Alirio Montoya*
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América Latina se encuentra en una encrucijada por parte del imperio como estrategia de recuperación de terrenos perdidos. A consecuencia de su empantanamiento en Afganistán e Iraq, podría decirse que descuidó esta parte muy importante de su geopolítica.
La racha de triunfos de las izquierdas en Latinoamérica significó una esperanza para los pueblos periféricos en cuanto a cambiar las precarias condiciones de vida de sus habitantes; pero ésta empieza a tener los primeros signos de fragilidad producto de la ambigüedad de los co-gobiernos de izquierdas que surgieron en los umbrales del siglo XXI. Brasil y Chile son ejemplos bien ilustrativos de lo anterior.
El caso de Argentina se debe a que la izquierda no logró consolidarse a consecuencia de la promoción de una especie de dinastía que, en este caso, fue representada por los Kirchner.
Pero el asunto es que los triunfos de las izquierdas se debió también en gran manera a que el neoliberalismo y su manifestación más nociva, como es la supremacía del sector financiero frente al productivo, no creó bases sociales de apoyo porque el capital que gira en los mercados es ficticio y concentra el ingreso en pocas manos y no crea valor ni empleos; es decir, que el capital especulativo es falso por cuanto se hacen transacciones de papel por papel.
El desarrollo de políticas y estrategias ambivalentes de las diversas izquierdas es otro elemento que ha coadyuvado para que los procesos de desenganche estén tambaleándose.
Las verdaderas izquierdas con visión clara hacia el socialismo únicamente las vemos en Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Las izquierdas centroamericanas por su parte presentan demasiada fragilidad como sucede en El Salvador, donde el partido de izquierda FMLN es nada más parte de un gobierno de “unidad nacional”; en otras palabras, un co-gobierno, por cuanto la oligarquía a lo mejor se ha de sentir representada en este nuevo gobierno de izquierda; y ello indudablemente va significar un lastre para que se consolide un verdadero proyecto de izquierda que beneficie a los campesinos y a la clase trabajadora.
El caso más típico de fragilidad lo pudimos percibir con el reciente triunfo de la ultraderecha en Panamá, de corte fascista al igual que Silvio Berlusconi en Italia. En cuanto a Venezuela, vemos una derecha financiada por EE.UU. que no descansa y no deja avanzar el proyecto bolivariano en su totalidad. Muy por el contrario, en Bolivia, sí existe un amplio apoyo popular hacia el gobierno y los programas de Evo Morales y lo mismo podemos ver en el caso ecuatoriano.
Cuba es un caso excepcional y hasta paradigmático, en donde actualmente se ha abierto un amplio debate sobre a dónde va la Revolución Cubana, lo cual no se debe confundir con “transición” como lo han tratado de manejar los apóstoles del neoliberalismo y sus compinches medios de comunicación. ¿Transición hacia la democracia representativa? Ahí estaría el declive de la Revolución Cubana.
Esto ya lo han señalado connotados pensadores de izquierda, en cuanto a que es improcedente realizar elecciones multipartidistas en Cuba, por el simple hecho de que está ubicada a unas cuantas millas de Miami donde los Bush se han robado varias elecciones, ¿acaso no han de meter manos en una posible elección “libre” en Cuba?
En los próximos eventos electorales podremos observar la reconquista de terrenos perdidos por parte de las derechas y por supuesto del imperio en América Latina.
En Chile, el triunfo de un pinochetista como Sebastián Piñeda es inevitable; igualmente en Argentina es probable que gane un centroizquierda que es lo mismo a decir derecha; y en Brasil, el gane del derechista José Serra ya se presagia debido a que no se ha encontrado un buen candidato que reúna el apoyo que generó una figura similar, al menos en mercadotecnia política, a la del Presidente Lula da Silva.
Pero la posible pérdida de la izquierda en Brasil en parte es que Lula jugó una política de doble estándar, porque le dio continuidad a proyectos de partidos derechas y porque con el dinero del pueblo apoyó a las grandes empresas y a los banqueros, tal cual lo ha sostenido Ivan Pinheiro, Secretario General del Partido Comunista de Brasil (“O goberno Lula age igual a todos governos capitalistas, financia empresas privadas com dinheiro público”).
Cosas como éstas en el fondo ayudó a la recomposición de las derechas. En Colombia, la reelección de Álvaro Uribe, no cuestionada por los medios masivos de comunicación, es inevitable.
Estando así el panorama, me atrevo a decir que América Latina seguirá representando aunque sea relativamente un eslabón más del dominio imperial mientras no se generen y fortalezcan los mecanismos de participación popular. El FMLN debe tener un diálogo y negociación en beneficio de las mayorías con el Presidente Mauricio Funes para que no se desvanezca esa esperanza que generó el triunfo de un partido de izquierdas en este país; pero más que todo el Frente no debe olvidarse de la gente, debería de re-conectarse con la gente.
Para aprovechar esta crisis mundial del capitalismo tenemos que desengancharnos de las políticas del Norte y buscar sin reservas una pronta alianza con el Sur. La limitante la vemos en que el presidente Funes ha anunciado su gobierno de “unidad nacional” y eso nos puede conducir a lo que se está avecinando en el Brasil, en donde como ya dijimos, la derecha es posible que vuelva al poder. Aquí se están llevando programas asistencialistas para los pobres, pero son un efímero paliativo que no logra atacar el problema de raíz; y son programas que ya había iniciado la última desastrosa administración neoliberal.
Es entonces cuando nace la imperiosa necesidad de acrecentar los movimientos sociales y políticos, junto a universidades, sindicatos, movimientos feministas, juveniles e iglesias, para crear un bloque social popular que logre demandarle al actual gobierno la reivindicación de derechos cesados y suprimidos por las pasadas administraciones neoliberales de Arena. Esto nos puede servir como andamiaje para que no sigamos siendo como región un eslabón más del imperio.



