LOCUTOR: A continuación, nuestro habitual espacio “El consultorio sexual de la doctora Miralles”.
DOCTORA: Amigas y amigos, nuevamente en nuestro consultorio para conversar sobre tantas cosas que pasan en la vida, en la vida amorosa y en la sexual. Por ejemplo, escuchen lo que está pasando con Rosita, una de las tantas secretarias que tienen chat en su computadora…
EFECTO SONIDO CHAT
ROSITA: Mándame una foto tuya para conocerte… Yo te voy a mandar una mía… de cuerpo entero…
DOCTORA: Y a la semana…
EFECTO SONIDO CHAT
ROSITA: Yo te quiero mucho también… Sí, me voy a conseguir una camarita web para que me veas… y te enseño un poquito… un poquito solamente…
DOCTORA: Y a las dos semanas…
EFECTO SONIDO CHAT
ROSITA: Yo te amo… te amo… sueño contigo… Tenemos que vernos… Sí, sí, te daré todas las pruebas de mi amor… Chao, besitos…
DOCTORA: Amor por Internet. Amor virtual. Lo conoció a través del chat hace dos semanas y ya está derritiéndose como un helado de vainilla… ¿Amores electrónicos? ¿Dan resultado? ¿Conocen algunos casos así?
EFECTO TELÉFONO
DOCTORA: ¿Aló?... ¿Desde dónde me llamas?
JOVEN: Desde la calle, doctora, desde mi celular… Casualmente, ahora estaba chateando con mi enamorado en un cibercafé…
DOCTORA: ¿Y tú lo conociste a él por Internet?
JOVEN: No, yo lo conocí en la universidad y somos novios hace 8 meses…
DOCTORA: Eso es distinto… Y dime, ¿tú tienes amigas o amigos que se han enamorado por Internet?
JOVEN: Claro, muchas. A unas les ha ido bien, a otras pésimo.
DOCTORA: ¿Por qué pésimo?
JOVEN: Porque el amor por Internet es… ¿cómo le diría yo? Como un baile de disfraces. Tú no sabes quién está detrás del disfraz.
DOCTORA: Una buena comparación, sí señor.
JOVEN: Vea, doctora, yo conocí a una chica que acabó en España, en un burdel, prostituida, sin poder regresar, porque se confió en un tipo que chateaba con ella…
DOCTORA: Terrible, ¿no?
JOVEN: Sí, hay casos muy terribles. Otros no, otros acaban bonito.
EFECTO TELÉFONO
DOCTORA: Veamos si éste es un caso bonito… ¿aló?
HOMBRE: Verá, doctora, yo soy un padre de familia. A mis dos hijos, el varón y la niña, yo no les prohibo que chateen con sus novios y se manden fotos y todo eso.
DOCTORA: Qué bien…
HOMBRE: Si se los prohibo es peor, porque lo hacen más rápido, usted sabe cómo son los jóvenes.
DOCTORA: Tiene razón, porque nosotros, usted y yo, de jóvenes, éramos rebeldes también, ¿verdad?
HOMBRE: Yo no les prohibo, pero sí les hablo. Les repito siempre aquel refrán que tiene mucha sabiduría: “Caras vemos, corazones no sabemos”.
DOCTORA: Y eso qué significa, explíquenos.
HOMBRE: Bueno, tú puedes conocer a una persona en la esquina, en una parada de buses, o en una discoteca, o por teléfono, o por chat… Conoces su cara, su voz… pero nada más. No sabes qué gente es, no sabes lo que hay en su corazón.
DOCTORA: Pero, a lo mejor, el que está del otro lado de la computadora es una buena persona… tal vez más santo que san Francisco de Asís…
HOMBRE: Pero yo no lo conozco ni “asís”… Entonces, yo le digo siempre a mis hijos, a ella y a él: entren en la web… pero no sean webones”.
DOCTORA: ¡Señor!
HOMBRE: Claro, doctora. No sean ingenuos, tomen precauciones.
DOCTORA: ¿Qué clase de precauciones, dígame?
HOMBRE: Por ejemplo, no le den nunca la dirección de casa, ni el teléfono de casa a un desconocido. Hay muchos tramposos sueltos… No inviten a nadie a casa si no saben quién es esa persona… No sean pendejos, eso les digo y les repito.
DOCTORA: Pues creo que sus consejos son muy buenos, mi amigo… Y ojalá que los papás y mamás hablaran con tanta confianza como usted con sus hijos… Así que hoy, le voy a pedir a usted que despida el consultorio, porque hoy usted ha sido el “doctor Miralles”…
HOMBRE: ¿Qué quiere que haga yo, doctora?
DOCTORA: Que despida el programa.
HOMBRE: Ah, bueno… pues… un saludo para… para…
DOCTORA: … para todos los enamorados virtuales, chateadores y chateadoras. Seguiremos hablando de este tema, cómo no. ¡Hasta la próxima!



