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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Miércoles, 17 de Junio de 2009 / 08:57 h

Mi padre

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Por Néstor Martínez
Editor Trazos Culturales

El recuerdo más persistente de mi padre, Juan de la Cruz, es cuando bajaba corriendo por las laderas del Cerro de Las Pavas en Cojutepeque y detrás de él, divertidos, sus siete hijos [ahora somos ocho]. Quizá esta imagen quedó estampada porque, luego de la muerte temprana de mi madre, mi padre (con el apoyo de mi hermana mayor Celia) asumió con mucha dignidad el reto de cuidarnos, y este cuido pasó por darnos, pese a que la escasez de dinero era una constante diaria, la diversión en familia, alimentación, vestido, hogar, y lo más importante, nos heredó la sed del conocimiento, el enamorarnos del estudio, de los libros, de la escuela, de relacionarnos con los maestros.

A veces me pregunto en qué momento mi padre, un campesino descalzo, casi analfabeto, decidió luchar por la vida desde el punto de vista dignidad y estudio, con esa pregunta viene la de quién fue el que estampó en sus genes la decisión de dar ese viraje de más de 180 grados.

Mi padre nos relata de cómo, en su querido San Miguel Tepezontes, fue capturado junto a su hermano, el tío Daniel, por la guardia para llevarlos a la escuela rural, un rancho desvencijado. Allí conoció al único maestro, Don Dionisio Velásquez Bonilla, un maestro rural originario de El Paraíso de Osorio. Por lo que narra estoy seguro que fue este Maestro quien lo inició en el conocimiento, ya que a lo largo del tiempo lo recuerda con gran cariño.

Husmeando una caja de madera con documentos que guarda mi padre, encontré varios certificados de cuando él fue estudiante de Teneduría de Libros en el entonces Nuevo Colegio de Comercio y Hacienda, y cuál no fue mi sorpresa al ver destacado en ellos con tinta roja la leyenda: “Felicitaciones por haber obtenido el primer lugar”.

Pero mi padre no ejerció, porque le ofrecieron bajo sueldo y por ese entonces ya tenía dos hijas y ganaba mejor como cobrador. Con el correr del tiempo se dedicó a lo que podía darle ingresos, desde vendedor de dulces, pasando por vendedor de sorpresas para niños en el desaparecido Campo de Marte, hasta repartidor de periódicos en La Prensa Gráfica, el Diario de Hoy (de donde al despedirlo le trataron muy mal negándole la indemnización completa) y en el ahora Diario Co Latino.

Algunas veces acompañé a mi padre a repartir periódicos en la madrugada. Salíamos de casa, en la Colonia Amatepec, y pasábamos por los barrios que rodean a la zona del río Acelhuate, hasta salir por Lourdes hasta el edificio de La Prensa Gráfica. Allí, me compraba una taza con café y un pan, en la espera de la salida del periódico. Luego nos llevaban en un microbús Volskswagen hasta su zona que era la Colonia Escalón. Mi padre compraba allí pan dulce para llevar a casa y tratábamos de hacer rápido el reparto para alcanzar el primer bus de la ruta 29.

Muchas personas conocen a mi padre y su tenacidad para realizar su sueño, uno de ellos la casa que es el ombligo de la familia Martínez Ventura en la Colonia Amatepec, construida bajo ayuda mutua.
Con esa humildad que da el conocimiento, mi padre se ganó el aprecio de sus amistades y familiares. A tanto llegó ese aprecio por el conocimiento que mi padre enseñó a leer, además de a sus hijos, a sus nietos llegando la enseñanza a hijos de vecinos, que a veces le llevan obsequios.

Un buen día, en la casa de unos muchachos que estaban sin sus padres se reventó la cañería de agua. Mi padre se dio cuenta y como nuestro vecino era Don Adrián, de oficio fontanero, le preguntó cuánto costaba una válvula y colocarla, hizo el negocio con una usada, y hasta el sol de ahora, excepto si leen esta reminiscencia, nadie sabe que fue mi padre quien arregló el escape de agua. Este es un ejemplo de varios que mi padre me dio sobre el servicio desinteresado, es testigo de lo que escribo la Parroquia de la Colonia Amatepec, de la que fue unos de sus más activos colaboradores, ¡hasta la hizo de apóstol!

Por esos diversos ejemplos que rebalsarían este escrito, es que mi padre es el responsable de que no sea religioso, ya que mi figura paterna, mi héroe, mi amigo, mi confidente, mi maestro, el que me protege y me quiere sin pedir nada a cambio es él, y no un ser imaginario, él es real y tanto que aún lo acaricio, bromeo, comentamos de política, libros, etcétera, vemos juntos los partidos de sus equipos españoles favoritos. Y con ese gran respeto nunca faltado, sus hijos lo tratamos de Usted.

Ahora, a sus 87 años está gozando de una vejez digna (por cierto algo sordo), en la que la cosecha de hijos, nietos bisnietos, reconocen en él a un hombre que supo darnos el mejor ejemplo de humildad y sencillez, del servicio desinteresado, del que busca el conocimiento (a su edad sigue leyendo grandes obras, incluso Diario Co Latino publicó un comentario de él sobre el libro que escribiera Ignacio Ramonet sobre Fidel Castro y antes escribió una obrita de teatro que fue presentada por muchachas y muchachos en el campamento “3 de mayo”).

Mucho es lo que hizo mi padre por mí y mis hermanos, ahora profesionales, pero su herencia más importante es la que estampó en los genes de su descendencia: la dignidad. Sí, sin ningún asomo de duda, mi padre es un hombre digno.

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