Por Néstor
Martínez
Editor
Trazos Culturales
A mi tía
Tránsito Ventura le hubiera levantado un monumento, no de ésos genéricos que
abundan en las plazas y parques, sino exclusivo para ella. Un monumento que me
recordara todos los días a esa mujer que, sin saber leer y escribir, vivió la
historia de nuestro país en todas sus etapas, unas sufridas y otras alegres.
Mi tía es
aquel Soyapango que desapareció para siempre, de calles polvorientas en la
estación seca, y lodosas en la lluviosa. De los ranchos cónicos cerca de los
cañaverales, a donde de pequeños íbamos a chupar el dulce néctar de la caña, a
saborear mangos, guayabas, dulces y anaranjadas cincuyas que crecían en el
terreno del rancho del tío Raymundo, allí donde con mis queridos primos
Roberto, Óscar, Lilian, Vilma, Rolando y Gladis, vivimos parte de la juventud
con mis hermanos Celia, Elsa, Griselda, Fidel, Marta y Ricardo.
Allá por la
calle a Tonacatepeque, venía mi tía con su canasto sobre la cabeza. Venía de
vender en el mercado y traía, además de su sonrisa, hojas de mata para los
tamales y golosinas para nosotros. Inolvidables sus pupusas de cochinito, una
plantita que cortábamos en los cercos, que nos asustaba cuando se enrollaba en
los dedos.
Para esa
época, allá por los setenta, El Salvador era una bomba social en potencia, y no
fuimos ajenos a ello. Así, entre partidos de fútbol en la cancha “Jorgito
Meléndez”, que antes no estaba encerrada, en la que estaba cerca de los
conacastes, paseos en Apulo, los jóvenes fueron acercándose a las ideas
liberadoras.
De mis
primos quien tomó la bandera revolucionaria fue Roberto.
Roberto nos
enseñó la carcajada limpia, la pasión por los amigos, Los Beatles, las bromas,
el estudio. Era muy querido por la población soyapaneca, tanto que una vez que
lo capturó la Guardia Nacional, la propia alcaldesa, seguida de un grupo de
ciudadanos y amigos, lo fue a sacar de la cárcel.
Mi tía
Tancho es la madre de nuestro querido primo Roberto Ayala Ventura, su querido
hijo que luchó con el FMLN, capturado en Honduras y dado por desaparecido en el
cuartel de caballería de San Juan Opico. Este suceso le marca una vida que
llevó a mi tía a México para luchar por la solidaridad del mundo con el FMLN.
Mi tía
aceptó con orgullo la lucha de su hijo, a la que se sumaría Óscar, con esa
resignación de la madre que sabe que su hijo está peleando por algo grande.
Cuando Roberto entraba clandestino a San Salvador, lo primero era su madre, que
se desvivía por atenderlo, pero él, cariñoso trataba de que no se esforzara.
Estoy seguro que por Roberto mi tía Tancho resistió lo duro de la guerra.
Luego, la
lidia de la casa, de la sobrevivencia de una familia ejemplar, que no cejó,
pese a las dificultades, por salir adelante. Fueron tiempos de crisis, cuando
nuestros primos compartían sus víveres con nosotros.
El peso de
la casa lo llevó mi tía en sus hombros, y luego de la muerte de Roberto ya no
sería la misma.
Urbanizaron
Soyapango a lo loco, y mi tía, mi tío Daniel, y sus hijos, se trasladaron al
terreno, en el mismo municipio, que antes compró Roberto, cuando trabajaba para
la Diana.
La guerra
pasó como un fantasma de pesadilla, nos dejó marcados y con esperanzas. Nos
distanciamos cuando todos crecimos y trabajamos. De vez en cuando visitábamos a
mi tía, quien ya acusaba el peso de los años y del trabajo incansable, pero
siempre con su cálido abrazo para recibirnos.
Cuando el
FMLN ganó las elecciones, mi tía Tancho vio materializado el sueño de su hijo,
sabe que su muerte no fue en balde, estaba alegre, y esperaba vivir hasta la
toma del poder.
Mujer
infatigable, fuerte, mi tía Tancho resiste la pérdida de un riñón, tiene
dolencias en el páncreas, apenas mira, adolece del corazón, y la madrugada del
pasado lunes 27 de abril, fallece en el hospital por complicaciones.
Me
sorprendió su muerte y me sorprendí la noche del velorio: decenas de amigos y
amigas acompañaron a la familia en el velorio, tanto que el patio rebasó su
capacidad, se requirieron más sillas. Los vecinos recordaban a mi tía como la
mujer luchadora y paciente que fue toda su vida.
Queda sin su presencia la cocina de leña que usted conservaba como un recuerdo de aquellos días aciagos, donde cocinaba los tamales, donde echaba las tortillas, donde hervía el café. El gato al que alimentaba, maullaba ante tanta visita, quizá extrañando la mano del ama.
Con mi tía Tancho desaparece una estirpe familiar cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos, que echaron raíces en Soyapango. Por supuesto, queda su descendencia, sus nietos y los hijos de los nietos, pero lo que quiero decir es que ya no tenemos tía Tancho, ni otro pariente de su estirpe original a quien decirle tía o tío.
Fue
hermoso que mis hermanos, devotos católicos, guiados por el esposo de mi hermana
Marta, Augusto, y por mi hermana Celia, le rezaran un Rosario y un misterio familiar
a mi tía Tancho. Solo tía, que yo, por usted reformé la letra que cantaban, y
le puse su nombre, y en mi mente la recé así: “Santa Tía Tancho, madre querida,
bendita tú eres entre todas las mujeres…”.



