Carlos García, Rosa María Calaf, Pepa López y Carlos Pacheco.
Redacción Diario Co Latino
La pasada noche del 19 de junio, en el auditórium de la Fundación Caixa de Sabadell, varios intelectuales, rendían homenaje a los mártires caídos bajo la brutal represión, ejercida durante los años 70’ y 80’ por las temidas Policía de Hacienda y Guardia Nacional, ambas ahora disueltas tras los Acuerdos d Paz de 1992, así como de los miembros del Ejército Institucional y de los tristemente célebres Escuadrones de la Muerte en El Salvador.
La actividad, organizada por la ONG catalana Pro-Educart, bajo el título “Memoria histórica, poesía y canto para un tiempo nuevo en El Salvador”, había convocado para esa noche, a todas aquellas personas sensibles con la realidad y el sufrimiento vivido por el pueblo salvadoreño durante esas décadas, para recordar así, en la ciudad de Sabadell (Barcelona) a nuestros mártires, cuyos nombres y biografías sonaron como campanas de libertad, en la voz de la actriz Pepa López, conocida por sus destacados papeles en exitosas series televisivas, teatro y cine, actriz a la que acompañaba sobre el escenario, la presencia de la también destacada periodista de Televisión Española, Rosa María Calaf, profesional con una dilatada experiencia de casi 40 años como corresponsal en distintos continentes, por lo que, entre otras razones no menos importantes en su carrera, era galardona, casualmente ese mismo día, con el Premio Nacional de Periodismo por parte de la Generalitat de Catalunya.
VICENTE FERRER, UNA DIMENSIÓN DE LO HUMANO.
Al abrir el acto, se recordó que por la madrugada, había fallecido a los 89 años de edad Vicente Ferrer, filántropo barcelonés, merecedor entre otros, con el Premio Príncipe de Asturias, en reconocimiento por la entrega de buena parte de su vida a la lucha en contra de la extrema pobreza, por lo que en 1994 creó una fundación que lleva su nombre y a través de la que hoy día, gracias a los millares de apadrinamientos, logrados durante los últimos años, se benefician en La India, más de dos millones de personas. Al escuchar pues su nombre, los asistentes en la sala se pusieron en pie para, con un caluroso aplauso, despedir a quien por su labor y dimensión humana es considerado una de las personalidades más relevantes de los últimos tiempos.
NUESTROS MÁRTIRES EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO.
Después de una breve presentación, sobre la finalidad y sobre el sentido de ser de Pro-Educart, que cuenta desde hace varios años con proyectos en El Salvador, tanto Rosa María Calaf como Pepa López, poco a poco fueron desgranando los nombres y biografías de algunos de aquellos mártires, entre los que se recordaron al líder revolucionario y fundador del Partido Comunista Farabundo Martí, fusilado junto a los estudiantes Alfonso Luna y Mario Zapata en 1932; a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980, por el disparo de un sicario mientras oficiaba misa; al poeta Jaime Suárez Quemain, quien en julio de 1980 fue sacado por un grupo de hombres armados del céntrico café Bella Nápoles de la capital, para luego lanzar su cuerpo masacrado y ya sin vida, en un estercolero; al legendario dirigente de FECCAS Apolinario Serrano “Polín”, a José López, a Patricia Puertas “Ticha” y el esposo de esta, Félix García, ejecutados en 1979 tras ser interceptados cuando viajaban en un vehículo y en el momento que pasaban frente al cuartel de caballería de Opico; al padre Rutilio Grande, primer sacerdote asesinado en El Salvador en marzo de 1977, junto a otros dos campesinos que viajaban con él, Manuel Solórzano, de 72 años, y Nelson Rutilio Lemus, de 16; al abogado Herbert Anaya Sanabria, quien fuera cobardemente asesinado por los Escuadrones de la Muerte en 1987; al jesuita Ignacio Ellacuría, así como al resto de sus hermanos sacerdotes y a la señora de servicio Julia Elba que caería junto a su hija Celina Meredith, esa noche de la masacre, en noviembre de 1989; al poeta Roque Dalton, a quien ejecutaron sus propios compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) un 5 de mayo de 1975; a Marianella García Villas, fundadora y presidenta de la Comisión de Derechos Humanos, asesinada en 1983, antes de presentar su informe ante las Naciones Unidas, con tan sólo 35 años de edad; a Enrique Álvarez Córdoba, importante empresario salvadoreño y miembro destacado del entonces, recién creado Frente Democrático Revolucionario (FDR), asesinado el 27 de noviembre de 1980, junto a otros 5 dirigente, entre ellos, el líder del Bloque Popular Revolucionario (BPR), Juan Chacón, que fueran secuestrados cuando estos se encontraban dando una conferencia de prensa en el Externado San José; a Mélida Anaya Montes, dirigente de las FPL, brutalmente asesinada en Nicaragua en 1983, en extrañas circunstancia y por la que se responsabilizó al fundador de las FPL, Cayetano Carpio “Marcial”, quien en no menores extrañas circunstancias, se quitó la vida en Managua, sin que nunca se presentaran pruebas convincentes de su implicación directa en aquellos hechos.
Así mismo hubo una mención especial para todas las personas que fueron víctimas del aparato de represión del estado salvadoreño en aquél oscuro período de nuestra historia más reciente, entre los que se recordaron las masacres del río Sumpul en Chalatenango, frontera con el vecino país de Honduras en donde el 14 de mayo de 1980, murieron a manos de la entonces Guardia Nacional más de 600 personas y la del Mozote, en el departamento de Morazán, zona campesina donde en diciembre de 1981 el Batallón Atlacatl, unidad de élite del ejercito salvadoreño, masacraron a cientos de campesinos en su mayoría, como fue el caso del Sumpul, murieron ancianos, mujeres y niños. Se rindió homenaje así mismo, a las monjas norteamericanas, cuyos asesinatos, fueron perpetrados por los escuadrones de la muerte, cuando el 2 de diciembre de 1980 regresaban del Aeropuerto Internacional de El Salvador.
PATRIA CHIQUITA MIA, CARLOS PACHECO CANTA
Entre medio de los dos bloques en que se recordaban a los mártires, Carlos Pacheco, miembro del Grupo Trova de El Salvador, cantó algunas canciones de los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, así como del grupo Cutumay Camones. El trovador salvadoreño, quien se sumaba así al homenaje, habló de su infancia en Nicaragua y trajo hasta los asistentes al acto, un emotivo poema de su madre musicalizado por el mismo y en cuya letra se habla del drama de los desaparecidos y por tanto, también mártires durante el conflicto armado.
Los dos grandes temas de la noche, fueron “Patria chiquita mía” primero y ya para cerrar y como colofón del evento, fue “El Sombrero azul”, del venezolano Alí Primera, con la que Carlos Pacheco, quien anunció su pronto regreso a El Salvador después de una intensa activad cultural en Catalunya, logró la complicidad de un público agradecido y entusiasta.
LA POESÍA, UN ARMA CARGADA DE FUTURO
Tras la intervención de Rosa María Calaf y Pepa López, que cerraban así el segundo bloque dedicado a la memoria de los mártires, el poeta salvadoreño Carlos Ernesto García, daba inicio a la lectura poética, haciendo un recorrido a lo largo de sus tres únicos libros de versos, pero en especial, del más reciente de ellos, titulado “La maleta en el desván”, donde se condensan parte de su infancia, de sus viajes, pero también de la experiencia de la guerra salvadoreña, de cuyos albores fuera testigo en los años 70’, para luego marchar al largo exilio, llevándose en el interior de su ser, lo que suele llamar el campesino urbanizado, sentimiento personal, contado con ironía a través de su poema “Mí pequeño burgués”.
Antes de finalizar su intervención, Carlos Ernesto García recordó que precisamente un 19 de junio de 1980, casi a esa misma hora de la noche, los Escuadrones de la Muerte entraban en su casa de habitación en San Martín, donde un grupo de hombres, todos ellos fuertemente armados, impunemente perpetraban el asesinato de su padre y hermana menor de entonces 18 años de edad, condenando así mismo el que en aquella noche, fueran ejecutados varios jóvenes tinecos, por lo que quiso dedicar también a ellos la lectura ese día de los dos últimos poemas, uno “Ausencia” y el otro “Yo no tengo casa”, este de su primer libro “Hasta la cólera se pudre”.



