El Ministro de Relaciones Exteriores, Hugo Martínez, durante el 15 aniversario de Pro Búsqueda. Foto: Diario Co Latino/Josué Parada
Zoraya Urbina
Redacción de Diario Co Latino
“No necesitaba hacerme una prueba de ADN para saber que era mi mamá”, dice Patricia, mientras con un pañuelo desechable se enjuaga las lágrimas que brotaron al recordar el reencuentro con su madre biológica.
Doña Paula, tampoco puede contener el llanto cuando relata el momento en que, después de 24 años, pudo ver a su hija Patricia. La última vez que la abrazó tenía cinco años. Después de buscarla por años, la encontró convertida en una mujer.
Este es uno de los tantos casos de familias que fueron separadas durante el conflicto armado que vivió El Salvador. Lo usual era que, después de algún ataque del Ejército a la población civil, se llevaran a los niños y niñas que habían en la zona.
Luego los regalaban, o algún militar que se conmovía, se quedaba con algún menor o bien los daban en adopción y los chiquillos y chiquillas se iban a vivir en el extranjero junto a sus “nuevas familias”, según lo relató Reyna Portillo, de Pro-Búsqueda.
Tal es el caso de Roberto Sierra, quien también es sobrino de doña Paula. Él relata que su madre pertenecía a la guerrilla y en un enfrentamiento que hubo en la zona donde vivían, lo dejó al cuidado del joven que vigilaba la casa de seguridad donde dejaban a los hijos e hijas de quienes participaban en la milicia.
“Él me llevó a la casa de su familia, pero luego el ejército lo mató y me quedé a vivir con ellos”, dice Roberto, quien fue adoptado por este grupo familiar. “Ellos me criaron y me dieron educación y me adoptaron legalmente”, cuenta.
Diferente el caso de Patricia, quien dice que siempre supo que algo no estaba en regla. Sus padres no tenían documentos que ampararan su identidad. A diferencia de su primo, no fue registrada en las instancias legales correspondientes por su familia adoptiva.
Ella además tenía recuerdos de “una señora que me cuidaba y que ahora sé que era la abuela”, dice. Siempre supo que tenía orígenes distintos. Soñaba con conocer a su familia y con tener muchos hermanos.
Su sueño fue cumplido. A través de una amiga, llegó a las oficinas de la Asociación Pro- Búsqueda de niñas y niños desaparecidos. Esta organización fue fundada hace quince años por el sacerdote jesuita Jon Cortina y por familiares de los menores desaparecidos.
Esta institución nació como respuesta a la búsqueda de quienes perdieron a sus hijos e hijas o alguno de sus parientes, ya que no encontraron interés ni apoyo de parte del gobierno salvadoreño.
Según Patricia, en las oficinas de Pro Búsqueda recibió asesoría luego de relatar su caso. No era la única en esa situación, como ella habían más personas que buscaban sus raíces, sus arraigos familiares.
Después de un tiempo, le realizaron la prueba de ADN porque le dijeron que había “alguien” que podría ser su madre, pero tenía que esperar la respuesta. “Esas semanas no pude dormir, estaba ansiosa, desesperada”, relata. Por fin, recibió una llamada. No querían darle la noticia por teléfono, pero fue tal su insistencia por saber, que al fin le dijeron “tenemos aquí a tu madre”.
Las lágrimas no paran de correr. Todavía recuerda el momento en que la vio por primera vez. “Es algo que no puedo describir, es un sueño que se hizo realidad, tengo hermanos y una familia tan grande que aún no la conozco”, dice visiblemente emocionada.
“Umm, si la sangre llama, ya ve, somos igualitas”, alcanza a decir Patricia antes de limpiar de nuevo sus ojos. Roberto abraza a su tía para tomarse una fotografía y, quizás, para recordarle que ya están reunidos y que no volverán a separarse.



