Eduardo Badía Serra
Los cambios que el pueblo espera deben ser reales, verdaderos, y se deben hacer en todos los sectores de la vida nacional. En estos momentos no hay ya más espacios para lo aparente, para lo engañoso, para lo cosmético. El país urge de un cambio que le lleve a una forma de vida razonablemente buena, que le rescate del marasmo en que lo sumergieron veinte años de malos gobiernos y lo incorpore a ese dinámico concierto de naciones que vibra en el mundo.
En educación y cultura, el cambio debe ser así, real, profundo, auténtico, capaz de llevarnos al ejercicio de un modelo propio, adecuado a los salvadoreños, que efectivamente nos coloque en el concierto educativo mundial, incorporándonos pero diferenciadamente, con nuestros propios trazos, con nuestros propios rasgos, con nuestras propias peculiaridades, en una palabra, con nuestra propia circunstancia.
Reformas superficiales, giros aparentes, disfraces de modernidad en nuestro sistema educativo no harán otra cosa sino perpetuar su mediocridad, su característica de dependencia, su objetivo de oscuridad, y nuestra gente permanecerá siempre subsumida en ese estado alienante del “no pensemos porque ya otros lo han hecho por nosotros”.
El país necesita, no una reforma educativa más, como tantas que han desfilado durante largos años y no han cambiado para nada nuestra precaria condición cultural, sino una verdadera transformación, una verdadera revolución, un cambio conceptual profundo, auténtico, recio. No se trata de copiar modelos ni de sustituir sistemas.
No se trata de trasladar el modelo cubano, que para Cuba ha sido un verdadero éxito, ni el europeo, investido hoy de una tremenda dinámica producto de una oportuna, calificada y necesaria autocrítica al mismo, ni el chino, ni el norteamericano, ni el japonés, ni ningún otro.
Las recetas de rabí deben ya descartarse de la vida nacional. Es hora de que comencemos a hablar nosotros mismos para nosotros mismos. Tampoco se trata de aislarnos del mundo sino más bien, como he dicho, de incorporarnos a él, pero no en una confusión ahogante que haga que se nos ignore, sino diferenciadamente, no manteniéndonos en su subsuelo sino exigiendo situarnos en su superficie misma.
Hay dos retos no cumplidos por el sistema educativo nacional, que han sido constantes promesas de campaña y recursos demagógicos para engañar al pueblo: La cobertura y la calidad. En cuanto a la primera, veinte y tantos años de reforma educativa no han podido ni siquiera cumplir con el precepto constitucional.
Siempre hemos estado rondando esa ya clásica cifra del orden de un millón ochocientos mil estudiantes, apabullada por la drástica caída en la matrícula pública para el nivel medio y de bachillerato, (7° a 11° grado), responsabilidad esta que el Mined ha delegado de hecho al sector privado, a ese que ahora es perseguido por esa eterna expedición punitiva que ese ministerio ha desatado contra las instituciones educativas, a quienes critica pero a quienes nunca ha apoyado, ignorando aquel sabio y certero juicio de que “la peor de las escuelas es mejor que el mejor de los cuarteles”. En 1998, hace 11 años, y cito aquí datos de las memorias del Mined, la matrícula total nacional fue de 1,709,078 estudiantes.
Ahora se habla de una cobertura total del orden de 1,800,000 estudiantes, esto es, un incremento del orden de 100,000 estudiantes en un período de 11 años, equivalente a un crecimiento anual absoluto de unos 9,000 estudiantes, algo así como un 0.5 % anual. No ha sido el mismo el crecimiento del presupuesto del ramo, el cual ha sido mucho mayor, demostrando la incapacidad administrativa que se ha tenido en su ejecución. Como decimos, el país necesita invertir más en educación, pero no sólo se trata de dotar al Mined de mayores presupuestos, sino de que los recursos asignados se gasten bien, adecuadamente, cuidadosamente, y esto más, inteligentemente.
El otro reto incumplido es el de la calidad educativa. En cuanto a esto, la situación es patética, y si nos referimos al sector público, ya la mala calidad supera lo tolerable, por grande que sea la mediocridad en que nos quieran mantener sumergidos. Bachilleres que no saben leer y escribir, sumar y restar. Estudiantes que no leen, que no gozan de un buen libro o de una buena música, que no disfrutan con la práctica de los valores universales.
Y con ello, universidades que se ven en la obligación de cubrir tan drásticas deficiencias, descuidando sus propias funciones. Una universidad no está diseñada para enseñar a leer y escribir, o para enseñar a sumar y restar.
Esa no es su función, y como no está preparada para ello, cuando lo intenta, lo hace mal. Pero el Mined, en vez de reconocer sus propias fallas, ataca a esas instituciones y las vigila mediante ese humillante sistema cuasi policial que han puesto en práctica. La situación de la ciencia y de la tecnología en el país es realmente penosa, y el Mined ha invertido millonarias sumas en lo que llama tecnología, confundiendo ciencia y tecnología con computadoras.
El Doctor Mariano Grondona, un argentino, durante un período en el que estuvo como profesor visitante de la Universidad de Harvard, se sorprendió cuando comprobó “lo que no encontré en Harvard”, como él le llama: “No encontré un despliegue alucinante de computadoras y aparatos electrónicos, … sino aulas, pizarrones, tizas y libros… clases que comienzan y terminan puntualmente, estudiantes que estudian con ahínco, profesores que se dedican totalmente a investigar y enseñar, bibliografía seleccionada para ser leída y no para ser memorizada... y todos esos elementos funcionando debidamente en un proceso en el cual de lo que se trata es de que el estudiante aprenda a razonar, no a repetir”.
Esto lo entienden en este momento todos los países, menos el nuestro, que sigue anclado en ese chocarrero prurito de la información sin formación previa, que humilla a las personas y las hace dependientes de lo que quieran informarnos los que nos informan.
La educación es un núcleo cerrado, una red crítica, en la que interactúan los estudiantes, los profesores, los recursos, los medios masivos de comunicación y el entorno. Hay, pues, elementos intra-aula y extra-aula, cada uno con sus propias funciones. Si uno falta o falla, falla el todo. Probablemente en nuestro caso fallen los cinco. Próximamente veremos porqué.
Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
¿De política?
¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.



