José María Rosales
Una vez más, el país ha sido abatido sin piedad, sin contemplación, por la fuerza destructiva de la naturaleza, trayéndonos lluvia, mucha lluvia, destrucción, miseria y muerte. Hoy no es un terremoto, es la lluvia, que si bien es cierto la necesitamos, pero no con la bastedad ni con la furia con que la hemos tenido en estos días. Según se ha informado, en 4 horas cayó más agua que en 4 días durante el ya tristemente celebre Mitch, de hace varios años.
Para agravar más las cosas, no sólo fue lluvia, sino también, piedras, rocas de grandes dimensiones, lodo, tetuntes, árboles, y quien sabe que otras cosas más. No deja de ser un tanto irónico que en Noviembre, ya en el ocaso, ya de IDA la temporada lluviosa, cuando nos preparábamos para la temporada seca o lo que llamamos verano, la naturaleza se ensañe contra nuestro pobre y desprevenido país, pudiendo denominarse: despedida fatal.
Desgraciadamente, no será la última vez que tengamos estos tristes acontecimientos, sucede año con año, y lo peor es que cada vez somos más frágiles, más propensos a los desastres, por varios factores, entre ellos: la ignorancia, la improvisación, la falta de previsión, extrema pobreza, ausencia de leyes y del cumplimiento de las pocas que puedan existir, pero sobre todo por la tremenda deforestación que hemos causado, colocándonos como uno de los países más deforestados de América, donde el cambio climático, como consecuencia del calentamiento global, tienen mucho que ver.
Creo que los fenómenos naturales difícilmente se pueden predecir, anticipar o prevenir con exactitud, pero con organización, con autoridades comprometidas y especialmente entrenadas para tales circunstancias, se podría al menos, minimizar los efectos de estos fenómenos. En otras latitudes, ocurren incluso desastres de mayor magnitud sin causar estragos humanos, que en nuestro medio son magnificados precisamente por las deficiencias señaladas.
Aquí, las pérdidas humanas, la destrucción física y el dolor causado han sido extraordinarios, dejando al descubierto la miseria y la desorganización de pueblos y lugares afectados.
Pero, que podemos esperar de pueblos, caseríos o valles construidos a la brava, al borde de barrancos, laderas o ríos, que no cuentan con la protección necesaria? Bueno, aquí están los fatídicos resultados: más de 180 fallecidos, un gran número de desaparecidos, y más de 14000 personas sin techo ni abrigo. Y encima de eso, enormes daños causados a nuestra precaria infraestructura, y la pobre agricultura.
Sin embargo, tratemos de encontrar lo positivo dentro de toda la desgracia. Preparémonos para que en el futuro, el impacto de infortunios semejantes no sea tan desolador.
Ahora que la reforma fiscal está en vías de aprobarse y que se espera que el Estado cuente con mayores recursos, surge la conveniencia impostergable de crear un Fondo Nacional para Emergencias, al cual recurrir inmediatamente en casos de tragedia nacional de cualquier tipo.
Esto evitaría, tener que desviar o reorientar recursos ya comprometidos en proyectos importantes, tal como se está haciendo ahora y no depender en extremo, del endeudamiento o de la caridad internacional.
Deseo reconocer y admirar el alto de espíritu de solidaridad mostrado por todos los sectores del país para ayudar a mitigar aunque sea un poco, el sufrimiento de tantos hermanos salvadoreños, que ahora sufren en exceso. En uno o dos días, se establecieron bastantes centros de acopio para recoger diversos productos para las víctimas. Asimismo, es loable la movilización de los hermanos en el exterior que se organizan para ayudarnos. También es de agradecer, la ayuda de países amigos que está fluyendo con relativa abundancia y prontitud.
No está demás, hacer un vehemente llamado a todos los que intervienen en la administración, control y distribución tanto de la ayuda local como externa, para ejercer un PULCRO manejo de esta ayuda. __Que nada, absolutamente nada de las donaciones, vaya a parar a manos de quienes no las necesitan!! Si en el pasado tuvimos las ignominiosas plazas fantasmas, no permitamos que hoy aparezcan damnificados fantasmas.
Finalmente, OJO, con los acaparadores, con los comerciantes inescrupulosos, que no faltarán, quienes eleven los precios de productos de primera necesidad para hacer pingües ganancias, a costa del dolor que embarga a la nación.



