Luis Armando González
El Salvador debe cambiar en muchos sentidos. Debe cambiar en su gestión económica, en su aparato productivo, en su modelo educativo, en su desempeño institucional, en su ejercicio político y en sus prácticas de convivencia social. Realizar esos cambios no es tarea fácil no sólo por la complejidad estructural de los dinamismos involucrados, sino también por las resistencias de quienes han cimentado su poder económico y político en la vigencia y reproducción del orden establecido.
Las fuerzas progresistas del país siempre se han topado con esas resistencias. No tiene porqué ser distinto ahora que lo conduce un gobierno de izquierda. En este sentido, no es descabellado esperar que para bloquear los esfuerzos de cambio económico, político y social los sectores conservadores se valgan de todo el poder y recursos que tienen en sus manos. Se valdrán, obviamente, de su poder económico y de su poder institucional.
Pero también se valdrán de su poder simbólico, del cual las grandes empresas mediáticas son una trinchera. Otras trincheras son una gama amplia de agencias de publicidad, algunas instituciones de enseñanza (que van desde la preparatoria hasta la universidad) y algunas iglesias (o más bien, corrientes) evangélicas y católicas.
Desde estos espacios simbólicos se van a generar los discursos, las imágenes y los eslóganes orientados a socavar los esfuerzos transformadores de la realidad nacional. Se va a librar –ya ha comenzado a librarse— un fuerte ofensiva ideológica de derecha en contra de los sectores progresistas de la sociedad salvadoreña, especialmente contra aquellos y aquellas dirigen al país desde el aparato estatal.
Vistas así las cosas, las fuerzas progresistas de El Salvador deben prepararse para librar esa batalla que será tan importante como las que se librarán en otros terrenos. Prepararse significa ganar para sus filas no sólo a cuadros capaces de elaborar discursos y símbolos ideológicos, sino a cuadros capaces de generar pensamiento serio, riguroso y fundamentado. Es decir, las fuerzas progresistas deben sumar a sus filas a intelectuales críticos dispuestos a comprometer sus energías con las transformaciones requeridas por el país en materia social, económica, cultural y política.
En el caso concreto del gobierno de izquierda –articulado en torno a Mauricio Funes, su gabinete y el FMLN—, no posicionarse firmemente en la batalla de las ideas, que ya ha comenzado a librarse, lo debilitará terriblemente, poniendo en riesgo los propósitos transformadores que lo animan. Y es que si la derecha gana la batalla de las ideas, otras batallas le serán más fáciles, anunciándose peligrosamente su triunfo en ellas.
Mientras que no se entienda que el poder de la derecha no sólo es material sino simbólico –y este poder lo han construido los intelectuales que la derecha ha asimilado sistemáticamente desde siempre— no se va a dar el peso suficiente al aporte que los intelectuales críticos puedan dar al nuevo proyecto de nación. Fue la gran lección dada por Antonio Gramsci, que al parecer sólo la derecha entendió a la perfección.



