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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Jueves, 02 de Julio de 2009 / 09:03 h

Un acto de intolerancia y estupidez política. Los sucesos en Honduras

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Ramón D. Rivas

Desperté el domingo, a las siete de la mañana, al ruido de helicópteros y aviones que sobrevolaban Tegucigalpa, la capital de Honduras. Los helicópteros artillados  hacían círculos, muy cerca del hotel. Yo me hospedaba a escasas dos cuadras de Casa Presidencial. Encendí la TV y sólo un canal local informaba que el presidente de la República, Manuel Zelaya Rosales, ya no estaba en el país, que había sido capturado por un comando especial del ejército durante la madrugada y llevado al extranjero. Llamé a recepción para preguntar sobre qué era lo que pasaba, a lo cual el recepcionista me dice: “parece que hay golpe de Estado, señor”.

Hablando por teléfono a recepción estoy, cuando se va la luz eléctrica. Desde la ventana, en el cuarto piso del Hotel, veo caminar soldados armados con dirección a la Casa Presidencial, luego veo pasar cerca de ocho vehículos blindados del ejército en forma de tanques. Una inmensa humareda se divisaba a lo lejos.

Eran ya manifestantes que, en apoyo al presidente Zelaya, habían llegado a quemar llantas y gritar consignas en diferentes bocacalles contiguas a Casa Presidencial. El ambiente era tenso. Así fue la mañana del domingo 28 de junio del 2009, en Tegucigalpa; no había luz eléctrica, agua potable ni mucho menos medios de comunicación que informaran. La ciudad estaba militarizada y no se sabía qué era lo que sucedía en el interior del país. El país había quedado incomunicado. Es la crisis política y social  que tarde o temprano, tenía que estallar en ese país.

Claro ha quedado que, ante los acontecimientos que, cada vez nos inundan de noticias, es el poder civil el que ahora utilizó a los militares para hacer el trabajo sucio de secuestrar al Presidente legítimamente electo por el pueblo y sacarlo del país. Este es un hecho condenable y que no debe de ser justificado de ninguna manera. Los que planificaron este acto, ahora están incrédulos ante la actitud del mundo que reprocha tal acción.

Y estoy seguro de que también, el mismo presidente Zelaya, ve con extrañeza pero con júbilo la respuesta internacional, y esto, cuando Honduras, en  los últimos meses, se ha debatido y seguirá debatiéndose entre la polarización social y de esto no hay duda. A mi juicio, el país no necesita de un Micheletti como presidente de facto, ni de los militares por si acaso llegaran a tomar el control total del país, ni de un Manuel Zelaya que regrese en los próximos días.

El país urge de una concertación nacional auspiciada por los organismos internacionales  como la ONU y la OEA y preparar de inmediato el camino a elecciones y mientras tanto, instalar un gobierno de transición. El país está totalmente dividido y hasta los mismos partidos tradicionales son víctimas de ello. Y es que en Honduras, en los últimos tres años y medio, el partido político que llevó al Presidente al poder  —el Partido Liberal— se encuentra dividido.

Su mismo ex vicepresidente, Elvin Santos,  ex compañero de fórmula, que fuera del presidente Zelaya, el sábado pasado llamaba al presidente Zelaya, un día antes del golpe de Estado, a que volviera al partido que lo había llevado al poder. La institución militar hondureña que, por muchas décadas, se replegó en sus cuarteles, ahora es utilizada para realizar un nefasto acto que ya los ha puesto, ante la opinión mundial, como los peores de la película.

Sí, debo recalcar que el domingo del golpe —y así lo constaté las primeras horas, ante el descontento popular de los que apoyaban al presidente depuesto y los que con júbilo celebraban lo sucedido, el ejército sólo vigilaba el orden. Dos días atrás,  el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Romeo Vásquez Velásquez había sido destituido por el presidente Zelaya y se había mofado públicamente de él. Lo mismo había hecho la Ministra de Relaciones Exteriores Patricia Rodas. Al día siguiente, el mismo presidente Zelaya restituía al general destituido.

En otra época, el día del golpe de Estado, con la magnitud de tales sucesos, la represión de los militares hubiese sido desmedida y hasta quizá con muchas pérdidas humanas que lamentar. Todo parece suponer que, en Honduras, hasta el día del golpe de Estado, había una especie de acuerdo entre los militares y el poder civil en evitar,  —si se daba el caso de derrocar al presidente—  manchar la imagen de las fuerzas armadas.

Esto parece que ha sucedido hasta el domingo; pero, la situación ahora, puede cambiar pues las últimas noticias nos informan ya de actos desmedidos por parte del ejercito y de la policía. Además, (ayer martes, pero sin confirmar) noticias informaban que tres brigadas del ejército se acaban de unir a las protestas a favor del presidente depuesto; la 105 de Cortés, la de La Ceiba y la de Catacamas.

También se informa que, en  San Pedro Sula, un batallón del ejército se había declarado en rebeldía. Si es así, no duró mucho la unidad de las fuerzas armadas hondureñas. Pero considero que es necesario preguntarse ¿qué es lo que ha sucedido en Honduras para llegar a tal situación? En este país, ha habido un conflicto entre los tres poderes del Estado, es decir, el Poder Ejecutivo,  el Poder Legislativo y el Poder Judicial.

Este último, de acuerdo a fuentes consultadas, muy bien informadas, es un poder débil ante los otros dos poderes, ya que siempre lo han manipulado. Es un poder que se ve siempre intervenido por los otros dos poderes.  En Honduras, el Poder Judicial se conoce popularmente como  “8 a 7” ya que el partido mayoritario pone el 8 y el partido que queda en la oposición pone 7 magistrados.

Los otros partidos no tienen participación. Honduras es un país bipartidista; el Partido Nacional y el Partido Liberal han sido siempre las fuerzas en contienda. Los liberales identifican a los “cachurecos” como a los del Partido Nacional y éstos, —los del Partido nacional— identifican  a  “los rojos” como los del Partido Liberal. El presidente Manuel Zelaya, hoy depuesto pero reconocido por los gobiernos del mundo como jefe del Poder Ejecutivo se dedicó a trabajar  de lleno, desde principios de este año,  en la tan sonada “cuarta urna”.

La campaña ha sido intensa. Las instituciones, que forman parte del Poder Ejecutivo, se pusieron a tiempo completo al frente de este proyecto distrayendo su tiempo en este asunto de la “cuarta urna”, proyecto de consulta popular programado para el pasado domingo 28 de junio, día en que se da el golpe de Estado.

La consulta era para preguntarle al país si estaba de acuerdo para que el próximo 28 de noviembre, día de las elecciones generales, se colocara una “cuarta urna” al lado de la urna presidencial, de la urna de diputados y de alcaldes.

En la “cuarta urna”, se iba a votar “si  el pueblo quería”, por una nueva Constitución política, a través de una Asamblea Nacional Constitucional. Esto es  precisamente lo que dividió y polarizó al país alrededor de un “no” o un “sí”.

El país se divide a tal extremo que nunca se presentó una tercera alternativa. A raíz de esto, surgen dos movimientos: los que están a favor de la nueva Constitución y los que están en contra. Por ejemplo, la ultraderecha condujo todo el movimiento a la defensa de la Constitución actual, que data desde 1982 y la izquierda tradicional y el poder ejecutivo se atrincheraron a favor de la nueva Constitución. 

El Dr. Marvin Barahona, historiador hondureño de reconocido prestigio académico, me decía que “en los dos lados ha habido error de percepción; por una parte, en la defensa de la Constitución actual se dice que ésta es perfecta y que no urge de modificaciones, y se dice que el problema radica en los hombres que la aplican. Entre los personajes que afirman esto, está el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos, el Dr. Ramón Custodio, un reconocido defensor de los derechos humanos, quien ha sido perseguido y odiado por lo militares en la macabra década de los 80. Por otro lado, están  los que dicen que sí se necesita una nueva Constitución porque la actual está desfasada y que ya no responde a los requerimientos de la vida de hoy.

Estos, hasta se atreven a decir ridiculeces en el sentido de  afirmar que la actual Constitución es vieja”. El mismo Dr. Custodio dijo el viernes en una entrevista, refiriéndose al presidente Zelaya: “cuando lo miré en cadena nacional anoche, me convencí de que nos llevaba de absurdo en absurdo y saca la mayor ventaja cuando le crean más confrontación…”. Además, dijo a la población refiriéndose a la consulta: “no vayan a hacer el papel de payasos”.

La empresa privada  también se ha opuesto a la consulta y el obispo auxiliar de Tegucigalpa, Monseñor Darwin Andino, dijo: “Mel Zelaya se ha aprovechado para hacer publicidad y querer ganarse el poder”. Algunos analistas —y aquí hay de derecha, de la ultraderecha y de la izquierda tradicional,  son de la opinión que la jugada política es que, al ganar el “sí” el ejecutivo, se iba a tomar la potestad, ya que la iniciativa era de ellos, de conformar la Asamblea. Claro debe de quedar que el golpe de Estado del pasado domingo 28, de junio en Honduras, es un hecho detestable, pues no sólo revive el pasado sino que, a la vez, puede muy bien dejar las puertas abiertas para que la historia de estos mal vividos acontecimientos se repitan y esto no debe suceder.

Un detalle importante para comprender lo complicado del hecho, es ver la trampa en la que se dice que supuestamente la carta de renuncia del presidente Zelaya, que leyó el día del golpe el abogado Saavedra, Secretario del Congreso es falsa y esto es grave ya que con ello se desenmascara lo diabólico del drama político en ese país. Al mismo tiempo que se leía la carta, el presidente Manuel Zelaya, en Costa Rica, acompañado del mandatario de ese país, denunciaba que militares enmascarados lo sacaron violentamente de Honduras y que él no ha escrito ni firmado ninguna carta. Esto nos demuestra la forma en cómo se  planificó la fracasada maniobra política, por parte de los diputados que lo depusieron. La deposición del presidente Zelaya y la maniobra que se hizo desde el Congreso, es una clara ofensa a la inteligencia de los hondureños y de los centroamericanos.

Y es que, si fue así, que el Congreso Nacional de Honduras tenía en su poder la famosa carta de renuncia del presidente Zelaya, la pregunta que cualquiera se puede hacer es: ¿Para qué sacar aviones, helicópteros y todo ese material bélico a las calles, cortar la luz, el agua, el teléfono, poner en cadena las radios y la TV, si ya se tenía la supuesta carta de renuncia del presidente. Todo esto no tiene lógica, es por naturaleza algo irracional. Sí, soy de la opinión de que la reflexión nos debe llevar a considerar y tomar muy en cuenta que estamos ante acontecimientos políticos a nivel continental, que tratan de hacer girar el poder y la vida política de la sociedad alrededor de caudillos amparados en el poder ejecutivo.

Soy también de la opinión de que, cualquier ciudadano pensante o consecuente, tiene el  deber y derecho de preguntarse: ¿Cómo concebir, desde las ciencias sociales y políticas, y desde la realidad actual, la presencia de esos nuevos caudillos? Y ¡cuidado…! pues no sólo se trata de caudillos políticos de alternativas populistas de derecha e izquierda. También hay caudillos que, amparados en la religión, hacen y quieren deshacer procesos históricos. Los científicos sociales tenemos la obligación de analizar qué es lo que está pasando en la sociedad y hacernos tales preguntas.

Lo que sucedió y sucede en Honduras nos debe llevar a mirar el papel que deben jugar, el día de hoy, los partidos políticos y los mismos políticos, partiendo de que la sociedad está exigiendo trabajar de forma urgente en  aspectos tan necesarios para poder vivir como educación, salud, generación de empleo, medio ambiente, construcción de infraestructuras, contrarrestar las desigualdades sociales y combate a la delincuencia, entre otros.

Y es que los caudillos están apareciendo y son de derecha y de izquierda y la pregunta es: ¿Quién justifica a quién? En el mundo actual, los partidos políticos no deben servir sólo para levantar figuras o hacer consignas políticas, los partidos políticos, y en concreto en Centroamérica, deben de tener una funcionalidad desde la legitimidad democrática y esto se logra promoviendo leyes en donde todos nos sintamos identificados. Los acontecimientos en Honduras deben de llevar a la reflexión a todas las sociedades en Centroamérica y el resto del continente.  

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