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El Salvador, Jueves 18 de Septiembre de 2014
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Viernes, 20 de Marzo de 2009 / 10:13 h

No hay mal que dure cien años

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Luis Armando González

El dicho popular dice lo siguiente: “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Se trata de un dicho que encierra mucha sabiduría. Y es que, en efecto, o bien el mal acaba con el cuerpo, reventándolo antes de llegar a los cien años, o el cuerpo se revela y derrota al mal que lo aqueja. Trasladado al plano social, vale decir algo semejante: una sociedad no puede prolongar su situación de crisis indefinidamente, porque o bien se quiebra como proyecto de convivencia o bien asume el desafío de terminar con los males que la carcomen.

Volviendo la mirada a El Salvador, y a luz de los resultados electorales del 15 de marzo, el dicho popular citado resulta particularmente aleccionador.  Al cuerpo social salvadoreño,  con  veinte años de gobiernos de ARENA  a sus espaldas le quedaban dos opciones: la primera, prolongar su agonía por cinco años más, eligiendo a Rodrigo Ávila como presidente de la República; o, la segunda, sacudirse el yugo de la derecha, apostando por el ensayo de una ruta distinta a la seguida durante las últimas dos décadas.

La mayoría de salvadoreños y salvadoreñas eligió la segunda opción, y lo hizo venciendo temores, amenazas y  chantajes de todo tipo.  Es decir, el cuerpo social salvadoreño demostró no estar dispuesto a dejarse reventar por más tiempo por quienes no tuvieron ni la voluntad ni la capacidad para conducirlo por la senda de la equidad y la inclusión.  

Que el pueblo salvadoreño, en su mayoría, eligiera no seguir dejándose reventar por ARENA y la derecha, tiene un  enorme significado sociopolítico, pues  apunta al inicio de un proceso de ruptura con los valores políticos conservadores que han impedido durante todo este tiempo que la sociedad se comprometa con las transformaciones requeridas por El Salvador. Se trata, eso sí, sólo del inicio de un proceso de cambio en los valores y comportamientos políticos, el mismo que debe potenciarse de aquí en adelante, de  forma que las ansias transformadoras  arraiguen como algo permanente en el modo de ser de los salvadoreños y salvadoreñas.

Esas ansias han comenzado a echar raíces. Y ello, en sí mismo, tiene una enorme trascendencia histórica, por un lado, de cara a la sociedad que ha comenzado a moverse en contra de inercias que la tuvieron atrapada desde la firma de los Acuerdos de Paz. Pero, por otro lado, de cara a las posibilidades de que, por fin, una opción de izquierda se abra paso, de forma legal, en el ejercicio del poder Ejecutivo en El Salvador

Esto último no es intrascendente en lo absoluto, sobre todo si se lo valora a la luz de la historia del país. Hay que recordar que en las elecciones de 1932, cuando el Partido Comunista iba ganando en varios municipios, el general Maximiliano Hernández Martínez ahogó en sangre no sólo este despegue político de la izquierda, sino el despertar del movimiento indígena-campesino. El saldo fue trágico tanto en pérdida de vidas humanas como en la pérdida del horizonte democrático mínimo. Y es que la larga noche del autoritarismo se inició cuando Hernández Martínez se hizo del poder por la vía del golpe de Estado.

En 1972, otra vez la izquierda, con las siglas de UDN, se hizo presente en unas nuevas elecciones, esta vez integrando la Unión Nacional Opositora (UNO), junto con el MNR y el PDC. Un fraude descarado impidió a la UNO hacerse del poder que la voluntad popular le estaba otorgando; con ello se impidió avanzar en la democratización del país. En 1977, de nuevo la UNO fue a elecciones y ganó, pero un fraude igualmente descarado impidió que la oposición accediera al control del Ejecutivo. Estos dos fraudes fueron el preámbulo de la crisis política que desembocó en la guerra civil de los años ochenta y principios de los noventa.

Marzo de 2009: la izquierda, esta vez representada por el FMLN, ha participado en elecciones presidenciales y ha obtenido la victoria.  No hubo un fraude que lo impidiera y la derecha política ha reconocido el triunfo del candidato del FMLN, Mauricio Funes. Esto es algo inédito en la historia de El Salvador. Es la primera vez que un presidente de izquierda, respaldado por un partido que siempre se ha definido ideológicamente como tal, va a gobernar el Ejecutivo.

Se trata de una gran conquista, para la cual se ha tenido que bregar un largo camino, regado con el sudor, el sufrimiento y  la sangre de quienes, desde los inicios de la República, y a lo largo de la historia de ésta, comprometieron sus energías y su vida por un El Salvador democrático, justo y solidario. Ahora se da otro paso importante en esa dirección: la voluntad popular así lo ha decidido.

El cuerpo social salvadoreño ha decidido comenzar a terminar, antes de llegar los cien años, con los males de todo tipo (violencia, inseguridad, desempleo, pobreza, deterioro ambiental, etc.,) que lo aquejan.

San Salvador, 17 de marzo de 2009

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