René Alberto Langlois
rene.alberto.langlois@gmail.com
En la Revista española LA HUMANIDAD de Alicante, en el No. 7 del 1º de marzo de 1887, apareció un artículo suscrito por un señor de apellidos García Rojas, en el cual expone su preocupación social la cual, tras un formalismo expositivo decimonónico, tiene contenidos denunciantes los cuales a la fecha siguen vigentes. A continuación el texto del referido artículo:
“El organismo humano es indudablemente el más perfecto y delicado entre (se observa error de imprenta y la continuación, omitiendo la terminación del párrafo es como sigue).
Yo me admiro de no ver caer diariamente desfallecidos de hambre y de fatiga todos los de la escala zoológica; pero al mismo tiempo es el más fuerte, el que más variadas resistencias ofrece, así en climas y temperaturas distintas, como en privaciones de todo género y en continuados trabajos.
Ocúrreme esto al considerar el sufrimiento a que se encuentran sujetas las clases proletarias, efectos de las injusticias sociales que todavía subsisten en las relaciones humanas, sobre todo, en la nada equitativa distribución de la riqueza pública.
Los víveres han alcanzado un precio que hace poco menos que imposible su consumo, aun de aquellos artículos más groseros, a la mayoría de los ciudadanos.
El sostenimiento de la vida entre los proletarios, es un tema enigmático e incomprensible, y más serio y más difícil de explicar, que lo fueron para Champollion los jeroglíficos del Egipto, para Chevalier, los de México y para otros, los quipus del Perú.
El trabajador de los campos, esa hormiga laboriosa que remueve la tierra y la cultiva encorvado sobre ella, como el que busca una alhaja perdida, sufriendo todos los rigores de las crudas estaciones, que soporta impertérritamente y con el mayor desprecio el frío que hiela, el calor que ahoga, el aire que azota, la lluvia que retrae y acobarda, ¿qué como ese desgraciado ilota de todos los tiempos, condenado eternamente al duro trabajo, tan improductivo para él como el de Sísifo? Pan y agua rociado con algunas gotas de vinagre y aceite, amén de unos dientes de ajo. En cuanto a vestido y habitación, poco le falta para asemejarse al troglodita.
La infeliz costurera, inclinada día y noche sobre sus rodillas, convertida en cayado, tira que tira de la aguja, o haciendo el papel de motor de la máquina de coser, cuál si no tuviera otra misión que cumplir en el mundo, ¿qué pago recibe de ese penoso y martirizador trabajo? Con dos, tres ni cuatro reales, maximun de esa remuneración, ¿cómo puede atender a las necesidades de la vida’ ¿qué alimento, en cantidad y calidad, puede ser suyo?
Tantas otras desdichadas trabajadoras que desde niñas se encuentran condenadas a cruel e insulsa ocupación de talleres y fábricas, obteniendo en cambio un mísero jornal, que ni aún para vestir alcanza, ¿cómo viven? ¿qué comen? ¿qué casa pueden habitar, que no sea de peor condición del esclavo romano? Allí, como las bestias, se encuentran los sexos, las edades, confundidos en montón, a la manera de escoria social, arrojada al último rincón.
Los peones de cualquiera y de todos los ramos industriales y constructores, los millones de seres que ejercen ínfimo y rutinario trabajo, parias o esclavos de todas las edades, cualesquieran que sean las formas y distintas denominaciones, ¿qué remuneración perciben, suficiente para cubrir las atenciones de la vida, si todo es caro para ellos, relativamente a sus medios y principalmente los artículos de comer, beber y arder?
Últimamente, ¿cómo puede vivir la familia obrera, dada la injusta retribución del trabajo, las forzadas intermitencias de este mismo, que a duras penas encuentra (¡oh, bárbara y estúpida organización social!) y los altos precios que alcanza hoy, cuanto es preciso e indispensable al sostenimiento de la vida?
Y sin embargo, la cosa subsiste y continúa todo en apariencia sin novedad.
Repito, que todo esto es un misterio, cuyos arcanos son, como los de Dios, incomprensibles.
Sabemos, y a todos nos consta, la atroz miseria, las infinitas privaciones, el hambre menudea, a que están sujetas con férreo yugo; conocemos la influencia que el hábito y las costumbres ejercen en la naturaleza de todos los seres, haciendo soportable lo que casi no lo es; pero así y todo, no concibo, no me explico cómo no vemos todos los días y a todas horas, caer en los talleres, en las obras, en la calle y en todas partes, criaturas humanas que el hambre asesina.
El tan enfáticamente llamado rey de la creación, el hombre, a pesar de todos sus defectos y de todas sus miserias, es indudablemente rey por su resistencia a todas las privaciones y a todas las duras pruebas a que la naturaleza le sujeta con sus rigores…
Y hemos perdido de vista el punto de partida; porque este asunto que acabamos de tocar es por sí bastante a hacerle perder el rumbo y hasta el juicio al más sesudo flemático.
Vuelvo sobre mis pasos al principio de la disquisición.
Los artículos indispensables al mantenimiento de la vida, repito, que han tomado un precio que no es asequible a la mayoría de los trabajadores, precio debido, en parte, a la aborrecida e incalificable contribución de consumos, que en vez de suprimirse por bárbara e inmoral, se empeñan los gobernantes y administradores en hacerla cada día más onerosa e insufrible.
Esta contribución ha sido considerada por todos los pueblos y en todos los tiempos como una gran injusticia, y siendo motivo de sangrientas colisiones. La revolución, haciéndose eco de la injusticia y de los deseos populares, la ha suprimido siempre durante su imperio, pero luego han vuelto a implantarla los poderosos reaccionarios; porque ni han sabido ni querido prescindir de sus exorbitantes gastos y despilfarros; aun cuando para ello hayan tenido que arrancar de la boca del pobre, del más infeliz y necesitado el pedazo de pan, que a duras penas consiguiera allegar.
¡Ah regeneración, qué falta hace tu bienhechora influencia!”.



