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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Viernes, 26 de Junio de 2009 / 09:45 h

Mitos que hay que combatir

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Luis Armando González

Quienes tuvimos el privilegio de haber recibido clases con Ignacio Ellacuría no podemos si no recordar, en estos momentos, las distintas batallas que él libró contra la ideologización en sus diferentes manifestaciones. Ahora, como cuando Ellacuría vivía, es ineludible seguir librando la misma batalla. Él nos enseñó algunas claves del análisis desideologizador, claves que tenemos que intentar aplicar en unas nuevas circunstancias históricas. 

Una sus reflexiones más lúcidas fue la que desarrolló en torno al concepto de propiedad privada, el cual fue desideologizado mediante su correcta historización. Ya lo sabemos: los grupos de poder oligárquico en El Salvador siempre pretendieron hacer pasar su derecho a la propiedad privada como un derecho natural, es decir, como un derecho que la Naturaleza les había concedido desde siempre.

Historizar el concepto de propiedad privada significó entenderlo como algo que se había configurado por decisiones y voluntad humanas, y que por tanto los seres humanos podían modificar o abolir si así lo decidían. 

Es necesario recuperar ese espíritu desideologizador presente en la obra de Ellacuría. Hay que aplicarlo con urgencia a una serie se mitos que la derecha ha fabricado con el propósito de legitimar su poder y privilegios.  Uno de esos mitos –presente incluso cuando Ellacuría aún vivía— es el que se oculta tras la expresión “sector productivo”, con el que se pretende hacer de los empresarios los principales agentes de la producción, obviando de manera perversa y grosera el aporte de los trabajadores y las trabajadoras. 

Del mismo calibre –y en sintonía con ese mito— es la concepción que hace de la empresa (es decir, de los empresarios) el eje fundamental de la producción de riqueza en una sociedad. No sólo Ellacuría y sus compañeros jesuitas asesinados (Amando López, Segundo Montes, Ignacio Martín Baró y Juan Ramón Moreno), sino también Marx y una pléyade de economistas, historiadores y sociólogos de primer nivel se morirían de la risa ante semejante afirmación.

Seguramente –y no sin un gesto burlón— preguntarían: ¿y los trabajadores y trabajadoras, obreros, obreras, campesinos y campesinas? ¿No son acaso ellos y ellas los que, con su sudor y esfuerzo cotidianos, generan la riqueza de la sociedad? ¿Qué sucedería si suprimimos de la empresa (máquinas, herramientas, sistemas electrónicos, equipos, edificios, etc.) a los trabajadores y trabajadoras? Sería algo muerto, incapaz de generar riqueza alguna. ¿Y sus dueños? Irían directo a la quiebra.    

No es cierto que la empresa haya sido la mayor creadora de riqueza en toda la historia de la humanidad. La riqueza siempre ha sido creada –desde los orígenes de la humanidad— por el trabajo humano, que es la única fuente de valor, tal como lo dejaron establecido los clásicos de la economía política. La empresa –al igual que el capital—no es más que trabajo humano acumulado. Un trabajo que –en forma de maquinaria, herramientas, equipos y capitales— fue apropiado por un sector particular de la sociedad que ahora llamamos empresarios y que en la historia económica se les conoce como los capitalistas. Pongamos, pues, manos a la obra en esta tarea desideologización que es parte de la batalla de las ideas que se libra en nuestro país. Enfrentémonos con rigor y determinación a los mitos de la derecha.

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