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Lunes, 09 de Marzo de 2009 / 11:30 h

Mujer Total

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Por Amalia Alejandro
Periodista
Amalejandro01@yahoo.com                                                  

Amo a la mujer desde su piel que es la mía
A la que se revela y forcejea con la pluma y  la voz desenvainadas.
A la que se levanta de noche para ver a su  hijo que llora.
A la que llora porque un niño se ha  dormido para siempre.
A la que lucha enardecida en las montañas.
A la que trabaja mal pagada en la ciudad.
A la que gorda y contenta canta cuando echa las tortillas en la pancita caliente del comal.
A la que camina con el peso de un ser en su vientre enorme y fecundo.
A todas amo y me felicito por ser de su  especie.

                        (Gioconda Belli, escritora y poeta nicaragüense)

Que la vida me premiara con dos hermosas niñas, trajo consigo ternura ilimitada, carcajada limpia, un toque de locura y  el despertar total de mis sentidos. Pensar que dos pequeñas, al igual que miles y miles de mujeres, tienen que abrir brecha en un mundo con 35 siglos de patriarcado y con apenas 50 años de lucha por la defensa de los derechos de la mujer, me obliga a ser más reflexiva a la hora de educar para no heredar sumisión, sino más bien recuperar el derecho prohibido de hablar.

En nuestra sociedad se nos enseña por medio de la religión que la divinidad es masculina. La trinidad cristiana no incluye a una figura femenina, por ejemplo María es la madre de Dios pero no es Diosa, es intercesora pero no tiene autoridad, ni poder.

El modelo e imagen de la “mujer buena” es aquella que es virgen, pura y casta, de ahí que las mujeres vivimos sometidas hasta en el placer sexual.

La maternidad de María la Madre de Dios fue inmaculada, por lo tanto el sufrimiento que implica tener un hijo, es el único camino para lavar el pecado de la virginidad pérdida durante el acto sexual. Con la maternidad se nos exige abnegación, incluso hay un día especial para las madres. Pero en muchos casos, detrás de todo esto hay mujeres que viven en esclavitud y sin darse cuenta son abusadas una y otra vez por marido e hijos.

Pienso que la llave para que las mujeres recuperemos nuestro estatus de “diosas” como lo fuimos en la antigüedad está en nosotras mismas, en luchar del mismo lado. Pero ocurre que a veces las mujeres somos enemigas de las mujeres, en las oficinas, unas tienden trampas contra otras, abogamos por cambios y enarbolamos la bandera de la igualdad de oportunidades, pero tratamos de manera desigual a nuestras hijas con relación a los varones de la casa. Las niñas deben ser obedientes y modositas, los varones todos unos machos con libertad de entrada y salida en la casa. Nosotras las mujeres propagamos el machismo, con acciones y comentarios destructivos contra la mujer.

Tampoco se trata de librar batallas contra los hombres, pues ellos son nuestra mitad, conozco de primera mano que hay hombres bellos que saben tratar a una mujer; a esa raza de hombres “machos”, por cierto educados por mujeres, se les debe combatir con inteligencia, erradicarlos desde la educación de la casa.

Tal como lo expresa Clarissa Pínkola, autora del libro “Mujeres que corren con lobos” también debemos recuperar la alegría, la risa entre nosotras y ayudarnos con solidaridad  plena, amigable, sencilla, libres.

Hay una historia muy hermosa que ilustra el planteamiento de esta escritora y cuenta que “Deméter, la madre tierra, tenía una hija, Perséfone que un día fue raptada por Hades, el dios de ultratumba. Hades la condujo al interior de la tierra. Deméter oyó los gritos de su hija pero no pudo encontrarla, pese a buscarla durante varios meses. Estaba furiosa, gritaba, preguntaba, buscaba en todos los parajes, suplicaba compasión pero no conseguía encontrarla.

Así, maldijo las tierras fértiles del mundo, y no hubo trigo para amasar el pan,  ningún niño pudo nacer, ni hubo flores para las fiestas, ni ramas para los muertos. Todo estaba marchito, la tierra reseca y los pechos secos. Un día se le apareció una mujer, una especie de mujer, bailando, agitando las caderas como si estuviera en pleno acto sexual. La bailarina no tenía cabeza, sus pezones eran los ojos y su vulva era su boca. Con aquella boca empezó a contarle historias muy graciosas. Deméter sonrió, luego rió, y finalmente estalló en una carcajada. Ambas mujeres, Baubo, la diosa del vientre, y Deméter, la Madre Tierra se rieron juntas.

Aquella risa sacó a Deméter de su depresión y le infundió la energía necesaria para reanudar la búsqueda y, con la ayuda de Baubo, de Hécate y del sol Helios, consiguió finalmente su objetivo. Perséfone fue devuelta a su madre. El mundo, la tierra y los vientres de las mujeres volvieron a crecer” («la risa, la sexualidad y la mujer salvaje» un cajón revuelto-blog).

Las mujeres tenemos grandes retos, debemos construir un  mundo alegre para las niñas que vienen detrás.

No basta con lograr la igualdad efectiva de los derechos legales. Debemos romper esa barrera invisible que impide a las mujeres avanzar en sus carreras profesionales. Luchar por que se apliquen  nuevas medidas en el ámbito laboral, flexibilidad de horario para la mujer, para que ella pueda conciliar su vida personal, familiar y laboral, este tipo de desigualdad le impide su incorporación al trabajo. La escuela y la familia no deben formar mujeres reprimidas, indecisas y sumisas, sino mujeres activas  alegres y dueñas de sí mismas. 

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