Que ruede el balón… cuadrado
Gabriel Otero
(Segunda y última parte)
En la hexagonal de 1981 de la Confederación Norte Centroamericana y del Caribe de Fútbol (CONCACAF) participaban además del país sede: México, El Salvador, Cuba, Canadá y Haití quienes pelearían dos boletos para el mundial de España 82.
Eran las catacumbas del balompié, México sobresalía no tanto por su fineza con el balón sino por la fuerza de poseer cadenas de televisión que lo colocaban en la mira. Los mexicanos en Argentina 78 soñaban con ser campeones mundiales hasta que Túnez, Polonia y Alemania bajaron con 12 pedradas de su nube a Pilar Reyes, a “Gonini” Vázquez Ayala, Leonardo Cuéllar, Víctor Rangel y al “Niño de Oro” Hugo Sánchez para recordarles que llegar a la cima requería talento y no sólo kilómetros de lengua. Tras el fracaso, muy raro en México, no faltó quien solicitara la crucifixión cabeza abajo del técnico José Antonio Roca.
A los salvadoreños les faltaba la costumbre de jugar con la pelota redonda, voluntariosos corrían tras ella como hormigas que se arrebatan un granito de azúcar, ¿quién podía culparlos? volaban en el pasto como si se les fuera la vida en ello, no era para menos, en su país recién iniciaba la guerra civil y las balas eran raudas.
A los hondureños se les presentaba una oportunidad brillante de recuperar el prestigio perdido con la llamada “Guerra del Fútbol”, lo poco que se conocía de Honduras en el mundo eran sus bananos y en un gesto de concordia con El Salvador estuvieron a punto de jugar con pelota cúbica, cuestión que fue rechazada por cubanos, canadienses, haitianos y mexicanos. Claro, si había esa deferencia entre centroamericanos ¿por qué no utilizar el puck para hockey y la pelota beisbolera?. Después del forcejeo todos adoptaron obedientes las reglas.
Los partidos entre caribeños fueron aburridísimos, un homenaje al cloroformo ¿qué interés podía tener un Haití-Cuba? salvo el enfrentamiento entre babalaos, las invocaciones a Shangó en los vestidores y las mentadas de madre en creole.
Los boletos al mundial, naturalmente, se disputaron a patadas entre México, Honduras y El Salvador. Los mexicanos, como siempre, se quejaron del arbitraje y de la hostilidad de los aficionados, los salvadoreños conminaron a Don Fernando Marcos y Don Ángel Fernández a no pararse nunca en el Valle de las Hamacas por difundir las intimidades pamboleras de la patria, los hondureños se solidarizaron con los salvadoreños y al final pisaron los callos de los mexicanos para eliminarlos del mundial.
Veintiocho años después la historia caprichosa parece repetirse con otros personajes y un par de países más aderezando la ensalada futbolera mientras rueda el balón cuadrado.



