Marta Eugenia Sánchez
matusanchez@hotmail.com
¿Prepotentes o ecuánimes? ¿Capaces o incapaces? Sin lugar a dudas, la población espera que las instituciones estatales sean dirigidas por personas sensatas, capaces administrativa y técnicamente, con don de gente, solidarias, sensibles, educadas, respetuosas, que no les cueste ponerse en los zapatos de la gente de a pie, pero sobre todo comprometidas con el cambio.
El 15 de marzo la ciudadanía le puso fin al nepotismo, revanchismos, privilegios, malos tratos, corrupción e irrespetos, que históricamente oprimieron a centenares de generaciones, y lo menos que ahora se debe de hacer es restituir la moral y dignidad a un pueblo vilipendiado en sus derechos.
Vivimos tiempos de excesiva expectativas de la población, de que las cosas cambien de la noche a la mañana, demandan resultados deprisa; y no es para menos, partimos de un deterioro sin precedente de la estructura económica, familiar, social y política que ha heredado el nuevo gobierno, y es lógico que la gente quiera salir pronto del hoyo que los ahoga.
La complejidad de los problemas adquiridos convierte en inexcusable y en un requisito de primer orden contar con funcionarios, hombres y mujeres, capaces de interpretar la historia y transformarla, de devolver la esperanza perdida, de reconstruir no solo lo tangible lo material sino la dignidad de las personas.
En tanto, no se debe tolerar en un gobierno de izquierda, el despotismo, los privilegios, los irrespetos, los favoritismos, la corrupción, entre tantos cánceres, que si no es por la sabia decisión de la ciudadanía de acudir masivamente a las urnas el 15 de marzo para cambiar el rumbo del país, estaríamos entrando en una etapa terminal que acabaría por completo con los sueños de un pueblo históricamente oprimido y maltratado, pero terco en su ideal de vida.
Ya Arena tuvo 20 años para procurarnos calidad de vida a los salvadoreños, pero los resultados fueron pocos halagüeños, lo que con luminosidad quedó a la vista de todos fue el aumento desproporcionado de la brecha entre ricos y pobres. No es lujo lo que la gente común y normal necesita, quiere para vivir un empleo decente, un sistema sanitario y educativo de calidad, una casa digna, un espacio vital para entretenerse de manera sana y segura, y caminar tranquilamente por las calles sin el temor a ser atracados.
Las luchas históricas de los pueblos tienen a la base gestionar que sean devueltos o instaurados los derechos universales que han sido negados y pisoteados. Y se puede y debe hacerse. Es de imperiosa necesidad redistribuir equitativamente el pastel. Ya el gobierno del cambio lo está haciendo al inyectarle más fondos del presupuesto al área social y económica para aliviar la carga familiar. Sólo invirtiendo dignamente e integralmente en la familia se sentarán las bases para la construcción de un Estado solidario, fuerte, seguro, próspero y al servicio de la gente.
No me cabe la duda que el presidente Mauricio Funes hará historia al procurar a la población condiciones sociales, económicas y culturales básicas para vivir decorosamente, pero este mandato sólo será posible si su gabinete baila el mismo son, si sus funcionarios a quienes les ha encomendado la misión de llevar acabo las reformas socio-económicas postergadas son excelentes administradores, idóneos en los cargos, cercanos a la gente, honestos, educados, respetuosos de los derechos laborales, entre otras obligaciones. Por el bien del país.



