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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Martes, 01 de Diciembre de 2009 / 09:51 h

Opinando sin política (562)

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Eduardo Badía Serra

Hay una famosa máxima, conocida como la máxima de la sabiduría, que dice que quien sabe mucho, escucha; quien sabe poco, habla; quien sabe mucho, pregunta; quien sabe poco, sentencia.

Máxima sabia, indudablemente, que podemos comprobar nosotros cotidianamente con las acciones y con las actitudes de muchos que deberían ser, por su propia función dentro de la sociedad, si no sabios, porque ello es una virtud y no una facultad, al menos prudentes.

Decía Ludwig Wittgenstein, el gran filósofo del lenguaje austríaco, que todo aquello que puede ser dicho debe decirse con claridad, y de lo que no se puede hablar mejor es callarse. A lo que nos llama Wittgenstein es a actuar con prudencia, como principio para la acción; es, así, su consejo, un consejo de orden práctico, vale decir, moral.

Hay algunas personas que han estado observando tranquilamente por más de dos décadas cómo el país se despedaza económica, social y moralmente, y conocedores de las causas reales de tan lamentable situación, han callado, manteniéndose al margen de los problemas esenciales y dedicándose a desviar la atención para distraer y evitar el enfoque urgente de nuestras carencias y nuestras debilidades.

Ello, siguiendo a Wittgenstein, es actuar inmoralmente, más aun cuando su deber profesional es precisamente mostrar la realidad tal cual es. Estas personas ahora han efectuado un viraje a trescientos sesenta grados, y se dedican, sabiendo poco, a hablar y a sentenciar, y ello más, a priori, sin un pleno conocimiento de lo que dicen y admitiendo este poco conocimiento del caso. El país ha sufrido un embate transculturante enorme, y esto está a la luz de todos, se comprueba cotidianamente.

Estamos ante una cultura transgredida, ante un marco valorativo perversamente invertido, ante una condición precaria de nuestra propia identidad. Si pudiera lo anterior resumirse en una frase, yo diría que estamos negando la historia.

Hay responsabilidades directas y francas ante eso, y mucho de esas responsabilidades recae en los medios de comunicación social, que no han sabido asumir legítimamente su importante función dentro de la sociedad, y que de alguna manera se han prestado para facilitar ese efecto negador.

Yo afirmo categóricamente lo anterior. Si ahora es el momento de provocar el cambio y de buscar de nuevo reorientar el camino para buscar un mejor futuro para todos los salvadoreños, es también el momento para reconocer y admitir nuestras propias responsabilidades, y asumirlas dignamente.

No estamos para los disimulos ni para el engaño; estamos para la franqueza y para la claridad. Si no admitimos nuestra difícil condición económica, política, social, educativa y cultural, no podremos identificar nuestras debilidades y por lo tanto menos podremos corregirlas. Se impone, pues, el momento de los imperativos, pero estos bien entendidos y correctamente interpretados.

Decía Enmanuel Kant, filósofo alemán en los últimos días muy mencionado por acá, que lo que distingue precisamente a las leyes de la naturaleza de las leyes de la moral es que la naturaleza actúa según leyes mientras la moral lo hace porque se le presentan las leyes sin necesidad de estar sometido a ellas. ¡Ojo con esto! ¡Aquí, implícitamente, está la famosa y fundamental diferencia kantiana entre lo legal y lo legítimo, base para todo comportamiento humano! Y aquí hago la referencia: Los imperativos categóricos no actúan con voluntades santas sino que en voluntades racionales condicionadas, como el hombre.

La ley moral, para el hombre, es una constricción, expresada en imperativos. Por ello, pienso que estamos, en nuestro país, en un momento propio para los imperativos. No hay otra manera de actuar, ahora y en esta latitud, moralmente.

Y sólo es posible lo anterior sobre la base de imperativos categóricos, no hipotéticos problemáticos ni hipotéticos asertóricos, sino categóricos, porque estos son precisamente los imperativos morales y en nuestro país urgimos de una verdadera recuperación moral que nos devuelva nuestra autonomía, (de nuevo hablo aquí en términos kantianos), y con ello, nuestra libertad.

Hay, pues, enunciando el imperativo categórico en su fórmula de los fines, que obrar, de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio. El que sabe poco, pues, debe mejor escuchar antes que hablar, y debe también preguntar antes que sentenciar. Y sobre todo, si sabe poco de imperativos.

Estamos ante una crítica feroz ante el cambio, crítica hecha sin conocimiento o con poco conocimiento, como los mismos críticos reconocen. No hay lugar para ello, ¿Porqué no mejor preguntan? ¿Porqué no mejor escuchan? Han pasado décadas callando, ocultando, realidades. ¿A qué ahora este repentino cambio? Este tiempo es tiempo de adviento, y por lo tanto, estamos preparándonos para la venida de Jesús.

Hay que mantener la esperanza. Este pueblo la ha mantenido a pesar de que ha sufrido por tantos años los látigos de la inequidad, de la exclusión, del engaño y de la injusticia. ¿Porqué no la mantienen ustedes también, hombres de poca fe? Ahora, que ha llegado el momento, no hay que perder esa esperanza.

Decía Heráclito de Éfeso que sin esperanza no se encuentra lo inesperado. Entonces: A la crítica infundada de los que saben poco y hablan mucho, ¡silencio! A la crítica infundada de los que saben poco y sentencian, ¡consuelo!

Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡Decídete por el cambio! ¡Anida la esperanza!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.

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