Licda. Norma Guevara de Ramirios
En plena fiesta de agosto el acento de las noticias fue fijado en los índices de violencia, y es que nadie puede dar la espalda a una epidemia social que nos acecha y arrebata vidas todos los días.
Mueren niñas y niños, mujeres, hombres de todas las edades, la mayor parte con armas de fuego o cruelmente despedazados como en los tiempos de los escuadrones de la muerte, aquéllos que mataban con el propósito de contener la lucha popular contra una dictadura. Ahora no se trata de eso, se trata de otro tipo de violencia que a lo mejor algunos conocen a fondo y otros ignoramos los reales orígenes, pero sea cual sea la causa, es condenable y preocupante.
El crecimiento de la violencia criminal experimentado en la última década, se ha enraizado tanto que por momentos parece tolerada socialmente y a lo mejor temida desde las instituciones estatales llamadas a perseguirla, castigarla y también prevenirla. Lo que hemos dejado de hacer como sociedad en el pasado pero que es imprescindible que hagamos cuanto antes, es motivar la revalorización de la vida desde la niñez, enseñar a apreciar y cuidar la vida y a enfrentar las dificultades que ella nos impone en las diferentes etapas, el papel formador de valores fracasó, se acrecentaron los antivalores y sufrimos las consecuencias; es hora de intentar nuevas estrategias despreciadas antes, y la esencial es la prevención, en la cual todas y todos podemos hacer algo.
¿Cómo se forma esa conducta dispuesta a matar? ¿Quiénes y porqué la alientan? ¿Cómo identificarla y dejar de ser indiferentes ante ellas? Sin duda el Estado tiene la mayor responsabilidad, pero las vidas y los sufrimientos están en nosotros, en nuestro vecindario, en nuestra comunidad, en nuestras escuelas, en nuestras calles y allí mismo debemos asumir el desafío de revertir este proceso destructivo, por eso el gobierno del Presidente Funes pide que las autoridades locales asuman una tarea esencial, la de la prevención.
¿Quién ocupa el tiempo libre de las niñas, los niños y los jóvenes? ¿De qué manera evitar que sean pasto de las mentes e intereses pervertidos que buscan dañarles e involucrarles en actividades delictivas? Sin duda las madres, padres, abuelos, tíos y tías tienen mucho que aportar apoyados en la organización del tiempo y de los espacios sanamente utilizables. El deporte, las artes, la actividad educativa y productiva juntas, deben convertirse en una fuerza moral suficiente para detener que siga el involucramiento de personas en actividades delictivas. Lo más común es dejar de lado la complejidad de un fenómeno, todos queremos sentirnos seguros, el Estado debe contener los efectos destructivos, pero al mismo tiempo la ciudadanía tomar conciencia de que podemos y debemos cambiar actitudes y procurar evitarlo desde la raíz.
¿Cuánto sabe el pueblo ahora acerca de cómo ocurre la violencia contra la población? Se cuentan muchas historias sobre el modo de operar de grupos que se dedican a la venta de droga, a la extorsión, al robo, al lavado de dinero y a veces en esas historias aparece la desconfianza a la policía, a los fiscales, a los jueces; pero sin duda además, hay algo que como sociedad hemos dejado de hacer. El gobierno debe elevar su condición moral logrando eficacia, y demandar un cambio de actitud en la familia, la escuela, las organizaciones, para que juntos erradiquemos los detonantes de la violencia criminal que azota al país. No se trata de competir en cifras, sino en procedimientos más efectivos basados en una fuerza moral que permita el combate a esta epidemia para proteger la vida.
Por eso la elección del Fiscal General de la República debe ser una señal de cambio. Debe cambiar sustancialmente la capacidad investigativa de los delitos y de quienes los cometen. Cada empeño de mejorar el sistema de justicia a partir de la renovación de la Corte Suprema debe ser justamente apreciado para que se esté más pendiente de procurar justicia en vez asegurar protecciones a grupos poderosos o intereses inmediatos de naturaleza ilegítima; por eso la reorganización de la PNC debe situar en el centro el interés de la eficacia y la confianza de la sociedad, y si estas cosas ocurren en la “super estructura” , los otros factores determinantes de las actitudes y conductas sanas deben llegar a ser superiores a lo que hoy nos corroe con su secuela de muerte y de temor en la población.



