René Martínez Pineda
(Coordinador General del M-PROUES)*
En estos días, las derechas mediática y académica –parapetadas en la falsa neutralidad que disfraza al miedo reaccionario- abrieron el debate sobre la educación, teniendo como variables no entendidas: al “socialismo del siglo XXI” (son partidarias del “capitalismo del siglo XIX”); y al marxismo, del que (según lo dicho por sus ignotos pregoneros, sobre todo el virulento dueño de un diario matutino) sólo saben deletrear –persignación previa- la palabra. Este es un debate académico-ideológico que no pueden evadir, delegar, o diferir, las ciencias sociales en la universidad pública, pues, sería un error craso dejarlo en manos de políticos, religiosos y cuantitivistas, pero para ello, tales ciencias deberían estar orgánicamente estructuradas en una Escuela seria y crítica.
Esa carencia institucional universitaria, obliga a que el debate se asuma en términos personales, aun conociendo las limitantes que ello implica en un país en el que, al final, son los políticos –correteados por el poder mediático- quienes toman las decisiones.
Personalmente, creo que hay que abrir el debate por dos razones:
a) algunos funcionarios creen que no se puede romper con el pasado de forma valiente y rápida (por eso, muchos burócratas del anterior gobierno aún conservan sus puestos, o son nombrados asesores);
b) las críticas hepáticas contra la educación para el cambio, provienen de maquileros eruditos que quieren que los salvadoreños sigan siendo “los mejores artesanos del mundo”, no los mejores intelectuales del mundo, y por eso exigen que, en lo educativo, se siga como hasta hoy: formando mano de obra bilingüe, mal pagada, políticamente conservadora y sin identidad histórica.
Para abrir el debate sobre la educación en el espejo –poner el mundo actual al revés- debemos partir de las premisas de la vieja.
La primera es que, en nuestros pobres países, si bien es más fácil comprar un político que una mula, también es cierto que –para mantener un régimen corrupto- la sociedad premia al político y castiga al maestro: en el país, el sueldo de un diputado -pongo un caso- supera en seis veces, al menos, al de un docente universitario, y con ello la educación superior se devalúa, de facto y jure, y los políticos se convierten en un poder en sí y para sí; el que atiende un call center, sin más requisito que el bachillerato –pongo otro- gana más que una trabajadora social, y eso manda el perverso mensaje de que las cosas están sobre las personas.
La segunda es que –partiendo del supuesto de que la educación es la que fomenta mejores ingresos y el bienestar de los pueblos- en materia educativa, todo lo que se ha hecho hasta el momento, se ha hecho significativamente mal (sobre todo en estos veinte años) pues, el país es aún el lugar planetario donde más injustamente se distribuye la riqueza; los norteamericanos aún tienen una base militar en nuestro territorio; la escolaridad promedio no llega a los seis años; hay miles de niños en las calles; y más del 70% de los asalariados gana el salario mínimo.
Partiendo de esas premisas, opino que el actual gobierno no debe tener miedo –ni dejarse meter miedo- de impulsar lo que denomino educación en el espejo, o sea un tipo de educación contraria a la anterior y, en ese sentido, no debe: tener miedo a equivocarse tratando de hacer bien las cosas (reparto de refrigerios y uniformes); caer en la trampa ideológica de hacerlas bien, haciendo lo malo; tratar de hacer algo nuevo, sobre el esqueleto de lo que se ha hecho (lógica formal platónica) pues, ese sería un error lamentable. En la frase anterior, “malo” y “bueno” son asideros didácticos, no juicios de valor.
Para iniciar el debate partiré –por el motivo por el que, mientras tanto, Roque escribía- de una tesis que Marx le expresó a Engels en una carta fechada el 8 de agosto de 1851: “la revolución de 1789 derribó el viejo régimen. Pero se olvidó de crear la nueva sociedad o de hacer nueva la sociedad. Sólo pensó en la política, en vez de pensar en la política económica; sólo pensó en el hombre, en vez de pensar en la clase.
Actualmente, predomina la anarquía, y de ahí la tendencia de la sociedad a la miseria y al aumento del pauperismo y la delincuencia.” Eso le pasa, también, a las ciencias sociales en muchas universidades latinoamericanas, pues son guiadas al abstencionismo, anarquismo y populismo de derecha, ya que hablan del pueblo y la revolución social y, acto seguido, defienden la legitimidad de ideas neoliberales inocua (o inicuas) como: derechos de autor, acreditación, etiqueta verbal, control del docente, enseñanza por competencias, globalización.
Ese anarquismo teórico cabe en la definición dada por Lenin, que lo concebía como: “El individualismo burgués vuelto al revés. El individualismo como base de la concepción del mundo”. Esto lleva rápidamente a la pedantería intelectual pequeño burguesa, detectable en frases como: “que me demuestren, a mí, que el socialismo del siglo XXI funciona” (programa “8 en punto”, canal 33); “el mejor método de investigación social es que el yo uso” (Escuela de Ciencias Sociales, UES).
Pero, más allá de los deslices ideológicos –como el de poner en una comisión nacional de cambio académico a un ex ministro de derecha- reconozcamos que la educación -en todo proceso de cambio, e incluso en los de estancamiento- tiene una importancia estratégica (por el tipo de persona que forma) y táctica (por los programas y métodos que con esa intención usa).
La noción de educación en el espejo a la que me refiero –concebida no como un tiempo burocrático y finito en la vida, sino como un espacio mental infinito que impulsa el desarrollo autónomo de la conciencia en la sociedad- implica el abandono y negación de las viejas prácticas educativas, tan dominantes como humillantes, usadas en el capitalismo.
Teniendo como parámetro lo revolucionario (y sin pensar, incluso, en ningún tipo de socialismo) concluyo que la educación debe sufrir un cambio real, viéndola en el espejo como una extensión y modificación radical, históricamente válida, de los grandes ideales educativos del pasado, basados en la identidad y memoria histórica.
Esos ideales revolucionarios fueron deteriorados -y finalmente extinguidos, pervertidos o mercantilizados- por el impacto de la alienación incesante y el total sometimiento de la cultura nacional a los intereses, cada vez más limitantes-limitadores, de la expansión del capital y la optimización de la plusvalía, labor que cumplieron muy bien –y muy felices y fieles- los anteriores cuatro ministros de educación.



