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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Lunes, 16 de Noviembre de 2009 / 09:55 h

Crítica de Teatro: Última Calle Poniente: la poesía de la migración

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Por Héctor Ismael Sermeño
Especial para Trazos Culturales
 
Los seres humanos y, en general los seres vivos, por simple naturaleza, tendemos a la migración. Los antropólogos se preocupan mucho de los movimientos humanos, de dónde y para dónde se mueven y del resultado de tanto moverse. A El Salvador le sucedió durante el conflicto armado y le sigue pasando. Se conoce que un aproximado de tres millones de salvadoreños se movilizaron dentro del país y muchos fuera de él.

Muchos libros de todo tipo se han publicado sobre el tema; películas de ficción y documentales, también han abundado. Pero ha sido en el teatro donde más y mejor se han manifestado los autores. Sin embargo muy pocos trabajos nacionales pueden ser catalogados como verdaderamente artísticos.

Los migrantes se adaptan y desadaptan, destruyen y construyen cosmovisiones, las entremezclan y buscan sentidos a la vida, pasada y presente, también una razón de ser y para ser.

Santiago Nogales, director, productor y dramaturgo nacido en España, pero ya salvadoreñizado, excepción hecha del ceceo, ha sabido captar el fenómeno de la migración reciente salvadoreña, esa que es la misma en Europa, Asia o África, es decir en cualquier parte del mundo, pero que las distintas sociedades particularizan con causas y efectos de una, la que emigra y de la otra, la que recibe.

El brillante texto de «Ultima calle poniente» recuerda los de Norzagaray y Rulfo, guardadas las distancias, la dramaturgia supera cualquier obra salvadoreña de las últimas dos décadas, incluyendo, obviamente, las de los juegos florales (con minúscula) y esos certámenes aparecidos recientemente, de cuyos trabajos pobres y grises, no hay mucho que decir. Los de los juegos florales no se explican en teatro dado que, por origen y definición, dichos concursos solamente deben ser en poesía.

Los parlamentos están cargados de metáforas increíbles, un poquito kafkianas a ratos, rulfianas a otros, en particular las referidas a la muerte y al ser y existir. Los caracteres poseen un especial interés, son intensos, fuertes, agresivos en positivo, con una indigencia que recuerda lo Buñueliano en el mejor y el mayor uso del calificativo.

Definitivamente «Ultima calle poniente», es teatro de altura intelectual, artística y dramatúrgica, del que usualmente se dice que es imposible crear y montar en El Salvador. No es una peliculita de prostitutas, policías y mojados cayendo del tren, no tiene escenas de juicios y abogados corruptos, diseñados con torpeza.  Es la construcción de un texto teatral pleno de poesía, dolor, alegría y particular cosmovisión que evitó los reiterados tópicos que se utilizan en propuestas de este tipo.

El montaje está magnífico, uno de los pocos que han merecido ser estrenados en el maravilloso Teatro Nacional, cuya mediocre cartelera no ha levantado por la falta grande de calidad y amateurismo extremo, de los grupos que lo han solicitado, sin tener criterios mayores al de ser locales y «tener derecho». El trabajo de escenografía y luces le da una etérea plasticidad a la puesta en escena que da la sensación de ver una sucesión de lienzos y esculturas.

Después de «Vecinas», prejuicios aparte, me parecía que la compañía Moby Dick, había alcanzado un elevado nivel de profesionalización, con todo lo que eso conlleva; sin embargo, con un sobresaliente y constante proceso de evolución, «Ultima calle poniente», supera cualquier otro trabajo de la misma compañía y, excepción hecha de otros tres o cuatro montajes, de muchos realizados este año y cinco atrás, con obras nacionales o de otro país, que piensan de una manera simplista y esquemática de lo que el teatro contemporáneo significa.

Las actrices fetiche del director Nogales, realmente impresionan: La primera actriz Mercy Flores crea, nuevamente, un excelente personaje y demuestra ser de las grandes; esta salvadoreña es increíble en el escenario. Dinora Cañénguez , muy solvente sin lo extraordinario, pero acertada al mismo tiempo,  justa en su papel
 y, por primera vez lo escribo, Rosario Ríos consigue, en esta ocasión, estar a la altura de sus compañeras; muy mesurada, creando personaje y entendiendo que no es la que más grita la que sobresale, da el tono exacto en voz y caracterización.

No cabe la menor duda, «Ultima calle poniente», es de lo mejor en su tipo, durante este año trágico, el que pese a la fuerte crisis económica y de talento, ha sido bueno para el teatro en El Salvador.

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