Alirio Montoya*
alimontoyaopinion.blogia.com
En estos momentos grises por los que atraviesa, no solamente la sociedad salvadoreña, sino todo el mundo; en donde lo que reina es el espectro de la trivialización de valores y una abnegación patológica del conocimiento en general, es preciso releer a los griegos. Por supuesto, a los antiguos filósofos griegos hasta llegar a Sócrates, Platón y Aristóteles. Digo que es necesario recurrir a ellos para lograr comprender o al menos asimilar y suavizar los embates de una sociedad globalizada y globalizante que ha provocado que el ser humano pierda la pasión por las cosas que en verdad tienen un valor, aunque éste no sea pecuniario.
En este mundo donde el cambio climático, que al parecer es un caos en constante reproducción a consecuencia de la indiscriminada mano del hombre, donde impera la injusticia, la delincuencia, las guerras y todos los males que aquejan a esta sociedad enferma, se vuelve a mi juicio, y creo que hasta llega a ser un imperativo, el hecho de volver a leer a los antiguos griegos y, quienes no lo han hecho, que intenten penetrar en ese mundo de constantes interrogantes.
Encontré hace muchos días un artículo en Rebelion.org, de nombre “Carta a un amigo filósofo” de Albert Calsamiglia, en donde le escribe a su amigo Juan José Moreso, en momentos en los que Albert estaba padeciendo de una enfermedad terminal; Albert tuvo que volver a leer a los filósofos clásicos.
Hasta para eso sirve la filosofía, para tranquilizar y hacer más ameno el inminente encuentro con la mujer que nunca duerme: la muerte. La filosofía, ciencia de la ciencia, desvalorizada en estos tiempos pero tan necesaria en el quehacer de la humanidad, se debería enseñar nuevamente a nivel de bachillerato; sería importante que nuestro Ministro de Educación, Salvador Sánchez Cerén, quien a mi parecer es uno de los ministros más diligentes del gabinete de este nuevo gobierno, promoviera esta inquietud propuesta por este humilde servidor.
Los aportes filosóficos desde Tales de Mileto, Anaxímenes, Anaximandro y el más profundo de todos, Heráclito, el oscuro de Éfeso; filosofaban sobre si el agua, tierra, aire y fuego eran el origen de las cosas y por consiguiente del universo, no eran simples y vacías elucubraciones; eran indagaciones e interrogantes que tenían un profundo significado y que ayudaron en su época a comprender la concepción del mundo.
¿Para qué estudiar filosofía? En verdad, cuando uno se traza la idea de estudiar filosofía, tampoco comprende y sabe, por de pronto, la significación de la filosofía, porque si se comprendiese qué es la filosofía, no hubiera necesidad de estudiarla. Eso es lo que deberíamos de proponernos los que nos atrevemos a pensar, plasmar o digitar lo que pensamos y publicamos.
No sólo nosotros los comunes deberíamos estudiar filosofía, también y con mayor razón los políticos deberían interesarse en estudiar filosofía, porque nosotros, mediante el sufragio, en esta disfuncional democracia representativa, le delegamos el poder a la clase política.
George Hegel al respecto nos dice: “en realidad, lo que primero llama la atención en un hombre o en un pueblo culto es el arte con que sabe expresarse o presentar y examinar los objetos desde muchos puntos de vista. Para el hombre inculto resulta incómodo tener trato con estos hombres que saben abordar y exponer fácilmente todos los aspectos de un problema”.
He de admitir que tanto en la izquierda como en la derecha política hay elocuentes dirigentes aunque representen una minoría, por tanto, la elocuencia, al menos debería ser uno de los requisitos necesarios para gobernar. Los griegos hablaban del arte de gobernar.
Con el tiempo apareció Sócrates, quien decía que una vida sin filosofar no merecía la pena vivirla, él se enfrentó a la clase gobernante y a los líderes religiosos, puso en ridículo la creencia en tantos dioses. Eso le costó la muerte, y voluntariamente tomó la copa de cicuta.
Sócrates nos ilustró sobre la virtud, la cual según él, no se aprendía en el Ágora, sino que era un atributo del ser. Y decía Sócrates que el hombre virtuoso era el llamado a gobernar.
Hay funcionarios y empleados de algunas universidades del país que se atreven a decir que la filosofía es cosa del pasado y que hay que “dejarla invernar”. Tremenda ignorancia.
El neoliberalismo se propuso la meta de acabar, a nivel educacional, con las carreras humanísticas, los gobiernos de derecha promovieron reformas educativas en las cuales se le dio un enorme valor e importancia a las carreras técnicas, con el objetivo de formar jóvenes robotizados para que no fuesen críticos ante las injusticias. Eliminaron al mismo tiempo a nivel de bachillerato las asignaturas de filosofía, sociología e historia, lo cual vino a bloquear y laquear el pensamiento de muchos jóvenes.
La responsabilidad y retos de este nuevo gobierno en materia educacional son grandes, la reforma educativa se vuelve hoy más que nunca de urgente necesidad.
Las críticas infundadas que leemos y escuchamos en algunos editoriales y sectores de las derechas son un sesgo; atemorizan al noble pueblo lector en cuando a los “peligros” y “males” de las iniciativas del Ministro de Educación, pero de forma paradójica hay un silencio sepulcral en lo relacionado con la entrega gratuita de útiles escolares, uniformes y calzado para estudiantes de centros educativos públicos.
Considero que el momento coyuntural es crucial para emprender una reforma educativa que tenga a la base también la alfabetización de los adultos que aún no saben leer; es decir, comenzar desde ya con un programa de alfabetización.
Un editorialista de un periódico conservador ha pataleado porque se incrementará en algunas escuelas la jornada de clases, pero calla frente a la deplorable realidad respecto a las largas jornadas laborales y salarios de hambre pagado a las y los empleados de algunas maquilas.
En estos momentos fácticos, es como ya se señaló, casi un imperativo, volver a leer a los filósofos griegos para desoxidar el cerebro saturado de tanto bombardeo mediático que lo único que ha generado es una sociedad enferma y una juventud sin perspectivas. Como diría José Saramago, una ceguera espiritual.



