieron  posteriormente confirmar cómo la ciencia va reconstruyéndose a partir de la elaboración de los conceptos, (precisamente los dos contextos de los que he hablado), lo que constituye la “vertiente sistemática del conocimiento”, y su crítica posterior, que constituye la “vertiente histórica del conocimiento”. Es, precisamente, el que la ciencia posibilite y admita la crítica a los conceptos lo que provoca su evolución e impide que estos se transformen en dogmas.

No debe entonces tenerse temor al cambio. Antes bien, debe provocarse el cambio. Debemos cambiar. De otra manera, no hay evolución ni progreso posible. Aun los dinosaurios debieron cambiar, (aunque hay todavía unos pocos por aquí que parece que nacieron como tales y como tales morirán).

Estos dinosaurios post modernos están oponiendo una feroz resistencia al cambio, empleando conceptos que ya no son tales sino verdaderos dogmas, y demostrando con ello su penoso estado de sectarismo y de ideologización. Pero el cambio viene, inevitablemente, por más piedras en el camino que le pongan. Ya Heráclito, como hemos visto, lo dijo hace más de 25 siglos. Creo que es tiempo de hacerle caso.

Algunos de los cambios que más preocupan a los dinosaurios pipiles son los que se dan en la educación. Estos quisieran que a nuestros niños siguiéramos diciéndoles que el metro es la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre, o que es un patrón de platino-iridio que se guarda celosamente en la oficina internacional de pesas y medidas de París.

La verdad es que el metro sería eso si no le hubiéramos aplicado a tal concepto la “vertiente histórica del conocimiento”, es decir, sería, no un concepto sino un dogma. Ahora podríamos aceptar todavía que el metro es una longitud igual a 1,650,763.73 longitudes de onda en el vacío de la radiación correspondiente a la transición entre los niveles 2p10 y 5d5 del átomo de Criptón 86; aunque verdaderamente ya no es eso sino la distancia que recorre la luz en 1/299,792 milésimas de segundo. ¿Cambiamos? Claro que sí, pero por supuesto, no “para mejorar”, como cambiaron algunos.

Hay dinosaurios vivos, vivitos y coleando, que creen que el metro es un sistema de transporte que camina sobre rieles en túneles profundos, compuesto por una gran hilera de carros en los cuales se apiña un “gentillal de gente” que son parte de las  “familias presurosas”  alienadas por y producto de el neoliberalismo; y más aún, que creen que el “pie”, unidad de medida de longitud en el sistema inglés, es todavía la longitud de la pata de un hombre estandarizado, sobre la base de la medida de la del rey inglés Henry I, la cual medía exactamente doce pulgadas.

No hay que temerle al cambio, y menos aun inventarse situaciones que no son reales dentro de este. El cambio viene, ya comenzó, y viene preciso, justo, meditado, tranquilo, como ese río que ya no es el mismo después de cada segundo, medida esta de tiempo que ya no es tampoco la ochetiseismilcuatrocientosava parte del día solar medio, sino la duración de 9,192,631,770 períodos de radiación correspondiente a la transición entre dos períodos hiperfinos del estado fundamental del átomo de Cesio 133.

¿Y yo qué quieren que haga, pues?
Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡Decídete por el cambio! ¡Anida la esperanza!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.

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