Mariano Ramírez
El golpe militar hondureño ha producido en nuestro país una gran reacción catalítica. Todos los “componentes” políticos han sido convulsionados y en sus expresiones han mostrado que permanecen inalterados. Analistas poniendo como “ejemplo” ese asalto ilegítimo al poder, deseándolo; legisladores y dirigentes de la derecha justificando la ruptura del orden constitucional. En la vereda opuesta, otros desgranando un discurso casi guerrero. Nada se ha alterado. El catalizador sólo ha puesto en la superficie la verdadera naturaleza de la concepción que anima a esos “componentes” de la política.
La verdad no puede alejarse tanto de la interpretación que el mundo entero ha hecho de la asonada cívico-militar hondureña que terminó con el derrocamiento de un gobierno electo por el pueblo.
Como pocas veces se ha visto frente a golpes de Estado –que dicho sea de paso pensábamos que eran episodios de un pasado que no volvería jamás- la reacción internacional ha sido unánime. Con una vehemencia que no registra antecedentes la OEA ha condenado al régimen usurpador de Honduras y preparado el retorno del legítimo mandatario a su país, del que fue sacado por la fuerza. Líderes y personalidades de todo el mundo acompañan la iniciativa asumida por la Organización de los Estados Americanos.
A pesar de ello, en nuestro país hay quienes niegan la existencia de ese golpe cívico-militar. Jorge Velado, vicepresidente de Ideología de Arena, ha sostenido que: “No es un golpe de Estado. Han destituido al presidente y nombrado a un interino, lo estipulan las leyes”. Más preocupante aún es la declaración del diputado arenero Donato Vaquerano: “Funes debe tener un espejo en Mel Zalaya”. Es –como se ve- más una amenaza que un juicio; más una advertencia que un comentario. ¿El legislador derechista está pensando en que si no le gusta alguna iniciativa del Presidente Funes pueden –él y sus compañeros de Arena- golpear la puerta de los cuarteles?
Veamos otras opiniones de líderes de la derecha local. El ex canciller arenero Oscar Santamaría siguió las directivas partidarias y sostuvo: “No es un golpe de Estado. El Congreso hizo una separación del cargo por violaciones graves a la Constitución” . Y el ex presidente arenero, Armando Calderón Sol, añadió: “No podemos desconocer que el presidente Zelaya violentó la ley y había división”. O sea, se justifica el golpe de Estado y de paso le echa la culpa al Presidente Zelaya.
Para el columnista de La Prensa Gráfica, Rafael Castellanos, “Honduras defendió su democracia”, aunque, escribió, condena el golpe. No se entiende cómo se defiende una democracia ocupando el poder por la fuerza de las armas, secuestrando a un presidente constitucional y sacándolo del país a punta de pistola. Es una explicación que Castellanos nos debe.
Por su parte, El Mundo entregó su nota central de opinión del 30/6 a Raúl Benoit, que la tituló “Mel y sus camaradas no son santitos”. Allí, el autor hace un preocupante llamado a la subversión: “El ejemplo de la valentía ciudadana y la de ciertos dirigentes hondureños, tiene que ser seguido por otros pueblos del continente que parecen adormecidos o quizás esconden el miedo de enfrentar a sus gobernantes, convertidos en sus verdugos”. He aquí un golpista civil que se pretende periodista. El periodismo es un ejercicio delicado y difícil. Exige prudencia, equilibrio, equidistancia, la mayor posible, para no hablar ya de independencia, que es un ideal siempre a alcanzar. Cuando se escribe lo que acabamos de reproducir más arriba se ha abrazado una causa y se es publicista de esa causa. Ya no se es más periodista. Benoit es un publicista del golpismo.
De este modo dio la información del golpe El Diario de Hoy: “Derrocan a Zelaya por violar la Constitución”. Así tituló en su edición del lunes 29. Y aseguró que “democracia no es perpetuarse en el poder”. Así contribuyó a la curiosa teoría según la cual la víctima es culpable. Es el mismo argumento que utilizan los violadores de menores: “Me provocaba, usaba una falda muy corta”, se defiende el que violó a una adolescente de 13 años.
Un grupo insurrecto de políticos, empresarios y militares dan un golpe de Estado, secuestran al Presidente y lo sacan a empujones del país y resulta que él provocó todo eso. La endeblez intelectual de tales interpretaciones habla de la decadencia de una derecha decimonónica, anacrónica e incorregible. Y aquí hemos visto nuevamente cómo coinciden alguna prensa y el partido Arena.
Hubo otras voces en esa misma dirección, todas en alusión a “la provocación” de Zelaya. La más sorprendentes de ellas, tal vez, ha sido la de Luis Membreño que publicó el lunes mismo –al día siguiente de consumado el golpe hondureño- una columna en La Prensa Gráfica. Según su curiosa idea el golpe de Estado en el país hermano debe ser tomado como “un ejemplo”. Lo define como un “mensaje” a todos aquellos que irrespeten el orden y la ley instituidos en los países de la región. Es un argumento que no se escuchaba desde los negros años de las dictaduras militares latinoamericanas. En nombre de ese “ejemplo” que busca instaurar el orden que desacomodan los gobiernos democráticos se fundaron los regímenes asesinos de Pinochet en Chile, de los Tres Comandantes en Argentina, etc.
Las cosas por su nombre: el golpismo es golpismo y está condenado por los pueblos y gobiernos de casi todo el mundo. No se busquen excusas. No las hay. Los males de la democracia se curan con más democracia, que tiene las herramientas institucionales –impeachment, en este caso- para resolver los conflictos de poderes, abusos de gobernantes o lo que fuera preciso de corregir para el bien del funcionamiento democrático.
Además, el presidente Zelaya – no puede negarse esta evidencia- es la víctima y no el victimario. Y el ejemplo que nos muestra Honduras con esta experiencia innecesaria es que la comunidad internacional ya no se cruza de brazos ante las ruptura de los procesos constitucionales y la violación de los derechos humanos y sociales.
Finalmente, un párrafo para comentar la actitud de las centrales empresariales del país. Se han manifestado para defender sus intereses y la posibilidad de trabajar. Eso no está para nada mal. Sólo señalaré que se trata de una mirada corta, de una visión pequeña, que no ve el conjunto ni analiza el escenario que provoca el quiebre de la institucionalidad democrática en Honduras.
Los dólares que se pierden con las medidas dispuestas a nivel regional, no son nada en relación con lo que significaría un proceso de desestabilización general de la región. Y eso es lo que provocan los golpes cívico-militares: expulsan inversiones, repelen el turismo, generan una imagen internacional difícil, penosa y larga de restaurar. El empresariado debe tener en cuenta estas cosas. La democracia está por encima de los gustos, intereses, juicios de valor e ideología de los sectores que integran la sociedad.
Nuestro país necesita un franco aggiornamento de su sector conservador. La derecha golpista tiene ojos en la nuca. Mira con añoranza el pasado fascista y no le sirve a un país que busca su modernización, superar el atraso y encontrar la senda definitiva de su realización.



