Eduardo Badía Serra
Al arribo de los españoles a tierras americanas, y durante la primera época colonial, las castas existentes, (estamentos sociales y económicos de la época), eran muchas y muy diferentes.
En primer lugar, los gachupines, esto es, los españoles; luego, los criollos, o blancos de raza europea pura nacidos en América; en tercer lugar, los indios, la raza indígena de color cobrizo, como la categorizaba Ward; en cuarto, los mestizos, casta mezcla de blancos e indios que gradualmente se fusionaron con los criollos, y que, según el Doctor Alejandro Dagoberto Marroquín, constituyen la base de nuestra nacionalidad, opinión que algunos discuten o relativizan; en quinto lugar, los mulatos, descendientes de blancos y negros; en sexto, los zambos, o chinos, descendientes de negros e indios; y finalmente, los negros africanos, ya fuesen manumitidos o esclavos.
Pero estas castas originaron muchas combinaciones y subdivisiones, casi ad infinitum, de las cuales cito: moriscos, de mulato con española; salta atrás, de chino con india; lobo, de salta atrás con mulata; jíbaro, de lobo con china; albarazado, de jíbaro con mulata; canbujo, de albarazado con negra; zambaigo, de cambujo con india; calpamulato, de zambaigo con loba; tente en el aire, de calpamulato con cambuja; no te entiendo, de tente en el aire con mulata; torna atrás, de no te entiendo con india; etc. Hay que decir que el destino de cada persona, de cada grupo, se ataba al estamento social-racial que le había tocado.
Estas castas y sus combinaciones participaron activamente en los escenarios de la independencia, y se reconocen, o al menos se citan, rebeliones indígenas, así llamadas, pero en las cuales se destacaban diversos grupos sociales, tratando de vencer tanto su precaria condición económica como su injusta situación social. Estas son las cosas en las que deberían profundizar más nuestros historiadores.
Hubo mucho más grupos: Quinterones, barcinos, coyotes, allí te estás, chamizos,….., y sería interesante conocer sus propias características, poblaciones y condiciones sociales y económicas en las que vivían. Un gran intelectual salvadoreño, el Doctor Rafael Menjívar, ha hecho muy ricos estudios sobre la composición y estructura de estas castas en nuestra sociedad colonial.
La historia, como se sabe, ya no es una sino suma de historias. Los pueblos, políticamente hablando, y las gentes, sociológicamente hablando, son producto de su suma de historias. Esto es tan real como que el universo mismo no tiene una historia sino una suma de historias. Es esta una de las formas científicas de enfocar el asunto del tiempo y del espacio.
Pero el entramado se fue despejando, de tal forma que los antagonismos surgidos durante la época, (indios contra españoles, indios contra criollos, indios contra mestizos, indios contra mulatos, indios contra negros, españoles contra criollos, españoles contra mestizos, españoles contra mulatos, españoles contra negros, criollos contra mestizos, criollos contra mulatos, criollos contra negros, mestizos contra mulatos, mestizos contra negros), fueron minando tan amplia y verdaderamente rica diversidad y consolidando una red final que jerarquiza nuestra sociedad colonial al momento de la independencia en españoles, criollos, mestizos, mulatos, negros e indios.
Para el año 1807, según cita Marroquín, los mestizos ya constituían mayoría poblacional, el 53.07 %, los indios les seguían con 43.07 %, luego, los criollos con un 2.00 %, los negros y mulatos con un 1.00 %, y finalmente los españoles con un 0.86 %. Habrá que preguntarse entonces cómo tan sólo el 2 % de la población, los criollos, pudo comandar el movimiento independencista sin considerar los intereses de casi la totalidad de las gentes.
Es importante recoger la historia, aclararla, enriquecerla.
Es importante estimular a nuestros investigadores, a nuestras escuelas de historia. Es importante recuperar los viejos documentos ya casi olvidados y desaparecidos, escritos por notables científicos. Hablo aquí de los textos del presbítero Monterrey, del sabio Barberena, del intelectual vicentino Sarbelio Navarrete, del doctor Manuel Vidal, de los innumerables y valiosos trabajos de don Jorge Lardé y Larín, de los igualmente ricos ensayos del doctor Alejandro Dagoberto Marroquín, de los de don Pedro Geofroy Rivas, y de tantos otros.
Hablo también de muchos valiosos aportes actuales, como este estudio de las fichas de fincas del señor Cabrera Arévalo que he comentado en mi anterior columna, la profusa y excelente documentada Historia de la economía de la provincia de El Salvador desde el siglo XVI hasta nuestros días, del economista salvadoreño Jorge Barraza Ibarra, también publicada por la UTEC, de ese esfuerzo enorme que hace el Museo de la palabra y de la imagen del señor González Consalvi, ahora enriquecido con la publicación de su revista Trasmallo, y de tantos otros que seguramente habrá.
Nuestros jóvenes estudiantes tienen el derecho a exigir el conocimiento de una historia bien documentada, bien narrada, bien respaldada, e incluso actual, para que puedan disponer de un pensamiento libre, crítico y fuerte sobre su propio origen y sobre su misma nacionalidad.
Es lamentable que en el mismo Ministerio de Educación se hayan producido textos de historia como ese tan triste como famoso que se pretendió asumir como el texto oficial de nuestro sistema educativo hace algunos años. Nuestro pueblo, nuestras gentes, ya no están para más.
Es hora de cambiar. Es preciso ir a la verdad, porque como dijo Antonio Gramsci, sólo la verdad es revolucionaria.
Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡Decídete por el cambio! ¡Anida la esperanza!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.



