Nancy Hernández y María Chicas observan las imagen de los y las desaparecidos por las Fuerzas Armadas durante el conflicto armado en la zona de Jocoaitique, Morazán. Foto Diario Co Latino/Roberto Márquez
Rodrigo Sura
Redacción Diario Co Latino
En El Aguacatal, paradójicamente, son escasos los árboles que albergan a su delicioso fruto, pero son innumerables las ganas de mantener vivo el recuerdo y el espíritu de sus héroes caídos en combate durante la guerra civil en los años ochenta.
A través de una vigilia, que por cuarto año consecutivo convoca a familiares, amigos y visitantes, se mantienen encendida la llama de la memoria histórica.
“En este tipo de eventos siento como si de repente los volveré a ver de nuevo”, comenta Lidia Caballero, al recordar a dos de sus hermanos que fallecieron en combate. Lidia, quien junto a dos de sus hijas tuvo que exiliarse en Honduras, ante la amenaza de ser delatada por un “oreja”, que la acusó de brindar alimentos a los guerrilleros que acampaban en El Aguacatal. “Sí es cierto, yo les ayudaba a los muchachos (guerrilleros) y no me arrepiento, todo lo contrario, me siento orgullosa”, sostiene Lidia con una convicción difícil de quebrantar.
El caserío El Aguacatal, ubicado en Jocoatique, departamento de Morazán, fue testigo del nacimiento organizativo de los procesos revolucionarios en el oriente del país. Líderes como Rafael Arce Zablah y René Tabora -este último originario del caserío y miembro del ERP- motivaron a muchos habitantes que, ávidos y prudentes, atendieron el llamado de luchar por mejores y justas condiciones de vida, sin dejar de lado el ideal revolucionario.
María Julia Gómez, de 64 años y con una discapacidad física en sus extremidades, instalaba su venta de golosinas, a la vez que narraba con nostalgia vivencias de la guerra. “Tuve que huir de Corinto -su pueblo natal- hacia acá, dejando a mis dos hermanos que eran guerrilleros, luego de unos meses me enteré que habían fallecido; fue muy duro y triste, y lo peor, no poder enterrarlos”, cuenta María. Para el alcalde de Jocoatique, Walter Claros, la realización de esta clase de actividades “mantienen vivo el rescate de la memoria histórica, ya que esta fortalece la identidad histórica”.
Claros vive con sentimientos encontrados y confiesa que se siente identificado con el dolor de las víctimas y familiares, y es que su hermano, Robert Claros, fue asesinado por la Guardia Nacional, que reprimió una marcha de trabajadores en San Salvador en octubre de 1979.
Mientras tanto, en El Aguacatal el ambiente era de fiesta: música popular, teatro, danza y fotografías eran del goce de la gente, donde el que espíritu de los caídos estaba presente en cada consigna, en cada canción y en cada testimonio.



