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Martes, 10 de Noviembre de 2009 / 09:40 h

La caída del Muro: 20 años después

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David Hernández*

El 9 de noviembre de 1989 Guenter Schabowski, miembro del Buró Político del gobernante Partido Socialista de la Unidad de Alemania (SED, por sus siglas en alemán) de la República Democrática de Alemania (RDA), en una otoñal conferencia de prensa propició accidentalmente la destrucción de la frontera interalemana, incluyendo el Muro de Berlín, al anunciar que los ciudadanos de la RDA (comunista) podían viajar sin necesidad de visado especial a la capitalista República Federal de Alemania (RFA). En solo cuestión de minutos, el mundo pudo presenciar en vivo a través de las cámaras de televisión, avalanchas de ciudadanos de la RDA transitando hacia Occidente, así como la furiosa destrucción con picos, palas, martillos, grúas y tractores del fatídico Muro de Berlín, que separaba en dos la actual capital alemana.

 En realidad fue la crónica de una caída anunciada. Los periodistas que vivíamos en ese tiempo en Alemania sabíamos a través de rumores fuertemente confirmados por contactos diplomáticos que “la caída del Telón de Acero” estaba por darse entre la primera y segunda semana de noviembre de 1989. Y ello debido al empuje de las históricas manifestaciones de Leipzig (RDA) exigiendo mayor democracia y libertad al régimen socialista así como a la visita del Presidente Mijáil Gorbachov, el líder aperturista de la antigua Unión Soviética (URSS), a la RDA, donde se distanció de la cúpula neostalinista del Presidente alemán oriental Erick Honecker. Gorbachov abogó por cambios radicales dentro de una ingenua concepción de impulsar un “socialismo con rostro humano” en el seno del socialismo real, con el objetivo de cimentar la lucha por el socialismo y la paz mundial. Su frase célebre, Wer zu spät kommt, den bestraft das Leben, (Al que llega muy tarde, lo castiga la vida), se convirtió en himno de batalla del movimiento alemán oriental antistablishment, que lo aclamó  a su llegada como “Gorbi”, lo cual sirvió para apuntalar la fortaleza de dicho movimiento, toda vez que en territorio de la RDA habían más de 100,000 soldados soviéticos y del Pacto de Varsovia, así como armamento soviético altamente sofisticado (las fatídicas ojivas nucleares capaces de destruir en sólo minutos toda Europa Occidental)..

Veinte años después, la ingenuidad de Gorbachov y la dirigencia soviética se hace evidente, pues lo que comenzó como un intento aperturista de más democracia y libertad en el Moscú de la “Glasnost” (transparencia) y de la “Perestroika” (Reconstrucción), terminó arrasando como a un castillo de naipes a todo el campo socialista, en un efecto dominó que en menos de un año no dejó ningún régimen socialista en pie en Europa Oriental, y que se saldó con la sangrienta caída de Nicolai Ceaucescu en Rumania el 22 de diciembre de ese mismo año así como con el comienzo de la desintegración de la antigua República Federal de Yugoslavia, por medio de una larga y cruenta guerra en los Balcanes, en las mismas puertas de Europa.

Un viaje de tres horas en tren desde Hannover, la ciudad donde residía entonces, a Berlín, me trasladó días antes de la caída del Muro a Berlín. De tal suerte que tuve el privilegio de contemplar este histórico acontecimiento en el lugar de los hechos. Ese 9 de noviembre culminó con discursos de los líderes germanooccidentales Helmut Kohl, Canciller de la RFA, Hans-Dietrich Genscher, Ministro de Relaciones Extyeriores, y Willz Brandt, indiscutible líder socialista occidental, en la Puerta de Brandenburgo, justo en el lugar donde más simbólicamente pasaba la línea divisoria del Muro de Berlín. Una multitud conmocionada hasta las lágrimas entonó esa noche las notas del himno nacional de la RFA, visible señal de que los tiempos habían cambiado a favor de Occidente.

Ese 9 de noviembre y los subsiguientes días y semanas millones de alemanes orientales cruzaron la frontera interalemana para conocer por primera vez el capitalismo real, donde, en una típica acción de mercadeo y promoción, el gobierno federal alemán regalaba a cada ciudadano oriental un “Begruesungsgeld” (dinero de saludo) de doscientos marcos, algo así como doscientos dólares, suma respetable, que los alemanes orientales gastaban de inmediato comprando bananos, chiclets, café soluble instantáneo, jeans, ropa de marca occidental, aparatos electrodomésticos y otras “maravillas” del capitalismo real, inexistentes o difícilmente accesibles en la RDA. De paso, esta “acción de gracias” del gobierno alemán sirvió para vaciar los sótanos de almacenes y supermercados y para reflotar más la economía local.

Veinte años después el panorama es completamente distinto. A pesar de que los cambios radicales experimentados dieron al traste con el “socialismo real” las condiciones de vida de las mayorías no han mejorado sustancialmente, especialmente en Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Bulgaria, Rumania, Polonia, donde hay muertes por frío y hambre y la salud y educación, antes gratuitas, son ahora una cuestión de lujo. Las guerras periféricas de la antigua URSS (Osetia, Georgia, Chechenia), son también herencia de dichos cambios.

Vivimos un mundo unipolar donde se ha impuesto una “Pax americana” luego de la caída del “Telón de Acero” y del Muro de Berlín. A pesar de que los  corifeos del capitalismo, como el nipón-gringo Francis Fukuyama, proclamaron “el fin de la historia”, 20 años después sin embargo, por ironías de la historia, asistimos al resurgimiento de la China comunista como la tercera potencia mundial y como la superpotencia del Siglo XXI.

Veinte años, en la historia de la lucha por el socialismo, al parecer, como dice el tango, no es nada.
 

Novelista y académico salvadoreñoalemán, Director de la Editorial Universitaria

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