René Martínez Pineda
(Coordinador General del M-PROUES)*
Cuando me preguntan –interesados, unos; irónicos, otros- sobre qué escribiré en el siguiente artículo, la mayor parte de veces mi respuesta es un “no sé” contundente e instintivo… e ignoro si esa respuesta es un acto de honestidad radical o un reconocimiento de mi ineptitud. Pero, esa es una respuesta cierta, sincera, amarga, vertical, debido a que, hasta el día de hoy, sólo conozco dos mecanismos, neciamente tardíos, para decidir mi enfrentamiento con la temible hoja en blanco: dejar que la nota llegue por sí sola, mansa, de puntillas, sin apurarla, sin someterla, escondida en la sombra o en el aroma de las cosas más simples de la vida, como compadeciéndose de mí; o bien, dejar que se asome en la discusión abierta, amena y perspicaz que mantengo con mis amigos quienes, por cierto, son los que en muchas ocasiones me dan la idea que voy a trabajar, de modo que son ellos los que terminan escribiendo.
En esta ocasión, la luz provino de mi breve participación en el prestigioso programa “Debate Cultural” que dirige, con alto nivel y erudición, el luchador de la cultura: Álvaro Darío Lara, justo después de afirmarle al reflejo que, como diría Benedetti: “los salvadoreños tenemos una memoria llena de olvidos”. “Una memoria agujereada con olvidos de grueso calibre”; “una memoria masacrada por olvidos uniformados fuertemente armados”; “una memoria torturada por olvidos encapuchados vestidos de civil” –debí haber dicho- y entonces fue que pensé que son esos olvidos, precisamente, los que hacen que los hechos cruentos de la memoria sean, al final, como los campos de concentración de nuestra historia privada, porque tal parece que son los lugares y los tiempos de los cuales sobrevivimos (no que vivimos); los tiempos y lugares en los que estuvimos presos, y de los que conjuramos sus minutos, segundo a segundo, en la seguridad que da la soledad… y eso es como si no los hubiéramos vivido o como si los otros jamás los hubieran conocido, y lo anterior es degradar la memoria convirtiéndola en recuerdos.
De modo que eso es nuestra memoria histórica: una cartografía salpicada con campos de concentración que, burdamente, son señalados y recordados en los medios de comunicación para volverlos inofensivos o mercadeables. El 30 de julio; el Mozote; el Sumpul; la Catedral Metropolitana; la foto del “Che”; las calles de San Salvador, son nuestros campos de concentración, pues, los hemos convertido en un culto a la muerte, una muerte valiosa, ciertamente, pero no tanto como la vida de quienes estuvieron en ellos, porque el asesinato fue un hecho circunstancial que no tenía motivaciones personales; y la vida vivida sí fue una decisión muy personal y racional.
Por esta razón es que la memoria histórica, cuando se platica en confianza, se convierte en algo incómodo para quienes no la tienen, o la desprecian, o la denigran, o la explotan. La memoria incomoda –porque es tan incómoda como la sinceridad cotidiana y la autonomía intelectual que nos impulsan a defender nuestros derechos- a quienes quieren dedicar los horrores deslumbrantes del mundo moderno a partir de los sacrificios oscurecidos del mundo antiguo.
La memoria, nuestra memoria sin ciudadanía ni identidad, es un lugar lleno de olvidos, y eso significa que tenemos unos olvidos llenos de memoria. Por esa razón es que considero a dichos olvidos como los campos de concentración de la historia, en tanto los tratamos como museos para el turismo revolucionario, debido a que descuidan la continuidad fundamental-fundacional con las otras esferas de la vida nacional; en tanto los hemos convertido en un rito inútil e instintivo, debido a que más que servir para reafirmar la identidad sirven para trivializarla. Nosotros, al comportarnos como simples sobrevivientes de la historia y, sobre todo, al hablar de ella desde esa perspectiva, no nos damos cuenta de que estamos convirtiendo los hechos en algo impersonal, porque tal pareciera que no tienen un sujeto gramatical que haya ejecutado la acción de vivirlos, y, por eso, tenemos un pasado imperfecto.
Esos campos de concentración que forman-conforman la cartografía de nuestra memoria fueron, en el debate cultural propiciado por Álvaro, una interrogación de la forma de concebir mi participación en el proceso revolucionario salvadoreño, mi enfrentamiento particular con el sentido común muy arraigado en la dictadura militar. La línea de pensamiento sobre una historia confiscada, por propios y extraños, me lleva a las preguntas claves dentro de los movimientos sociales: ¿Cómo comprender el ánimo de la gente que, por su propia voluntad, buscó ingresar a esos campos de concentración? ¿Cómo y por qué la gente se involucra en una acción colectiva que, por lo mostrado por la historia, será traducida en nostalgia, en rito privado, o en el suicidio del que hablaba Roque?
Esos campos de concentración son, desde la noción cultural, una construcción fragmentaria y transitoria que sólo son recuperados para acallar el mea culpa social, y por eso se convierten en un culto a la muerte en lugar de ser un culto a la vida: interesa saber cómo vivieron, más que saber cómo murieron, porque con ello recuperamos la secuencia esencial de la historia que nos llevará a la identidad, en mi caso a la identidad como revolucionario que fui marcado con olvidos recurrentes en esos campos de concentración –dije, en la entrevista, la cual es una sentencia errada, en opinión de la otra entrevistada-. En este sentido, la memoria es una territorialidad vinculada a nuestra noción de la vida que, en situaciones de amnesia colectiva, demanda cubrir los recuerdos para que se miren los olvidos.
Esa entrevista con Álvaro Darío no terminó ahí, sino que sigue presente en la vida –tal como los campos de concentración siguen con vida en las pesadillas de sus sobrevivientes-. Esa continuidad del debate se debe, por supuesto, a que el programa es capaz de trascender el tiempo real… y eso significa que está cumpliendo su función cultural: recuperar las identidades de los invitados, en mi caso la identidad revolucionaria.



