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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Viernes, 27 de Noviembre de 2009 / 10:20 h

¡Cuidemos lo que todavía nos queda…!

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Ramón D. Rivas

Hace un par de semanas, sorprendido, veía que “en aras de la modernidad” se iba a poner fin al último espacio identitario de una ciudad que fue amplia, vivible y hasta cierto punto preciosa.

Me refiero a nuestra capital San Salvador. Leí que, y hasta pude observar una maqueta impresa, sobre la remodelación que se piensa hacer con la plaza de las Américas, más conocida como del Salvador del Mundo. Y es que todo lo quieren hacer nuevo en este país, cuando en otros países es precisamente la valoración de “lo viejo” lo que atrae.

A menudo recuerdo, de cuando era niño, esos viajes que hacía desde Ilobasco a San Salvador, acompañando a algún familiar, o en diligencias personales en esos primeros años de la adolescencia, viajes que continuamente realizaba a la capital.

De aquel San Salvador de finales de los sesenta y setenta recuerdo aquellas amplias calles, el bullicio de la gente en el centro, el ruido de los vehículos y la emoción que me daba ir al cine o simplemente divagar por las calles o ir a “vitriniar”. En aquellos espacios, hasta entonces bien delimitados, había un sentimiento de amplitud y desahogo.

Caminar por el centro de San Salvador, ver las vitrinas y saborear una paleta de chocolate (“sorbeletas”) en una de las tantas esquinas era para mí no solo diversión, sino un estilo tranquilo de vida.  Pasábamos por la plaza “14 de julio”, con ese gran reloj que hoy lo tragó el tiempo. Es que entonces podíamos desplazarnos a cualquier hora del día hasta cualquier punto de la ciudad, y sin temor a llegar tarde.

Recuerdo los majestuosos parques, el Bolívar, la plaza Barrios frente a la catedral metropolitana, el precioso parque Libertad y el parque Centenario. A mi mamá le gustaba darme gusto, y recuerdo que me decía que la única forma de  ver San Salvador por todos lados era yendo de pasajero en la “ruta 30”, mejor conocida como “la circunvalación”.

Hoy me cuentan que esa ruta es tristemente célebre por los asaltos. En el mes de diciembre yo disfrutaba de las manzanas que mi mamá me compraba. En ese entonces, uvas y manzanas solo se vendían ya en las proximidades de la Navidad.

Al ver las canastadas de manzanas, soñaba con que algún día conocería esos árboles, pues me los imaginaba tan grandes como los “palos de mango indio”. De gusto me servía pasar subido de pasajero en uno de esos buses “turistiando” en la, para mí, “gran capital”.

Recuerdo también las simpáticas aceras del parque Hula-Hula, que al parecer le quedó ese nombre por la moda del juego de hula hoops de origen norteamericano; que consistía en dar vueltas a un aro plástico grande en la cintura.

Hago remembranzas de la zona de “La Praviana” donde al caer la tarde empezaba la alegría con música y mucha gente. Más de alguna vez me llevaron a comer a ese lugar en donde al compás de la música de mariachis y una orden de mis preferidos “los frijoles Carlota” terminaba el día para luego retornar a Ilobasco. En fin, tantos espacios bellos que nacieron a medida que la ciudad se iba expandiendo.

Me cuentan que en la década de los cuarenta se remozó parte de la capital, y hasta algunos parques como el Cuscatlán… ¡Qué bonito es ver las fotos que captaron el encanto de sus primeros años!. Una mezcla entre romanticismo y artnouveau se conjugaba en ellos.

Existen fotografías que muestran aquella tranquilidad de los citadinos haciendo uso y naturalmente disfrutando de esos espacios públicos. También me cuentan, y he visto, en fotos, el pequeño monumento que daba la bienvenida a los visitantes y residentes de  esta ciudad, monumento hecho de finos mosaicos que representa a Nuestra Señora del Rosario, patrona de la ciudad, ubicado en la, en otros tiempos, limpia Alameda “Manuel Enrique Araujo” con sus palmeras en el arriate central, y sus señoriales caobas a ambos lados de dicha alameda.

Viejas fotografías que agonizan en el recuerdo. Aún recuerdo, de niño, haber visto la arquitectura de las casas que estaban ubicadas sobre la avenida Roosevelt y la belleza del la colonia Flor Blanca que  hoy está invadida de oficinas y comercio.

También recuerdo los majestuosos templos: el del Calvario, que aún le hace frente a la suerte que le es adversa; la antigua iglesia del Rosario; la de la Merced; el suntuoso castillo de la Policía, que resurge después de cada terremoto y hasta el castillo Venturoso, también de la colonia Flor Blanca.. En mi inocencia, así me imaginaba que eran los castillos que se edificaron en la Edad Media en Europa.

También recuerdo la iglesia de Candelaria, que hoy en día le hace frente no solo al paso del tiempo sino a terminar olvidada debajo de “la modernidad”. Es la iglesia que ha quedado sepultada debajo de los “pasos a desnivel” e inundada por los huracanes.

Recuerdo también el templo de San Esteban, ubicado en el barrio del mismo nombre, una iglesia sencilla pero con mucha dignidad, que ahora veo destruida por el tiempo pero más por la indiferencia y la negligencia de quienes se encargan de rescatar o resguardar estos monumentos.

En fin, escribiendo este artículo me trasporto al pasado aquel San Salvador que semana tras semana visitaba desde mi ciudad de origen, Ilobasco. ¡Qué bonita era la ciudad capital…! Lo digo sin temor a equivocarme. Por lo menos a mi me gustaba. Y esto no es melancolía de infancia, es la realidad, ya que no me dejarán mentir los que pasan ya del “medio paquete”.

Pero afortunadamente aún conservamos algo que nos une a aquella capital señorial que he recordado escribiendo esto, y es la plaza donde se encuentra el monumento al Divino Salvador del Mundo. Y es que me parece ilógico que, en aras de la modernidad, lo destruyan innovándolo de piscinas, por ejemplo, que servirán sin lugar a duda, en un futuro próximo, de baños públicos para indigentes, huele-pegas y vagos. He visto la maqueta que se publicó, y más me pareció una plasta de cemento típica de una ciudad que ha crecido en el desorden y en donde cada quien inventa cualquier cosa solo para salir del compromiso.

No debemos olvidar —y sí tener muy en cuenta—  que los gobernantes se van y se llevan lo que pueden y lo que quieren; pero, infelizmente, la historia nos está demostrando que solo nos dejan los problemas y sus desaciertos.

Yo soy de la opinión…, —pero ¿quién soy yo para opinar?— de que ese espacio identitario que es la plaza del Divino Salvador del Mundo hay que dejarlo así como está, pues ya son muchas generaciones las que han crecido y visto ese espacio que, además, es un símbolo que no solamente nos da pautas sino que a su vez, un espacio como este es propiedad de los salvadoreños que vivimos aquí, como lo fue de los que se han ido y será de los que volverán; y hasta de los que están naciendo pero también para todos aquellos que ya no volverán. Es un referentes identitario y, por ende,  un motivo de orgullo. A mi juicio, no debemos perder lo único que nos queda en aras de la modernización.

La necesidad es mayor en organizar y ordenar el centro de la ciudad, que remodelar lo que no es necesario. Por favor, si hay que hacer las cosas, hay que hacerlas bien. La ciudad y el país urgen de zonas verdes, pues comencemos por eso. He dicho.

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